Nos quedamos un momento más en silencio, con el roce de las manos.
—Bueno— digo, tratando de romper un poco la tensión sin perder el humor—. Yo solo vine a por copas, y mira, termine atrapada en un culebrón de discoteca.
Gonzalo se ríe, suave y sacude la cabeza:
— Si… quien iba a decir que una salida nocturna traería tanta emoción — bromea—. Debería cobrarse entrada por esto.
— Totalmente— respondo, sonriendo— Música, luces, drama de exs… y tu haciendo la víctima. Todo un paquete Premium.
Él levanta la ceja, divertido.
— ¿Víctima yo? — Dice con tono de fingida indignación— Te recuerdo que sobreviví a un grito que podría haber roto vidrios.
— Sobreviviste…— contesto, arqueando una ceja—. Pero con una chica que claramente no sabía dónde poner las manos.
El aire fresco de la terraza hace que un mechón de mi cabello castaño se me caiga justo sobre la cara. Trato de apártalo con la mano, pero antes de que lo haga… Gonzalo se mueve con un gesto natural y lo aparta suavemente.
Cuando aparta el mechón, su mano no se retira de inmediato. Queda apoyada suavemente sobre mi mejilla, y por un segundo siento como el mundo alrededor se ralentiza.
Sus ojos me buscan, profundos y atentos, y siento que me quedo atrapada en la mirada. Es terriblemente guapo. Hay algo salido, sincero, que hace que mi corazón dé un pequeño vuelco.
— Sabes... — Dice, con una voz baja, casi un susurro por encima del viento— Tienes... una sonrisa que ilumina más que toda esta locura.
Me quedo sin palabras unos segundos, sorprendida y sonriendo sin darme cuenta. La mano sigue ahí, ligera, segura y me provoca una mezcla extraña.
— Gracias…— consigo murmurar, bajando un poco la mirada.
Por un segundo, la terraza parece suspendida. Gonzalo mantiene su mano sobre mi mejilla, sus ojos atrapándome.
Se inclina un poco hacia mí, y mi corazón da un vuelco.
— Espera… — susurra, y yo apenas tengo tiempo de reaccionar antes de que su teléfono suene.
Mira la pantalla, frunce el ceño y al ver el nombre, su expresión cambia de inmediato. La calma y la cercanía desaparecen como si se hubiera llevado el viento. Esta agresividad contenida que vi antes en la discusión de la discoteca vuelve, más rápida y marcada.
— Maldita sea… — murmura, con la mandíbula tensa, guardado el teléfono rápidamente—. Es ella.
Se aparta un poco, como recuperando el espacio que había creado entre nosotros. El brillo de sus ojos cambia; ya no está la media sonrisa relajada ni la chispa divertida. Es como si un interruptor hubiera encendido otra faceta suya, más seria, más defensiva.
Nos despedimos de la terraza, y mientras regreso a la pista de baile buscando a Noa, siento que la distancia y el ruido envuelve de nuevo. Gonzalo se queda unos segundos más, como pensando, con la tensión de su ex todavía marcando su expresión. Abro los ojos y lo veo por un instante.. y luego desaparece entre la multitud.
— Bueno…— murmuro para mí misma, encogiendome de hombros y riéndome de lo absurdo. — Supongo que la noche es impredecible.
Busco a Noa entre los grupos de chicos, risas y luces, pero cada vez que miro hacia donde Gonzalo estaba, él ya no está.
Me concentro en buscar a Noa. Por un momento siento una mezcla extraña: un poco de decepción, pero también alivio.
— Noa— gritó por encima de la música— ¡Vuelve aquí irresponsable!
Y mientras ella aparece bailando como si el mundo fuera suyo, yo me doy cuenta de que Gonzalo se ha esfumado, dejándome con la sensación de que la noche todavía guarda sorpresas… solo que esta, quizá, ya no volverá.
La música baja de golpe y las luces se encienden. El colorido y los flashes desaparecen de golpe, dejando ver a la gente bostezando, descolocada y empezando a recoger sus cosas. Es hora de irse.
— Nina ¡vamos!— grita Noa, riendo y arrastrándose entre la multitud —.
Salimos a la calle, el aire golpea mi cara, refrescante y casi liberador. De repente, algo me llama la atención. A los lejos, un par de siluetas caminando de la mano entre la luz amarilla de las farolas. Una parece… Gonzalo. Y la otra… podría ser su ex.
Me quedo paralizada un segundo, sin poder estar segura. La distancia y las sombras juegan con mi vista, y aunque algo en la postura y el gesto de él me resultan familiares, no puedo afirmarlo.
— ¿Nina?— dice, Noa, tirando suavemente de mi brazo — . ¿Estás bien?.
— Si… Si, solo…— murmuro, tratando de apartar la mirada—- Nada.
Siento un pequeño nudo en el estómago. La noche empezó con risas, bailes y momentos inesperados, termina dejándome con una sensación extraña: un poco de curiosidad, un poco de desilusión y un recuerdo intacto de su mirada en la terraza. No estoy segura de lo que vi, pero una cosa sí sé: esta noche no la olvidaré fácilmente.
El coche arranca, y las luces de la ciudad pasan rápido por la ventana. Pienso en la terraza, en Gonzalo, en el pequeño instante que compartimos.
Editado: 14.01.2026