La cola para entrar en la discoteca ya es un pequeño espectáculo en sí misma. Gente discutiendo con el portero, tacones en peligro de muerte y algún grupo cantando como si ya estuviera dentro. Noa y yo nos miramos y nos reímos.
— Me encanta este momento — dice ella —.. Cuando todavía creemos que mañana no tendremos resaca.
— Habla por ti — respondo—. Yo mañana voy a necesitar una siesta terapéutica.
— ¿Tú también notas el suelo… blandito? — me pregunto Noa, agarrándose a mi brazo.
— No, es el alcohol que nos quiere abrazar — respondo convencida de mi teoría.
Avanzamos poco a poco hasta la entrada. El portero nos mira de arriba abajo con cara seria, como si estuviera evaluando nuestras decisiones vitales. Yo intento no parecer nerviosa, aunque por dentro estoy pensando “por favor, deja pasar mis botas, son buena gente”.
Finalmente nos deja entrar y, en cuanto cruzamos la puerta, el cambio es inmediato.
Luces bajas, flashes de colores, música tan alta que siento el bajo en el pecho. Noa me agarra del brazo.
— Vale — grita —. Ya no oímos, somos felices.
Intentamos avanzar entre la multitud. Alguien me pisa, otro me choca la copa, y yo me giro indignada.
— Nina, creo que estoy bailando aunque esté quieta — dice Noa, muy seria.
— Yo también — respondo. Creo que es una habilidad nueva.
Nos reímos sin parar, un poco torpes, un poco borrachas, agarrándonos la una a la otra para no perdernos. La noche acaba de empezar y, claramente, no estamos en nuestro punto más sobrio.. pero si en uno bastante divertido.
Noa me señala la barra con el dedo, muy decidida para lo poco recta que va.
— Voy a por unas copas — grita—. No te muevas… o muévete, pero no te pierdas.
— Voy al baño — respondo, señalando vagamente hacia el fondo —. Si tardo, es que sigo viva.
Nos separamos entre empujones y risas. Camino hacia los baños esquivando gente, luces que me ciegan por momentos y conservaciones a medio grito que no entiendo. El pasillo es más oscuro, menos caótico… hasta que oigo voces elevadas.
Gritos.
Levanto la vista casi por reflejo y entonces lo veo.
A unos metros, cerca de la pared, hay un chico discutiendo con una chica.
No, no discutiendo: gritando. Él gesticula con los brazos, claramente alterado; ella tiene los puños cerrados y la mandíbula tensa. Y entonces me cae encima la sensación.
El chico me resulta familiar.
Demasiado.
Me freno en seco. Entrecierro los ojos, intentando enfocar bien entre luces y alcohol. El perfil, la forma de moverse, la voz incluso aunque no distinga las palabras.
El estómago se me encoge.
— No puede ser… — murmuro.
Y justo en ese momento, él gira un poco la cabeza.
Es Gonzalo. El chico del parque.
Está gritando aunque no descifro bien lo que dicen. Ya no parece tranquilo ni amable. Parece enfadado. Tenso. Distinto.
Me quedo clavada en el suelo, con una mezcla rara de sorpresa, incomodidad.
Mientras paso cerca, escucho frases sueltas, demasiado intensas para la hora que es y para el nivel en general.
— ¡Siempre haces lo mismo!
— ¡No me pongas como la mala!
Yo acelero un poco el paso, porque sinceramente: no he venido a analizar relaciones ajenas ni a meterme en discusiones que no son mías. Bastante tengo con no tropezarme con mis propias botas.
Entro al baño y el contrate es inmediato; espejos empañados, chicas retocándose el maquillaje como si fuera una operación quirúrgica y alguna llorando con una amiga que le sujeta el bolso.
Me miro al espejo. Pelo castaño un poco despeinado, eyeliner ligeramente torcido, pero digna.
— Estás bien, Nina — me digo —. Borracha leve, cero dramas.
Me lavo las manos, respiro hondo y sonrió.
Lo del parque puede quedarse en el parque.
Salgo del baño ajustándome la falda y pensando únicamente en localizar a Noa antes de que desaparezca con las copas. Doy un par de pasos... y tropiezo con alguien.
— Perdón — digo, con inercia, agarrándome a su brazo para no perder el equilibrio.
Levanto la vista.
Es Gonzalo.
Está mucho más tranquilo ahora, la expresión relajada, como si no hubiera pasado nada raro hace unos minutos. Claramente no se ha dado cuenta que lo he visto discutiendo.
— Nina — dice, sorprendido pero sonriente —. Qué casualidad.
— Ya ves — respondo, natural, soltándolo.
— ¿Todo bien? — pregunta, sin doble intención.
— Sí, sí — contesto, encogiéndome de hombros —. Iba al baño… misión cumplida.
El asiente, cómodo, como si el encuentro fuera totalmente inocente. Yo hago lo mismo. No pienso sacar el tema. No me corresponde.
Editado: 14.01.2026