El guardián de mis decisiones

CAPÍTULO 7:

Gonzalo me da un beso suave, casi tímido, como si quisiera prolongar ese instante sin romperlo. Es un gesto lento, cargado de cuidado, que dice más de lo que podría decir con palabras.

Me dice que soy increíble con una sonrisa tranquila, sincera, y esas palabras se me quedan dentro, suave y cálidas. Me recuesto en su pecho y escucho su corazón, firme y constante. Su respiración me envuelve y, por un momento, todo lo demás desaparece.

Noto cómo su respiración se ralentiza, profunda y regular, y eso me da a entender que se ha quedado dormido. Me quedo quieta, escuchando, sintiendo el leve subir y bajar de su pecho bajo mi mejilla. Hay algo profundamente tierno en ese abandono confiado. Cierro los ojos un momento, dejándome llevar por la calma, por el calor compartido.

Finalmente me duermo. El cansancio se mezcla con una sensación de paz profunda, y me dejo ir, envuelta en él.

Al día siguiente me desperté rodeada por sus brazos. Permanezco quieta, observando unos instantes mientras duermo. Su rostro está relajada, vulnerable, de una forma que enternece, y su respiración sigue siendo lenta y tranquila. La luz suave de la mañana dibuja sombras cálidas sobre su piel. Sonrió en silencio, guardando ese momento solo para mí, como si mirarlo así el día ya hubiera empezado bien.

Gonzalo se despierta y me mira desconcertado durante unos segundos, como si estuviera intentando situarse entre el sueño y la realidad. Me mira aún desconcertado y, de pronto, esa suavidad se quiebra. Se mueve con cierta torpeza, como si las prisas le hubiera caído encima de golpe. Dice que tiene que irse, que se le hace tarde, evitando mi mirada mientras busca su ropa. El ambiente cambia, ya no es la calma de hace unos minutos, sino algo más tenso, apresurado. Yo me quedo en silencio, observándolo, intentando entender en que punto exacto el momento compartido se volvió distancia.

Antes de irse, me da un beso fugaz, casi automático, y me dice que ya me llamará. Sus palabras quedan suspendidas en el aire un segundo. Me quedo allí, quieta, analizando las últimas palabras

Cuando escucho que la puerta cerrarse, busco el móvil entre mis cosas y llamo a Noa.

– Oye Noa, ¿Que significa que un tio te diga “ya te llamaré?

– Depende. Puede ser que le gustes, o que no tenga ni idea de que hacer – responde ella riendo.

– O sea, ¿ me estás diciendo que le encanto peor se asustó?

– Exacto, es el clásico.

– Perfecto, entonces estoy oficialmente atrapada en la zona de confusión masculina – suspiro, exagerando.

– Pero, ¿y esto a que viene? Cuéntamelo todo. – dice Noa con una voz eufórica.

Le explico el incidente con la bicicleta, la galería, su amigo Sergio y como terminamos en mi cama hasta hace diez minutos.

– ¿Qué quieres decir con “algo”?

– Nos acostamos – suelto al final, bajando un poco la voz.

– ¡¿QUE?! – exclama Noa, entre risas y sorpresa –. ¿En serio?.

– Si, fue increíble. Pero esta mañana se fue con prisas y con la frase de “ya te llamaré” – admito, medio riendo, medio angustiada.

Después de intentar encontrarle tres mil significados al “ya te llamaré”, finalmente cuelgo el teléfono. Me quedo un momento mirando el móvil, con una mezcla de frustración y resignación

Decido levantarme de la cama, con olor a él todavía, pegarme una ducha y tratar de restarle importancia a la situación de esta mañana. El agua caliente me despierta poco a poco, siento cómo se llevan consigo parte de la tensión y la confusión.

Mientras me seco, intento repetirme que no todo tiene que tener un significado oculto, que no necesito resolverlo todo ahora mismo.

Han pasado dos días y sigo sin recibir noticias de Gonzalo, ni siquiera ese “ya te llamaré” que esperaba con un hilo de esperanza. Cada notificación en el móvil me hace saltar, pero nunca es él. Intento ocuparme, distraerme con otras cosas, pero en el fondo siento como la confusión sigue ahí.

Por la noche suena mi móvil. Es Gonzalo. Estoy tirada en el sofá, con la manta medio enrollada a mi alrededor y la serie encendida en la televisión, aunque no estoy prestando mucha atención a nada de lo que ocurre en la pantalla.

Contengo un suspiro mientras respondo, intentando que mi voz suene casual.

– Hola! ¿Cómo estás? ¿Qué tal estos días? – pregunta él con toda normalidad.

Me cuesta no notar la indiferencia en su tono, no menciona nada sobre estos dos días en los que he estado angustiada esperando su llamada. Intento responder con naturalidad.

– Hola, bien, gracias. Tranquilos, supongo– digo, mientras miro la pantalla más por inercia que por interés.

Mientras él habla de cosas triviales, siento esa mezcla de alivio y frustración. Me reconforta oír su voz pero me molesta que actúe como si nada hubiera pasado. Pero quizás es demasiado pronto para reclamar nada.

– Nina, ¿Quieres que nos veamos en un rato en tu casa? – pregunta Gonzalo – Podríamos ver una película y cenar juntos.

Me quedo unos segundos en silencio. Mi corazón se acelera un poco, pero intento que no se note.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.