Siempre he tenido la sensación de que mi vida se sostenía de una manera clara y tranquila. No era una vida grandiosa ni extraordinaria, pero era mía, y eso me bastaba para ser feliz. Había en ella una serie de rutinas simples que me daban paz, casi sin darme cuenta. Caminatas sin rumbo fijo, café con leche caliente por las mañanas, conversaciones que no necesitaban ser medidas ni pensadas con antelación.
Había días buenos y días malos, como en cualquier vida. Días en los que todo parecía fluir con facilidad y otros en los que el cansancio pesaba más. Pero incluso en los días malos había algo que no cambiaba: sabía quién era. No dudaba de mí, no me perdía dentro de mis propias preguntas.
Me gustaba estar sola. No porque no necesitara a nadie, sino porque mi silencio no me pesaba. Era un silencio cómodo, habitable. Podía pasar horas leyendo, escribiendo, dibujando o simplemente mirando el móvil, pasando reels sin pensar demasiado. No sentía culpa por ello. Nunca confundí la soledad con el vacío, porque nunca me sentí incompleta.
Tenía amigos que me conocían desde hacía años. Personas delante de las que no tenía que fingir ni demostrar nada. Sabían cómo me reía cuando algo me hacía gracia de verdad y cómo me callaba cuando algo me dolía. Con ellos no había explicaciones ni excusas. Podía ser yo, sin adornos. Y eso era suficiente.
Nunca me he considerado una persona insegura. Dudaba, sí, como duda cualquiera, pero no de mí misma. Tomaba decisiones, aunque a veces me costara hacerlo, y lo hacía sin pedir demasiadas opiniones. Defendía lo que pensaba, incluso cuando me incomodaba. Sabía poner límites, aunque en ocasiones me costará. Sabía decir que no, y no me sentía culpable por ello.
Mi cuerpo también era parte de esa calma. Se sentía ligero. Dormía profundo. Respiraba sin esfuerzo. No tenía pareja, pero eso no me agobiaba. Miraba a mi alrededor y veía vidas distintas, personas que construían familias, otras que trasnochaban, otras que se centraban en sí mismas. Nunca creí que fuera necesario tener a alguien cerca para sentirse completo. Yo, al menos, no lo necesitaba.
En ese momento, sin saberlo, estaba entera.
Me despierto sin prisas. La luz entra tímida por la ventana y durante unos segundos me quedo quieta, escuchando el silencio de la casa. No he revisado el móvil todavía.
Antes de levantarme, estiró los brazos. Siento que el cuerpo responde sin resistencia. Me gusta ese momento en el que todavía no soy del todo consciente del día que empieza. Me levanto, me pongo algo cómodo y voy directa a la cocina.
El café empieza a oler antes incluso de que termine de hacerse.
Kata me mira moviendo la cola, como si llevara despierta horas. Coge la correa con la boca cuando me ve acercarme y da vueltas pequeñas, torpes, impacientes. Sonrío sin darme cuenta.
Cuando terminó el café y me lavo la cara, me hago un moño despeinado y salimos de casa junto con el aire fresco de la mañana.
Las calles están tranquilas. Algunas persianas todavía bajadas, algún coche que pasa despacio, el ruido dejando de una ciudad que empieza a desperezarse.
Caminamos sin rumbo fijo. Kata se detiene a oler cada esquina como si fuera nueva.
Respiro hondo. El aire entra limpio, sin esfuerzo. Mis pasos tienen un ritmo constante y cómodo. No pienso en nada en concreto.
A veces me cruzo con otras personas que pasean a sus perros. Nos saludamos con una sonrisa breve, sin palabras. Me gusta esa complicidad silenciosa de las mañanas tempranas, cuando nadie espera nada de nadie.
En un descuido, la correa se me escurre de la mano. No pasa de golpe, es un gesto torpe, casi insignificante. Siento el tirón leve y, antes de reaccionar, Kata ya ha salido disparada hacia delante.
— Kata… — digo en voz baja, más sorprendida que alarmada.
Corre con esa alegría que siempre ha tenido, las orejas hacia atrás, el cuerpo ligero. La veo dirigirse directamente hacia un Golden de pelaje corto y color canela que camina unos metros más adelante. El perro se gira al verla y empieza a mover la cola con la misma emoción.
El chico se detiene. Sujeta la correa con una mano y observa la escena con calma, como si no fuera la primera vez que algo así le ocurre. Kata llega hasta ellos y empieza a dar vueltas alrededor del Golden, invitándolo a jugar a la vez que crea un nudo.
— Perdona — digo cuando me acerco, un poco agitada por haber acelerado el paso —. Ya sabes, se me ha escapado.
— No pasa nada — responde él—. Al mío le encanta hacer amigos.
El chico que sujeta al Golden tiene el cabello oscuro, casi negro. Su piel es cálida y la forma en que sonríe, breve y tranquila, le da un aire cómodo, fácil de mirar. No parece consciente de lo atractivo que es, no hay gesto exagerado ni intento de llamar la atención.
Tiene los ojos atentos, claros de color miel, observando a su perro y al mío con la misma calma con la que camina. Su postura es relajada, hombros ligeramente caídos, como si estuviera acostumbrado a dejar que las cosas fluyan.
Sonrío. Me agacho a coger a Kata por el collar, pero ella apenas me hace caso. Está demasiado ocupada.
— Kata — insisto, esta vez con más cariño que autoridad.
Editado: 14.01.2026