Era la primavera de 1985.
Una llovizna fría se deslizaba sobre el parabrisas del vehículo mientras avanzaba lentamente por el accidentado camino.
Dentro, la radio estaba encendida y de ella brotaban los acordes de la canción “Don't You Forget About Me” de Simple Minds, con su pegajoso estribillo final…la la la la la la la… de su vocalista Jim Kerr, que parecían acoplarse con el batir rítmico de los limpiaparabrisas, resonando entre el murmullo de la lluvia.
Al detenerse en un recodo de la vía y una vez apagada la radio, sus ocupantes descendieron del vehículo
La noche era oscura y fría cuando la pareja llegó en su automóvil a la casa de la tía abuela de la chica.
La casa estaba ubicada en una zona apartada, rodeada por un espeso bosque y con pocos vecinos alrededor. De hecho, casi ninguno. El camino que llevaba a ella estaba en mal estado, lleno de baches y piedras, lo que les obligó a conducir con cuidado para no dañar el auto.
La chica estaba entusiasmada de pasar unos días con su tía abuela. Esa hermana de la que su abuela hablaba algunas veces, así como de la casa en las colinas donde ambas habían tenido su infancia, hogar ancestral de esa familia por casi 300 años.
Laura llevaba meses imaginando este encuentro…
Había oído hablar de ella desde su infancia, pero su madre nunca respondía preguntas directas sobre por qué alguien tan mayor seguía allí, en un estado solitario. Nunca había tenido la oportunidad de visitarla. Ahora que se había graduado de la universidad, su novio decidió llevarla a verla como un regalo especial.
Cuando se bajaron del auto, la pareja se dio cuenta de que la casa estaba algo alejada de la carretera principal y que la única manera de llegar directamente era por un sendero corto que se internaba en el bosque.
La muchacha se emocionó aún más, como si fuera una pequeña aventura, mientras que su novio se mostraba preocupado por la lejanía del lugar y, además, por dejar su automóvil algo retirado. También por la hora de llegada.
¿Había recibido su tía abuela semanas atrás la carta de su madre anunciando su visita? Ni siquiera había teléfono; la línea había dejado de funcionar hacía años, aunque aún se veían unos viejos cables del tendido eléctrico colgando de postes muy viejos.
La casa era bastante grande, de piedra y madera, de estilo neogótico, y estaba rodeada por un jardín extenso que parecía descuidado. Un muro bajo de pesada piedra negra separaba la propiedad del bosque contiguo.
La pareja subió los escalones de piedra y se plantó frente a la pesada puerta principal, de madera oscura y herrajes antiguos.
Laura notó que estaba ligeramente abierta, lo que la preocupó de inmediato.
Robert tomó el aldabón de hierro de la puerta y lo dejó caer dos veces.
El sonido fue seco, profundo, y retumbó en el silencio de los alrededores, expandiéndose como un golpe hueco a través del jardín y hacia el bosque.
Esperaron.
Nadie respondió.
Entonces, después de aguardar un rato, decidieron entrar.
La casa, antigua, estaba envuelta en una atmósfera misteriosa. Los muebles viejos y polvorientos, las cortinas desgastadas y las paredes desconchadas hacían eco de un pasado olvidado.
El aire dentro era estancado y frío, con un hedor a moho y a maderas muertas.
El lugar, daba la impresión a primera vista, de estar deshabitado desde hacía mucho tiempo, salvo por la tenue luz eléctrica de unas bombillas sobre la vieja lámpara de techo, que apenas luchaba contra la oscuridad que se acumulaba en los rincones del salón, dejando las sombras de los muebles como fantasmas petrificados.
A pesar de ello, Laura estaba decidida a explorarla, mientras que el muchacho se mostraba reacio.
Esa casa tenía algo que no terminaba de encajar.
Y entonces un ruido anunció unos pasos pesados y lentos, pasos de alguien con bastante edad, hasta que una mujer de mediana estatura, de larga cabellera blanca, entrada en años, apareció junto a la escalera del salón principal.
—¿Tía? —musitó Laura—. Soy la hija de Gertrudis y nieta…
—Sé quién eres —dijo la anciana con voz seca y cansada—. Bienvenidos.
La cena, preparada por su tía abuela a base de una crema de apio y zanahoria en la vieja cocina, fue incómoda. Su mirada esquiva, su forma de comer, su silencio, no ayudaban a crear una conversación fluida o familiar en el ambiente lúgubre del salón-comedor.
Laura la miraba de solayo, y hablaba un poco de su vida en la ciudad para romper el hielo. Pero la anciana apenas si la miraba.
Después de comer, Laura decidió retirarse a descansar, ya que estaba realmente agotada por el viaje, mientras que su novio, para calmar cierta aprensión, y con el permiso de la anciana, se quedó viendo un rato la televisión en el salón principal, a bajo volumen.
La televisión era muy vieja, de los años 50, un armatoste, pero funcionaba medianamente bien, aunque solo mostraba imágenes en blanco y negro.
A medida que avanzaba la noche, el muchacho comenzó a sentirse inquieto. No obstante, debido al cansancio, sus párpados se comenzaron a entrecerrar, a dar cabezazos, hasta que finalmente se quedó dormido con la televisión encendida.