
Con las luces del nuevo día, Laura se despertó. Había dormido extremadamente bien. No recordaba cuándo había tenido un sueño tan reparador como este.
Definitivamente, el campo le sentaba bien. Se vistió y fue a buscar a Robert.
Tocó su puerta. Nadie contestó.
—¡Robert!, ¿estás ahí? —lo llamó.
Volvió a tocar. «¿Será que está abajo?», pensó. Se giró para bajar pero a los pocos segundos, escuchó un ruido dentro de la habitación del joven.
—¡Robert!, ¿estás allí? ¿Por qué no me abres o contestas?
Se oyeron unos pasos. La puerta se abrió y apareció la cara demacrada y con ojeras del chico, con una palidez excesiva que resaltaba sus ojos marrones enrojecidos.
—¡Madre santa! ¿Qué te sucede? ¿Estás enfermo?
El joven la jaló hacia dentro de la habitación para que no los escuchara la tía abuela. Comenzó tartamudeando:
—Lau… Laura. Pienso que es mejor irnos. No dormí en toda la noche. Un… un perro muy grande, negro, está aquí dentro. Vive aquí.
Laura, sorprendida y con cara de incredulidad, le dijo:
—Pero, ¿de qué hablas? No he visto ningún perro. Robert, no quiero ser grosera contigo, pero ¿has vuelto a beber? ¿A fumar hierba? ¿Marihuana? Me dijiste en la Universidad que lo dejarías, que...
Robert la interrumpió con brusquedad:
—¿Que no me oyes? Te juro que hay un perro o algo así. Algo pasa en esta maldita casa. No me gusta. Anoche... —Se quedó buscando las palabras, la voz apenas un susurro.
—¿Qué pasó anoche? —inquirió Laura.
—No lo sé. Vi algo… mierda, algo como un gran animal, casi fantasmal, un espectro o algo así. Vi como una sombra enorme, era como un bulto que respiraba, con dos ojos rojos que me miraban.
Y ante la mirada de incredulidad de la chica, Robert aclaró:
—Te juro que estaba perfectamente bien. Tengo tiempo que no me intoxico con nada. Ni con café. No miento.
Laura, pacientemente, le respondió:
—Escucha, te creo si dices que no te intoxicaste con nada. Además, ahora que lo mencionas, no he visto que tuvieras alcohol o hierba en tu maleta cuando empacamos. Pero… quizás lo soñaste. Desde que llegamos has estado con temores infundados hacia mi tía, la casa o estos campos. Escucha lo que dices: un espectro, un animal fantasmal…
—Ok, si no me quieres creer, allá tú. Me marcho —dijo Robert.
—Robert, por Dios, tranquilízate. Vamos, quizás pueda que haya un perro y mi tía no me haya dicho nada. Sería muy grosero de su parte, pero bajemos a preguntarle. Incluso, no revisé bien el sótano. Quizás esté allí. Vamos. Relájate.
Robert, de mala gana, fue a lavarse la cara y a arreglarse. Después de vestirse, ambos bajaron para hablar con la tía Emma.
—¿Tía? Tía, ¿estás aquí? —llamó Laura.
El cuarto de Emma se encontraba en la planta de abajo, ya que por su avanzada edad no podía movilizarse con facilidad por las escaleras.
—Aquí estoy —dijo la anciana, justo detrás de los jóvenes. Ambos dieron un breve salto de susto.
—Hola, tía, buenos días. Disculpa la molestia, pero Robert dice que vio anoche un gran perro negro u oscuro rondando por el piso de arriba. ¿Tienes alguno en la casa sin que lo sepamos?
Emma miró a Robert con gran frialdad y luego su mirada se desvió hacia Laura.
—No tengo animales en casa. Ustedes me dijeron ayer que hurgaron todo, menos mi habitación, que la tengo con llave. ¿Fueron al sótano ayer satisfaciendo su primitivo instinto de curiosidad?
Laura dudaba al contestar:
—Bueno, realmente no hurgábamos como tal…
Robert la interrumpió con brusquedad, mirando a la anciana con cierto grado de insolencia:
—Sí lo hicimos —dijo, dejando a Laura algo perpleja.
La anciana repreguntó:
—¿Vieron los alrededores de la casa?
Laura asintió.
Emma entonces dijo:
—Bien, les mostraré mi habitación.
—Oh no, tía, por favor, con tu palabra nos basta —rogó Laura.
Pero la anciana miró a Robert:
—Pero tú sí quieres verla, ¿verdad?
Laura iba a decir algo, pero la anciana inmediatamente caminó entre ellos, pasó la llave por la cerradura y abrió la puerta:
—Anda, miren.
Sin entrar, ambos jóvenes se asomaron. Una cama con un dosel muy viejo —como todo lo que hay en la casa—, cuadros, dos mesitas de noche de madera, una lámpara antigua como de hace más de setenta años, un viejo chiffonier, una ventana al jardín y una alfombra enmohecida y descolorida.
El armario, muy grande, estaba cerrado, pero se dirigió a abrirlo.
—Oh no, tía, no es necesario —le rogó Laura.