El guardián de las campanas

Capítulo 2

CAPÍTULO 2: El eco del papel

La camanchaca no se retiró del todo al mediodía; se quedó suspendida a ras de suelo, lamiendo la base de los palafitos y transformando el pueblo en un escenario fantasmal. Ignacio pasó el resto de la mañana en una pequeña mesa junto a la ventana de su habitación. Afuera, el graznido de los queltehues rompía la monotonía del viento. Sobre sus rodillas descansaba el libro que don Manuel le había entregado la tarde anterior, algo en él parecía llamarlo pero nunca había destacado por ser un lector apasionado… sentía la misma curiosidad y, siendo honesto consigo mismo, morbo que cuando encontró por primera vez las revistas para adultos de su padre a los doce años.

Sin embargo, no entendía de dónde nacía la curiosidad; el libro era un tomo de tapas duras, forrado en una tela azul gastada por el roce y descolorida por la humedad del sur, con unas pequeñas letras doradas a un costado que decían «Crónicas». Al abrirlo, Ignacio descubrió que no se trataba de una novela comercial, sino de una edición independiente, impresa en Castro sin especificar el año, titulada «Crónicas del archipiélago: el pulso de las islas quietas». Su autor, un profesor de historia rural llamado Aníbal Pincheira, parecía haber volcado en esas páginas una mezcla de ensayo sociológico y diario personal.

Ignacio comenzó a pasar las páginas, saltándose los capítulos estadísticos sobre la pesca y la agricultura, hasta que un subtítulo llamó poderosamente su atención: El magnetismo de la insularidad.

«Existe un fenómeno silencioso en nuestras islas de la Patagonia insular», rezaba el texto, impreso con una tipografía tosca de máquina de escribir. «Chiloé funciona como un gigantesco imán para el desecho de la modernidad. Año a año, el continente expulsa hacia el archipiélago a hombres y mujeres cuyas mentes han sido devoradas por el ritmo artificial de las grandes urbes. Llegan buscando lo que ellos llaman 'paz', pero que en realidad es un vacío que no saben cómo llenar. Lo fascinante es que la geografía chilota parece estar diseñada para recibir a estos náufragos urbanos; la humedad, el aislamiento y el peso de la tierra actúan como un bálsamo. Las islas siempre han sido buenos lugares para que la gente que se pierde en la ciudad pueda encontrarse en este lugar... o desvanecerse en él».

Ignacio sintió un vuelco en el estómago. Leyó la última frase tres veces. El profesor Pincheira describía exactamente lo que él estaba experimentando.

Sin embargo, lo más inquietante del libro no era el texto principal, sino las anotaciones marginales. Los márgenes blancos de las hojas estaban plagados de comentarios escritos a mano con una tinta de pasta negra, ya descolorida, con una caligrafía temblorosa pero pulcra. Ignacio aguzó la vista para descifrar los apuntes del propio autor.

En las secciones que hablaban de la geografía local, la mano del profesor había dejado advertencias explícitas: «En el sur de Chile hay cosas que simplemente no se pueden explicar bajo el prisma de la razón continental. Hay zonas —bosques profundos, puntas de islas, acantilados— donde los lugareños saben perfectamente que no deben ir, llamados que no deben ser atendidos y el equilibrio es gracia a la naturaleza, sobre todo lo que se esconde en ella. Lo terrible del paso del tiempo es que las nuevas generaciones han perdido la memoria del porqué; respetan el veto por pura inercia, por el miedo heredado de los abuelos, pero ya nadie recuerda qué criatura o qué pacto original trazó esa línea prohibida».

Ignacio pasó la hoja. Una anotación en el margen inferior, fechada en el invierno de 1990, lo congeló en su sitio:

«Llevo tres semanas sin poder dormir. La estática en mis oídos comenzó a disiparse hace un par de noches, reemplazada por otra cosa. Al principio creí que me estaba volviendo loco debido al aislamiento invernal, pero es real. En la madrugada, cuando el viento del norte da tregua, escucho las campanillas del cementerio viejo. Es un sonido suave, rítmico, casi cariñoso. Sé que no hay nadie allí arriba. Sé lo que dicen las viejas de la cocina sobre el Guardián, aunque han evitado decírmelo directamente por miedo. Pero cada vez que el metal resuena en la colina, el dolor crónico de mi espalda desaparece y mi cabeza ha dejado de zumbar. Me llama, por muy ridículo que se lea. Siento que si subo al sendero, finalmente encontraré el descanso que este cuerpo gastado me niega».

El libro terminaba pocas páginas después, de manera abrupta, sin un capítulo de conclusión.

Ignacio cerró el tomo de golpe. El crujido del papel pareció resonar con demasiada fuerza en la pequeña habitación. Un sudor frío le humedeció las palmas de las manos. El profesor Pincheira había escuchado lo mismo, aquellas campanillas que vienen de la oscuridad, en una dirección donde el pueblo deja de existir. Pero también había sentido el mismo alivio físico, la misma desconexión de la "estática".

Miró hacia la ventana. La tarde caía con rapidez, tiñendo la camanchaca de un color violáceo y lúgubre. En su cabeza, el zumbido eléctrico comenzó a presionar de nuevo detrás de sus ojos, sutil pero insistente, como una adicción que reclama su dosis. Instintivamente miró su teléfono esperando ver de nuevo un mensaje de su trabajo o una llamada de su jefe, pero nada: estaba en silencio, pero su mente ya estaba destrozada. Ignacio se levantó, tomó su chaqueta pesada de la silla y, por primera vez, metió la linterna en uno de los bolsillos laterales.

Sabía que los lugareños tenían razones para temerle al cementerio.

Una parte de él sentía que el libro era una advertencia.

Pero en ese momento, enfrentado a la perspectiva de otra noche de insomnio y dolor en el pecho, la promesa de ese silencio absoluto y sobrenatural era un anzuelo demasiado perfecto para un hombre que seguía roto por dentro.

Esa noche, decidió, iría a buscar el origen del sonido.




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