El guardián de las campanas

Capítulo 3

CAPÍTULO 3: El sendero de las sombras

El plato de cazuela de cordero humeaba sobre la mesa de madera nativa, pero Ignacio apenas había probado un par de cucharadas. La estática en sus oídos se había vuelto especialmente densa esa noche, un zumbido agudo e implacable que le hacía pulsar las sienes. En el comedor de la posada solo quedaban él, don Manuel —que limpiaba un vaso detrás de la barra con parsimonia— y doña Dolores, que acababa de dejar una tetera de fierro sobre la estufa a leña.

—No me ha tocado casi la comida, caballero —comentó doña Dolores, cruzándose de brazos mientras lo observaba con ojos escrutadores—. ¿Sigue con el dolor de cabeza?

—Es el viaje, yo creo. El cambio de aire —mintió Ignacio, forzando una sonrisa y frotándose la nuca.

Don Manuel dejó el vaso de lado y lo miró fijamente bajo sus cejas pobladas.

—No es el aire. Es el ruido que traen de Santiago. Llegan todos iguales, con los ojos saltados y las manos tiritando si no tienen el aparatito ese cerca —dijo, haciendo un gesto despectivo hacia el celular de Ignacio—. ¿Se dio el tiempo de leer el cuaderno que le dejé en la mesa de noche, o lo usó para nivelar la pata de la cama?

Ignacio carraspeó, sintiéndose descubierto.

—Leí un par de páginas. Habla sobre el profesor Pincheira y unas desapariciones antiguas. Historias de pueblo, supongo.

—Historias, dice —intervino doña Dolores, dejando escapar un suspiro cargado de molestia mientras se sentaba en una silla cercana—. Los santiaguinos creen que lo que no tiene pavimento no existe. Hace tres años llegó un ingeniero, un hombre joven, de letras finas. Venía por un proyecto de caminos, según él, pero no dormía nada. Se la pasaba caminando de noche. Un día dejó la camioneta estacionada afuera, la ropa en el ropero, los planos sobre la cama... y no volvió más —la mujer se encogió de hombros mientras nerviosa limpiaba sus manos en su delantal—. La policía de Castro anduvo metida semanas en el monte. Nada.

—Y no fue el único —añadió don Manuel, apoyando los puños en el mostrador—. Antes de él, una muchacha que trabajaba en el hospital de la comuna grande. Una doctora, me parece. Decía que no aguantaba el llanto de los enfermos en su cabeza. Pasó una semana dando vueltas por el sendero alto, buscando lo mismo que todos. Una mañana, su habitación estaba vacía. Dejó hasta sus lentes ópticos sobre el velador, como si ya no le hicieran falta para ver adónde iba. La gente de la capital viene rota por dentro, Ignacio. Creen que el monte es un parque de entretenciones, y no escuchan cuando el bosque les habla. Si leyó las advertencias de Pincheira, hágales caso. No se lo estamos diciendo por asustarlo.

Ignacio asintió en silencio, sintiendo que el peso de la conversación se le instalaba en el pecho. Sin embargo, cuando los posaderos se retiraron a sus habitaciones y el silencio de la noche chilota se apoderó de la casa, el repiqueteo metálico comenzó a filtrarse desde los cerros a través de la rendija de la ventana.

Tin... Tin... Tin…

Era una invitación insoportable para su mente saturada. Sin pensarlo dos veces, cogió su chaqueta, la linterna, y salió a la oscuridad.

El ascenso no se parecía en nada a las caminatas por los parques urbanos a los que Ignacio estaba acostumbrado en la capital. El sendero, si es que se le podía llamar así, era una cicatriz difusa en la tierra, devorada por la vegetación baja y cortada a cada tramo por las gruesas raíces de los tepúes. A los pocos minutos, sus pulmones de oficina comenzaron a quemarle en el pecho. La humedad de la camanchaca era tan densa que se le pegaba a las pestañas y a la tela de la chaqueta, enfriándolo por fuera mientras el esfuerzo lo hacía sudar por dentro.

Cada vez que se detenía a tomar aire, el repiqueteo cristalino volvía a sonar.

Tin... Tin... Tin…

Era una melodía constante, flotando sobre el susurro de las hojas. Lo más perturbador era el efecto directo en su organismo: el cansancio físico era real, sus piernas pesaban, su espalda tiraba y su cuello comenzaba a pulsar, pero la mente se le iba limpiando. El persistente zumbido que lo había acompañado durante cinco años, esa estática molesta, retrocedía ante cada nota metálica como la marea baja. Por primera vez en la semana, no sentía la necesidad de tocarse el bolsillo para revisar el celular.

El mundo exterior se había reducido a la luz de su linterna y al sonido que lo guiaba.

A mitad de la colina, la vegetación se cerró aún más, formando un arco tupido de ramas que bloqueaba por completo la poca luz de la luna. El viento volvió a correr junto a una suave llovizna que empezó a caer lentamente, traspasando la barrera de las ramas para chocar contra su rostro, disminuyendo su visibilidad. Aun así, Ignacio avanzaba despacio, moviendo la linterna de un lado a otro. El haz blanco rebotaba en los troncos retorcidos, creando sombras alargadas que parecían encogerse y estirarse a su paso.

De pronto, la luz iluminó algo extraño en la base de un helecho gigante.

Ignacio se detuvo en seco. Dio un paso hacia el costado del sendero y bajó el ángulo de la linterna. Parcialmente cubierto por el musgo y las hojas en descomposición, había un zapato. Un calzado de cuero negro, elegante, de suela delgada. Un zapato de ciudad.

Estaba completamente deformado por la humedad, con los cordones podridos y la puntera hundida. Al lado, medio enterrada en la tierra negra, asomaba la montura metálica de unos lentes ópticos rotos.

Un escalofrío, esta vez ajeno a la calma de las campanas, le recorrió la nuca. Recordó las palabras del libro del profesor Pincheira sobre los forasteros que "dejaban de verse de la noche a la mañana". Esos objetos no pertenecían a un lugareño. Eran los restos de alguien como él. Alguien que había subido a esa misma colina persiguiendo el mismo alivio.

La llovizna comenzó a espesarse a su alrededor, disminuyendo aún más su visibilidad y volviéndose casi molesta, como si intentara disuadirlo de seguir avanzando. Tragó saliva, sintiendo que el aire se volvía repentinamente más pesado. Su instinto urbano, el miedo lógico, le ordenó dar la vuelta y regresar corriendo a la seguridad de la posada de don Manuel. Pero justo cuando iba a retroceder, el repiqueteo volvió a sonar, esta vez mucho más claro, más cercano.




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