
Después de la extraña experiencia de la noche anterior, Robert se encontró incapaz de dormir completamente bien.
Cada vez que cerraba los ojos, la imagen de la sombra oscura en movimiento entre los árboles invadía su mente. Sin embargo, no quería preocupar a Laura con sus temores, por lo que decidió investigar por su cuenta al día siguiente.
Robert se despertó, se duchó y comenzó a desempacar parte de su valija. Una vez vestido, fue a buscar a Laura para el desayuno. La encontró fuera de la casa.
Ambos quedaron impresionados por la belleza y majestuosidad del caserón, a pesar del evidente deterioro causado por el transcurrir de tantos años. La estructura de piedra y madera se erguía frente a ellos, como si estuviera observándolos con sus ventanales oscuros.
La imponente puerta de madera maciza llamaba más la atención ahora que Laura podía apreciarla mejor; la noche anterior apenas había reparado en ella debido a la oscuridad.
Mientras la muchacha se asombraba con cada detalle de la arquitectura —como las pequeñas estatuillas de piedra con forma de ciervo astado en algunos puntos del techo, por donde desemboca el agua cuando llueve— Robert se dedicaba a caminar por el jardín, a ratos persiguiendo, cual niño, unas libélulas muy gruesas y coloridas como jamás había visto.
La tía abuela no estaba. Les había dejado una nota indicando que se había ido a la villa y regresaría por la tarde. También mencionaba que encontrarían en el viejo frigorífico alimentos como carne, mantequilla, leche, huevos y verduras frescas para comer.
Laura comentó después de leer la nota:
—Es definitivamente una persona algo extraña y solitaria.
Robert fue más allá:
—Un poco arisca, casi de pesadilla.
Laura frunció el ceño.
—No hables así. Es mi familia y fue amable al recibirnos.
Robert rió despectivamente.
—Por Dios, mira todo esto: una propiedad alejada, todo viejo, enmohecido y encima un espacio tan grande para una sola persona.
Laura replicó:
—Ella se siente bien aquí. Es su hogar. No conoce otra cosa.
—Pero está bastante entrada en años. Perdóname, Laura, pero tu tía abuela estaría mejor en un asilo.
—Eso no lo sabes. Su gente es la de los alrededores, sus recuerdos están aquí... Mi abuela, su única hermana, murió hace un par de años. Solo nos tiene a mi madre y a mí.
Robert señaló hacia la ventana.
—Y a eso.
Laura giró la cabeza y lanzó un grito de horror. Un cuervo negro, grande y feo, posado en el alfeizar del ventanal, los observaba con ojos ligeramente malévolos… o quizá curiosos. Comenzó a picotear el vidrio.
Robert dijo:
—Creo que quiere entrar.
Laura espetó:
—No. Ni hablar. No dejaré entrar a ese animal tan… molesto. No me agradan.
Robert se mostró conciliador:
—Vamos, quizá solo quiere comida. Seguro tu tía le da algo siempre. Se nota que no le teme a la gente.
Se acercó burlonamente, abrió la ventana y le ofreció un pedacito de coliflor. El cuervo lo miró fijamente y le dio un fuerte picotazo en los dedos, para luego arrebatar la coliflor y salir volando hacia un árbol cercano en el bosque.
Robert gritaba maldiciendo:
—¡Puto pájaro de mierd…! —mientras se chupaba el dedo más lastimado.
Laura rió.
—Por algo no quería que entrara. Los cuervos son traicioneros. ¿Estás bien?
—Sí —dijo Robert, examinando sus dedos
Laura, añadió:
— Voy a buscar alcohol o yodo. Quizá se infecte.
—No, deja. Estoy bien.
Pasado el incidente, se dedicaron el resto del día a desempacar y a curiosear aquí y allá. Finalmente, Robert propuso explorar el bosque. Laura aceptó encantada.
Robert miraba continuamente por encima del hombro; cada crujido del bosque lo hacía tensarse. Giraba la cabeza hacia los árboles, los arbustos, la hierba alrededor. Aún recordaba la presencia de la noche anterior.
Laura le preguntó:
—¿Qué te pasa? Pareces algo angustiado, como si buscaras algo.
Robert respondió:
—Nada… Es que los bosques me ponen un poco nervioso.
Luego de un rato, regresaron. Por el camino, justo por detrás del bosquecillo colindante con el muro de pesada piedra negra que separaba la propiedad del bosque, se toparon con algo curioso:
Una pesada piedra bautismal muy antigua, abandonada entre los arbustos.
Quizás su tía, o tal vez incluso antepasados de su familia, la dejaron allí como un escombro inútil e innecesario en el caserón. Pero llamaba la atención que existiera alguna costumbre relacionada con el sacramento católico del bautismo, que se practicase dentro de la propia casa.