El guardián de mis decisiones

CAPÍTULO 5:

Hoy es domingo. Mi cumpleaños.

Veinticinco. Suena más serio de lo que me siento.

La casa de mis padres huele a comida casera y a domingo de verdad. Estoy sentada en la mesa del comedor, con mi familia, mis padres y Álvaro – mi hermano mayor – haciendo comentarios irónicos como siempre, y yo intentando soplar las velas mientras todos hablan a la vez.

Mi familia siempre ha sido un poco caótica, pero de ese caos que te hace sentir en casa.

Mi madre es de esas personas que no dejan pasar ni un detalle. Siempre sabe si estás cansada, triste o distraída, y mezcla preocupación con comentarios muy directos. Tiene esa forma de adorar a sus hijos que a veces es un poco exagerada, pero siempre auténtica. Hoy me observa mientras soplo las velas con esa sonrisa orgullosa que solo ella sabe poner.

Mi padre es más tranquilo, irónico y silencioso, el tipo que te da el consejo justo en el momento correcto… aunque te lo suelte como si fuera un chiste. Siempre tiene una broma lista, y hoy, mientras sostiene la cámara para la foto de cumpleaños, no puede evitar susurrarme algo que me hace reír a medias por lo bajo.

Alvaro, mi hermano, es la mezcla perfecta de sarcasmo y cariño. Siempre tiene un comentario listo para hacerme reír o sacarme de quicio, pero sé que detrás de su ironía está orgulloso de mi. Tiene esa habilidad de hacer que cualquier momento, incluso los más normales, se sientan memorables. Y lo mejor de todo, siempre ha odiado a Lucas.

Hoy me lanza miradas de complicidad y comentarios como “Esa sonrisa no es por la tarta”, que me hacen reír a carcajadas.

– ¡ Pero deja de hablar y sopla ya! – dice Álvaro, riendose.

Pido un deseo rápido, sin dramatizar y apago las velas entre aplausos desordenados.

Más tarde, ya tranquila, subo una foto a Instagram. Yo sonriendo, las velas recién apagadas, la tarta un poco torcida. Nada forzado. Muy yo.

Dejo el móvil boca abajo y sigo con la sobremesa, las bromas de Álvaro y el café nunca falla. Cuando vuelvo a mirar el teléfono, hay varias notificaciones… pero una destaca.

“Gonzalo ha respondido a tu historia”

Se me acelera un poco el pulso. Abro el mensaje.

“Feliz cumpleaños, Nina. Espero que hoy estés sonriendo tanto como en la foto”.

Me quedo mirando la pantalla unos segundos. No es exagerado. No es intenso. Es sencillo y bonito.

Levanto la vista. Álvaro me observa con una ceja levantada.

– Esa sonrisa no es por la tarta – dice.

– Cállate – le respondo, riéndome.

Kata sube en mis piernas, apoyando la cabeza. La acaricio y pienso en qué escribirle: algo causal, divertido, que no suene desesperada. Imposible.

Álvaro, desde la mesa, suelta su comentario habitual:

– ¿Vas a mirar el móvil toda la mañana o vas a comer algo?

– ¡Calláte!

“Gracias, la tarta sobrevive, así que el dia va bien”

Justo cuando soy un sorbo de café, veo la notificación. Gonzalo ha respondido. Abro el mensaje y casi me atraganto.

“Perfecto, entonces te espero en el parque en un par de horas”

Me quedo congelada, el café suspendido a medio camino hacia mis labios. Parpadeo. Me paso la mano por el pelo todavía enmarañado por la resaca y miro el reloj. Dos horas. Tengo tiempo.

Tengo una hora antes de encontrarme con Gonzalo, y estoy en el taxi de camino a casa para cambiarme y prepararme un poco. El tiempo parece estirarse mientras intento ordenar mis pensamientos entre la resaca y la emoción inesperada del mensaje.

Lo primero que hago es mirarme en el taxi. Mi pelo sigue rebelde, los ojos todavía hinchados por el café, y me descubro haciendo muecas tontas intentando ensayar una sonrisa que no se vea demasiado forzada.

Mientras tanto, repaso mentalmente la noche anterior: la terraza, la música, su mano en mi mejilla, la tensión que desaparece con el teléfono sonando… y ahora esto.

Decido aprovechar la hora para prepararme mentalmente y un poco físicamente: revisar la ropa que llevaré, darme una ducha rápida, secarme el pelo. Cada pequeño gesto me hace sentir un poco más en control, como si me ayudara a ordenar el caos de emociones que llevo encima.

Estoy de camino al parque. He decidido vestir algo comodo pero que me haga sentir bien, unos vaqueros oscuros ajustados, una blusa ligera de color claro y unas botas bajas que no me mataran los pies si caminamos un rato. Nada exagerado; quiero sentirme yo misma.

El viento sopla con poca fuerza. De camino imagino millones de escenarios. Me pregunto si ha cambiado algo, si sigue igual de sereno, si sigue con ese aire de confianza y un toque de misterio.

Me detengo un segundo a observar la calle por la que caminaremos hasta el parque y me doy cuenta de que mi mente va más rápido que mis pies, repasando cada pequeño gesto, cada palabra que intercambiamos, los minutos de ayer e incluso su reacción cuando su ex lo llamo.

Cuando me acerco al parque, lo veo de lejos. Está apoyado en la barandilla de madera, con las manos en los bolsillos y la postura relajada. Su cabello castaño se mueve ligeramente con el viento, y su camiseta clara resalta con el verde de los árboles.




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