El Guardian Del Coille: Herencia Maldita

CAPÍTULO IV: La Villa

Robert había salido de la casa rumbo al auto. No había querido presenciar una discusión familiar.

Aún estaba algo molesto con Laura por no creerle. Sin embargo, estaba muy apegado a la chica, a quien consideraba casi una novia formal. Ya se la había presentado a sus padres: señal de que iba en serio con ella.

Ambos fueron a la villa sin hablar mucho en el camino.

El pequeño poblado poseía el encanto rudo y pintoresco de las Tierras Altas del Noroeste de Escocia. Su clima, típicamente frío, húmedo y extremadamente variable, se manifestaba en inviernos ventosos, cielos bajos y una atmósfera eternamente nubosa y gris. El entorno, sin embargo, era de una belleza agreste: colinas onduladas, vastos páramos atravesados por bosques espesos y pequeñas praderas que culminaban cerca de la villa.

La vida se desarrollaba al ritmo de la tierra y la tradición. La economía dependía enteramente de la ganadería y la agricultura, actividades que, incluso en los años ochenta del siglo XX, se practicaban de forma artesanal. Era como si el pueblo estuviera detenido en el tiempo.

Pero lo más característico, y a veces más oscuro, era el temple de sus pobladores. Eran gente sencilla, de carácter reservado y franco al hablar, pero profundamente desconfiada y esquiva con los forasteros. Su temperamento taciturno les permitía comunicarse con pocas palabras, minimizando el contacto con el exterior. Era, sin duda, un sitio ideal para guardar celosamente sus tradiciones... y sus secretos.

Mientras Robert fue a la gasolinera a repostar, Laura decidió ir a la única tienda de abarrotes del pueblo. Luego de comprar lo que le pidió su tía abuela, agregó manzanas, peras, galletas y hasta una tarta de limón. Después fue al pub contiguo, de nombre The Bleeding Hole (El Agujero Sangrante), porque allí vendían buenos licores, según le habían indicado en la tienda.

—Un nombre algo raro para un pub —pensó.

Al entrar, Connor, el propietario —un hombre regordete de mediana edad, más bien sesentón, y de mejillas rojizas— la saludó formalmente.

—¿Qué tal? ¿Puedo ayudarla?

—Sí. Busco un buen licor dulce, de aquí de la campiña —respondió Laura.

Connor le trajo varios y añadió:

—Este es un Whipkull. Es magnífico con bizcochos y en el desayuno. ¿Viene desde Glasgow o Londres?

—Manchester. Vine a visitar a mi tía Emma.

Al oír el nombre, Connor y otros dos hombres del bar levantaron las cejas.

—¿Eres pariente de Emma Finnegan? —preguntó Connor.

—Sí. Su sobrina nieta.

—Ah, entonces eres nieta de Joanna. ¿Cómo está? La conocí de niño, aunque ella era mucho mayor que yo.

—Murió hace un par de años.

—Oh, lo lamento —dijo el hombre—. Mi padre, ya fallecido, decía que ambas hermanas eran muy hermosas de jóvenes. Tengo un vago recuerdo de ella. Feo asunto ese el de su padre, tu bisabuelo.

Laura inquirió:

—¿A qué asunto se refiere?

—¿Nunca te lo contaron?

—De saberlo no se lo preguntaría.

Connor dudó.

—Pues… realmente es una vieja historia, como todas las de pueblo. Mejor ni me hagas caso.

Laura sonrió, pero quedó intrigada.

Al salir del pub con su botella de Whipkull y las bolsas de víveres, se quedó en la puerta buscando a Robert con la mirada, sin entender por qué tardaba tanto. Un hombre joven —pero mayor que Laura— que estaba dentro del pub, con aspecto de granjero aunque bastante desaliñado, salió a fumarse un cigarrillo. La vio y le sonrió.

—Al viejo Connor no le gusta mucho hablar de cosas pasadas. Dice que trae mala suerte. Escuché que eres familia de la vieja Emma.

Laura se enfadó:

—Señor, mi tía no es la vieja Emma, y no lo conozco a usted para esa confianza grosera.

El hombre, algo flemático, se disculpó:

—No quería ofenderla. Así es como normalmente la conocemos aquí, pero es cierto: merece respeto como toda la gente de su edad. Aquí vive gente muy longeva. La vida en el campo es dura, pero saludable. Me disculpo nuevamente. Sin embargo, aunque no me lo haya pedido, le aconsejaría que no estuviera mucho tiempo allí. Aquí en el pueblo pasan cosas raras, ¿sabe?, y más en esa casa. Esos irlandeses, al venir acá, se traen hasta sus propios fantasmas y mala suerte encima.

Al escucharlo, Laura preguntó enseguida:

—¿Podría decirme a qué se refiere exactamente esa historia?

El hombre, luego de una bocanada y expulsar el humo, dijo:

—Pues no conozco muy bien los detalles. Mi padre me la refirió alguna vez. Pero lo cierto es que cada 16 de abril, y por una semana —a veces más—, se dice que una especie de animal, una presencia con la forma de un perro oscuro y corpulento… algunos creen que era un antiguo can que perteneció a los Finnegan. Se le ve rondar esa casa y los páramos. Y acosa a todo aquel que se acerque al caserón o quiera sacar a cualquier familiar de allí.



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En el texto hay: thriller gotico

Editado: 01.02.2026

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