El Guardian Del Coille: Herencia Maldita

CAPÍTULO V: Las Sombras se Alzan

Durante la cena, Laura esperaba el momento propicio para hablar con su tía abuela sobre las habladurías en el pueblo. Estaba intrigada por el hecho de que Robert hubiera visto algo tan inusual la noche anterior, relacionado con un animal macabro.

Terminada la cena, Emma le agradeció mucho a Laura por la tarta de limón. Y, a pesar de su natural parquedad, inició una conversación:

—¿Conoces el lema familiar, Laura? Está allí arriba, al lado de esa cabeza de venado disecada.

Laura lo leyó:

—(Ní éagann an rud atá ceangailte) No entiendo ese dialecto. ¿Es gaélico?

—Gaélico irlandés —replicó Emma—. Somos oriundos de esa otra isla.

—¿Y qué significa?

—“Lo que está apegado jamás muere”.

—¿De dónde es originaria nuestra familia en Irlanda, tía?

—Del condado de Louth, en el norte.

—¿Has ido allí alguna vez?

—No. Ni siquiera conozco a los parientes que pudieran haber allí. Un sitio pintoresco, me han dicho. Similar a este. Hasta tienen un castillo, el Castillo de Carlingford.

—¿Cómo era el bisabuelo Patrick, tía?

El rostro de Emma se ensombreció un poco, tensando levemente los labios.

—Un hombre corpulento. Alto para los estándares de la época, muy pelirrojo, con barba. Un buen hombre, aunque estricto. Muy católico. Amaba la naturaleza. Amaba a su familia por sobre todas las cosas… Así lo fue conmigo y con Joanna, con nuestra madre también.

—¿Y la bisabuela?

—Una mujer respetable. Temerosa de Dios, como debe ser en cualquier familia decente. Madre abnegada. No vivió mucho. Yo tenía doce años, y Joanna unos nueve, cuando el buen Señor se la llevó. Mi padre nunca lo superó.

—¿Es cierto que tenían un perro grande y oscuro con ustedes?

Emma abrió los ojos, evidentemente enfadada.

—¿Quién ha sido? ¿Te han estado contando cosas de espectros y asesinatos esos idiotas de la villa? Seguro fue Connor, en ese antro llamado Pub no sé qué. Tiene el mismo defecto de hablar tonterías, igual que lo tenía su padre —dijo la anciana, irritada.

Robert intervino:

—Perdone, señora Finnegan, pero es que las dos noches anteriores yo creí…

—¿Creíste qué? ¿Ver algo anormal? Cuando los de la ciudad venís aquí, solo vienen buscando emoción y con sentido burlesco hacia la gente como nosotros, del campo. Nos creen estúpidos, llenos de superstición, ignorantes.

—No he querido faltarle el respeto. Pero sí ví... sentí algo muy extraño —respondió Robert algo ofuscado por las palabras duras de Emma.

La anciana lo miró con desdén.

Laura intervino:

—¿Pero es cierto que hace unos veinte años dos hombres venían hacia aquí a robar la casa?

—Estupideces. Esos dos bribones aparecieron muertos a media milla de aquí y dijeron que venían a robarme. Seguro estaban ebrios y se acuchillaron entre ellos. Y vino todo un cuento de manadas de lobos y hasta de un animal como un oso.

—Me dijeron que había sido aparentemente un perro. Uno enorme —respondió Laura.

Emma respingó la nariz:

—Bah. Idioteces de pueblo.

Tratando de aliviar la atmósfera tensa, Laura propuso:

—Esos trastos de atrás, fuera de la cocina, se ven pesados. ¿Deseas que Robert y yo los movamos a algún sitio?

—Son cajas con cubertería vieja. Y unos libros en muy mal estado que voy a quemar. La cubertería sí, me gustaría que la pongan en el sótano, debajo de la escalera.

—Hecho —dijo Laura, mirando a Robert buscando su aprobación.

Después de la cena, ambos jóvenes recogieron las pesadas cajas con cubiertos viejos y las llevaron al sótano.

Una bombilla antigua apenas iluminaba el lugar.

—Odio bajar aquí —murmuró Robert—. No me gustaría quedarme encerrado en este sitio. Huele espantoso. Apesta a podrido.

—Ha de ser la madera vieja —dijo Laura—. Abramos las cajas.

Al hacerlo, encontraron cantidad de cubiertos de plata, ennegrecidos y muy antiguos.

—Vaya —dijo Laura—. Si estuvieran bien lavados con ácido o limón serían hermosos.

—¿Sabías que en Londres pagan muy bien la onza de plata antigua? —comentó Robert.

—Dudo que mi tía los quiera vender.

—No lo digo por eso. Sino cuando lo hereden.

Una mirada fulminante de Laura le borró la sonrisa.

—Lo siento —dijo el joven.

—Está bien —respondió ella sin mirarlo, ocupada guardando todo otra vez.

Entonces levantó la vista y vio un cajón de madera muy viejo, más exactamente como una caja de herramientas antigua. En la tapa superior estaba tallado el nombre “Seth”.



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En el texto hay: thriller gotico

Editado: 01.02.2026

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