El guardián de mis decisiones

CAPÍTULO 2:

Amanece sin que nada parezca distinto. La luz entra por la ventana de la misma forma que ayer y durante unos segundos me quedo en la cama, observando el techo, dejando que el día empiece sin empujarme y analizando todo lo que tengo que hacer en cuanto me levante.

Kata se mueve a mi lado y apoya el hocico en mi brazo, como si quisiera asegurarse de que sigo aquí.

Me levanto despacio. No hay prisa. El suelo está frío bajo los pies y ese contraste me despierta más que cualquier alarma. En la cocina, el café vuelve a ocupar su lugar de siempre.

Mientras me recojo el pelo frente al espejo, pienso en el paseo que nos espera. No pienso en nada más, o eso creo. Me hago un moño rápido, distinto al de ayer, aunque igual de imperfecto. Sonrío un poco al darme cuenta de que ahora si me fijo en eso.

Salimos a la calle. El aire de la mañana es fresco y el barrio está tranquilo. Kata camina con energía, tirando un poco de la correa, marcando ella el ritmo como de costumbre. Yo la sigo, dejando que mis pensamientos vayan y vengan sin detenerse en ninguno en concreto.

No espero encontrar a nadie. Camino sin buscar, sin anticipar. Aun así, hay algo distinto en la forma en la que miro a mi alrededor. No es inquietud, no es nerviosismo. Es más bien una atención leve, casi inconsciente.

El parque aparece al final de la calle, igual que siempre. Entró como cualquier otro día, pero no exactamente igual. Hay recuerdos que se instalan sin pedir permiso y cambian la forma en la que habitamos los espacios.

No lo veo.

Y no pasa nada.

Sigo caminando. Kata se detiene a oler el suelo, ajena a cualquier expectativa que yo ni siquiera me atrevo a nombrar. Me doy cuenta que entonces estoy sonriendo sin motivo.

Es entonces cuando lo veo.

Está a unos metros, cerca del banco de madera que da al campo de tierra. El Golden olfatea el suelo con calma, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Él sostiene la correa con una mano y mira el móvil con la otra, distraído y relajado. El cabello oscuro cae de la misma forma despreocupada que ayer, y por un segundo me parece que nada ha cambiado.

Mi cuerpo reacciona antes que mi cabeza. Siento una ligera tensión en el pecho, algo parecido a un sobresalto suave… No es nerviosismo exactamente, es más bien una conciencia repentina de mi misma como camino. De cómo llevo el pelo. De donde pongo las manos.

Él se gira. De forma evidente, no buscando nada. Es un gesto breve, casi automático, como si comprobara algo antes de seguir caminando.

Mi reacción es inmediata y torpe. Bajo la mirada y saco el móvil del bolsillo con demasiada prisa. Finjo leer algo, cualquier cosa. Deslizo el dedo por la pantalla sin saber realmente qué estoy mirando. Me siento observada aunque no sepa si lo estoy.

Es un gesto absurdo. Infantil, incluso. Me doy cuenta que mientras lo hago, no puedo detenerme. Me concentro en la pantalla como si ahí hubiera algo importante, como si no fuera evidente que estoy disimulando.

Doy unos pasos más cuando escucho su voz detrás de mí.

— Perdona…

Me detengo. No de golpe, sino despacio, como si necesitara un segundo para asumir que me está hablando a mí. Me giro con el móvil todavía en la mano, sintiéndome un poco descubierta.

Él está a un par de metros de distancia. No invade el espacio. Mantiene esa misma calma de antes, como si no tuviera prisa ni expectativas. El Golden se siente a su lado, obediente, mirando a Kata con interés.

— Creo que ayer no te pregunte algo — dice — ¿Siempre paseas a esta hora?

Su voz es normal. No hay nerviosismo evidente, ni tampoco seguridad excesiva. Eso me tranquiliza más de lo que debería.

— Casi siempre — respondo —. Por las mañanas me viene bien.

Asiente, como si esa respuesta encaja con algo que ya intuía.

— A nosotros también — añade—. Es el único momento en el que el parque está tranquilo.

Miro alrededor. Tiene razón. El ruido es mínimo, el aire todavía fresco, la gente se mueve sin estorbarse. Me doy cuenta de que sigo sosteniendo el móvil sin necesidad y lo guardo en el bolsillo, un poco avergonzada.

— Soy… —empieza, y luego se detiene un segundo—. Bueno, me llamo Gonzalo.

Dice su nombre con naturalidad. Yo lo repito en voz baja, más que para mí que para él, como si quisiera comprobar cómo suena.

— Yo soy Nina — digo el mío después.

Sonríe. Esta vez un poco más.

No hablamos de nada importante. Comentamos algo del tiempo, de los perros, de cómo se nota que ya no hace tanto frío. Frases pequeñas. Cómodas.

Kata se acerca al Golden y vuelve a intentar jugar. Él tira un poco de la correa, pero sin cortar el momento.

— Si algún día coincidimos otra vez… — dice, dejando la frase a medias.

— Seguro — respondo, sin pensar demasiado.

No hay promesas. No hay números intercambiados. Solo ese acuerdo implícito de que el parque, a esta hora, puede volver a ser un encuentro.

Cuando se va, no lo sigo con la mirada. No hace falta. Siento algo distinto en el pecho, no intenso, no urgente. Solo una ligereza nueva, casi imperceptible.




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