A partir de ahí, todo cambió.
Los días siguientes fueron suaves, casi luminosos. Gonzalo estaba presente de una forma constante y cálida, mensajes de buenos días, llamadas inesperadas solo para saber cómo estaba, planes sencillos que se sentían importantes por el simple hecho de compartirlos. Escuchaba con atención, recordaba detalles pequeños, preocupado por si había comido, por si había dormido bien, por si algo me rondaba la cabeza.
Con él todo parecía fácil. Me hacía sentir especial, elegida, cuidada. Cuando estaba a su lado, el mundo bajaba el volumen. Yo, poco a poco, fui relajándome. La escena de aquella noche quedó atrás, diluida entre promesas cumplidas y una atención casi perfecta.
Tanto, que resultaba fácil pensar que aquel arrebato había sido solo una excepción. Un error aislado.
Llevábamos apenas un mes inmersos en una historia perfecta, y aun así yo sentía que había pasado mucho más tiempo. Como si el calendario se hubiera doblado sobre sí mismo. Como si la vida antes de conocerlo perteneciera a otra versión de mí, lejana, borrosa, casi irrelevante.
Todo giraba en torno a nosotros. A sus mensajes, a sus planes, a su forma de mirarme como si nada más importara. Había días en los que me sorprendía intentando recordar cómo era mi rutina antes, qué hacía con mis tardes, en qué pensaba cuando él no estaba y me costaba. No porque no hubiera existido, sino porque ahora todo parecía más intenso, más lleno, más vivo.
Me decía que era normal, que cuando algo empieza así de fuerte el resto se recoloca. Y yo lo creía. Me gustaba sentirme tan conectada, tan acompañada, tan dentro de algo que parecía protegerme del mundo.
Aún no sabía que, sin darme cuenta, estaba dejando de mirar hacia atrás y también un poco hacia mi misma.
Pienso en Noa de vez en cuando. Seguimos hablando, seguimos quedando, solo que con menos frecuencia. Nada raro, nada dramático. La vida se va llenando y el tiempo se reparte de otra manera.
A veces posponemos un café, otras veces cambiamos el día. Nos ponemos al día rápido y seguimos con lo nuestro. Todo parece normal, como suele pasar cuando cada una está en su momento.
Estoy en casa de Gonzalo, sentada en silencio, observando mientras pinta. El lienzo está apoyado contra la pared y él se mueve con concentración, mezclando colores, dando pinceladas firmes, retrocediendo un paso para mirar el conjunto antes de volver a acercarse.
La luz entra y cae sobre el cuadro a medio hacer. Hay algo hipnótico en verlo trabajar, en la seguridad con la que sabe exactamente qué quiere hacer. De vez en cuando me mira, sonríe, como si mi presencia le diera calma, y vuelve a fijar su mirada sobre el lienzo.
El móvil vibra suavemente sobre la mesa y el sonido rompe el silencio. Es un mensaje de un compañero de trabajo. Aun así, antes incluso de cogerlo, noto cómo Gonzalo se detiene un segundo. No deja de pintar, pero su cuerpo se tensa apenas, lo justo. Sigue dando pinceladas, aunque ahora más lentas, menos fluidas.
Todo sigue tranquilo, pero ya no es exactamente el mismo. Él vuelve al cuadro, retoca un detalle mínimo que probablemente nadie más notara, y yo siento que su atención ya no está solo ahí.
Mientras contesto el mensaje, con el móvil aun en la mano, Gonzalo habla sin girarse, sin apartar la vista del lienzo.
– ¿Quién es? – en tono tranquilo, casi distraído, como si fuera una curiosidad sin importancia.
– Un compañero de trabajo – digo al fin, levantando la vista hacia él.
– ¿Y qué quiere? – añade a los pocos segundos, todavía de espaldas.
Levanto la vista hacia él. Su tono es menos calmado esta vez.
– Nada, una cosa del trabajo– asiento.
El ambiente se tensó de golpe, y no consigo entender por qué. Gonzalo ya no me mira, ni siquiera esboza una sonrisa como antes. Sus ojos están fijos en el lienzo, y todo su cuerpo parece absorbido por el cuadro, como si yo no estuviera ahí.
El silencio entre nosotros se vuelve más denso, pesado, interrumpido solo por el roce del pincel sobre la pintura. Intento no moverme, no decir nada, como si mi respiración pudiera alterar algo invisible.
De repente, el pincel se le resbala de las manos y cae al suelo, salpicando el cuadro. Mi corazón se acelera al instante, y antes de que pueda reaccionar, Gonzalo me grita:
– ¡Es por culpa del tono del teléfono! ¡Me has distraído!
Su voz resuena fuerte en la habitación, y el golpe de ira me sorprende. Me quedo paralizada unos segundos, sin saber qué decir, mientras él da un paso atrás y se pasa las manos por el rostro, respirando agitadamente.
Sintiéndome culpable, me levanto lentamente del sofá y me acerco a él. Cada paso se siente pesado, consciente de la tensión que flota.
– Lo siento…– susurro, bajando un poco la cabeza y evitando su mirada directa –. No quería distraerte.
Él permanece inclinado sobre el cuadro, respirando hondo, con el pincel todavía en la mano. No dice nada al principio.
Él finalmente se gira un poco hacía mí, y con un gesto de mezcla suavidad y firmeza, me besa en la frente. Es un beso breve, casi protector.
Editado: 14.01.2026