El guardián de mis decisiones

CAPÍTULO 6:

Al día siguiente tengo que pasar por Malasaña por un recado del trabajo. Cuando me doy cuenta, estoy justo cerca de su galería. La galería es sobria, pero tiene algo que llama la atención sin esfuerzo. Se ve amplia, con ventanales grandes que dejan pasar mucha luz natural. No es de esas galerías frías y blancas que intimidan, más bien parece un espacio pensado para quedarse un rato.

Las paredes están llenas de obras con colores contenidos, muchos tonos neutros y algunos contrastes. Todo está colocado con bastante orden.

No me paro delante, pero me da tiempo a analizar cada detalle, incluso a él.

Está dentro, hablando con alguien, gesticulando con las manos. Parece concentrado, en su mundo.

Sigo caminando, distraída, todavía con la galería en la cabeza, cuando de repente todo pasa muy rápido. Una bicicleta aparece de la nada, yo doy un paso mal calculado, tropiezo con el bordillo y zas, el ciclista frena en seco, la bici se va al suelo y yo casi detrás.

– ¡Perdón! – suelto, más alto de lo necesario, mientras intento ayudar y a la vez no morir de vergüenza.

El chico de la bicicleta empieza a quejarse, yo hablo a la vez con él, gesticuló demasiado, alguien desde una terraza comenta algo.

Levanto la vista y ahí está Gonzalo, en la puerta de la galería mirando la escena. Nuestras miradas se cruzan durante un segundo.

Antes de que yo pueda añadir otra disculpa más, Gonzalo se acerca.

Le dice al chico de la bicicleta que ya está bien, que ha quedado claro que ha sido un accidente, que ya he pedido perdón mil veces y que no hace falta montar tanto escándalo en mitad de la calle. No es borde, pero sí lo suficientemente claro como para que el otro baje un par de marchas.

El ciclista resopla, recoge la bici y se va murmurando algo. Yo me quedo ahí, medio quieta, medio incomoda, sintiendo como se me sube el calor a la cara. Gonzalo me mira entonces, comprobando que estoy bien.

Me quedo embobada mirándolo .Por un instante me olvido de que llevo dos días sin saber nada de él desde el beso en el parque. Me río por dentro de lo ridicula que me siento, pero no puedo apartar los ojos.

– Bueno, ya que sobreviviste al escándalo de la bicicleta ¿Te apetece ir a comer algo? – dice Gonzalo, mirándome de reojo mientras se encoge de hombros.

Me quedo un segundo quieta, sin saber qué responder.

– ¿Comer?.

– Sí – Conozco un sitio cerca que tiene buen rollo y comida decente. Prometo que me portaré bien. Confía en mí.

– Vale, me parece bien – digo.

Llegamos a un sitio con ambiente relajado y una carta super variada. Nos sentamos en una mesa cerca de la ventana y empezamos a mirar la carta mientras charlábamos un poco.

Mientras esperamos que nos traigan la comida, Gonzalo me cuenta un poco de su semana. Me explica que ha estado liado con una obra que tenía que acabar, encerrado en su piso sin parar de crear.

– Ha sido una semana intensa. Pintando, retocando, pensando… a veces siento que no he salido del estudio en días.

Mientras me cuenta todo eso, no puedo evitar sentir un pequeño alivio. Que no me haya escrito estos días deja de parecer raro o preocupante, tiene sentido. Ha estado encerrado en su piso, concentrado en su obra, sin tiempo ni espacio para nada más.

Respiro hondo y sonrio por dentro, no era que me ignorara, ni que lo del beso no importara, simplemente estaba ocupado con su mundo creativo.

Mientras seguimos hablando y riendo, Gonzalo suelta algo que me sorprende un poco.

– Oye, esta tarde es la inauguración de la galería de mi amigo Sergio. ¿Te apetece venir?.

– ¿Yo? – digo, sorprendida.

– Si– responde como si fuera lo más normal del mundo. – Será divertido, buen ambiente, gente interesante, ya sabes, no necesitas saber nada de arte para pasarlo bien.

Me río un poco, porque no me lo esperaba para nada. Es raro que me invite, peor de alguna manera me alegra.

Él asiente, con una sonrisa pequeña, como si le hiciera ilusión que aceptara.

Cerca de las cinco de la tarde, nos dirigimos a la galería de su amigo, en el barrio Salamanca. Caminos tranquilamente por las calles elegantes del barrio, con escaparates llamativos y el ambiente tranquilo de la tarde que va cayendo poco a poco.

El lugar tiene un aire distinto a la galería de Gonzalo, más moderno, con grandes ventanales y detalles minimalistas. Desde fuera ya se ve gente entrando y saliendo, algunos con copas en la mano,otros mirando las obras a través de los cristales.

Al entrar en aquel lugar, me siento de inmediato un poco fuera de lugar. La gente conversa con naturalidad sobre artistas, técnicas, exposiciones… y yo apenas entiendo la mitad de lo que me dicen. Todo me parece elegante y sofisticado, y no puedo evitar sentirme torpe entre tanto comentario con palabras que no domino.

Gonzalo lo nota enseguida. Me mira y cuando ve que me acomodo torpemente junto a un cuadro abstracto, me da la mano.

Su gesto me hace sentir más ligera, como si un pequeño hilo de confianza conectara de nuevo.




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