El Guardian Del Coille: Herencia Maldita

CAPÍTULO VI: MEMORIAS

Luego de ducharse, Laura se acostó para intentar dormir. Sin embargo, mirando al techo, comenzó a pensar en su madre y en su abuela Joanna

Recordaba alguna vez de niña cuando su abuela le trajo una muñeca enorme por su décimo cumpleaños.

—Gracias Abue. Pero ya soy una niña grande para jugar con muñecas —le dijo.

Su abuela, divertida y tomándola por las orejas, frotó su nariz contra la de ella y le respondió:

—No para mí, mi dulce niña. —Y le dio un beso en la frente.

Realmente, consideraba a su abuela única por su actitud divertida y desenfadada ante los eventos de la vida, que a veces hasta escandalizaba a su madre. Sin embargo, también reflexionaba que no pudo conocer a su abuelo.

Su madre le contó que él se había ido con otra mujer, abandonándolas y devastando a su abuela. Aunque con el tiempo lograron hacer las paces y él continuó enviándoles dinero, Gertrudis, su madre, jamás lo perdonó. El irse de casa para formar otro hogar, otra familia, fue una sensación demasiado fuerte de superar. Su madre no se lo perdonó ni siquiera el día en que él murió en el hospital, a consecuencia de una fuerte neumonía.

Gertrudis tampoco había querido tener contacto con los hijos de su abuelo con su otra mujer, cosa que a su abuela le parecía una gran tontería. Laura, en cambio, admitía que su relación con su propio padre, a pesar del divorcio causado por su trabajo por el cual siempre estuvo distante de su madre, era buena. Él la telefoneaba de vez en cuando, aunque siempre andaba escaso de tiempo para visitarla como a Laura le hubiera gustado.

Estuvo, sin embargo, en su graduación. Y vio las lágrimas en sus ojos por tener una hija graduada con honores en la Universidad. Una licenciada en psicopedagogía, aunque la verdad sea dicha, ella estaba segura que su padre no comprendía bien su profesión.

Cuando su padre conoció a Robert, se agradaron de inmediato. Lo mismo su madre. Apreciaban al muchacho.

Laura lo conoció en una fiesta universitaria. Ese joven sonriente y moreno, con rasgos del sur de Europa, sicilianos, pero nacido y criado en Manchester.

Robert, era un año mayor que Laura y graduado en Ingeniería Mecánica. Compartía con su padre la pasión por los vehículos y la Fórmula 1, aunque apoyaran a escuderías distintas. Robert apoyaba a la Williams, mientras su padre, más tradicional, a la McLaren.

Laura repasaba todo esto mentalmente, y entonces se le vino a la mente su Tía Emma, un ser distante y solitario.

Aunque su abuela la mencionaba, su madre muy poco, y rara vez respondían preguntas directas sobre la casa en los páramos escoceses, ni sobre la infancia de su abuela.

Según algunos ensayos que había leído Laura alguna vez en su clase de Psicología Cognitiva y Aprendizaje, había una tendencia de la gente aislada y solitaria, especialmente ancianos, a volverse algo malvada por la desconexión con el mundo real, que los hacía huraños. Sin embargo, su tía no estaba totalmente desamparada, visto que aún tenía relación con gente de la villa. El hecho de que ella, con Robert, estuviera visitándola, corroboraba que aún mantenían lazos familiares, aunque distantes y, en apariencia, fríos.

De hecho, su tía abuela, al menos no era presa de supercherías como tanta gente de su edad en el campo. Como sí lo eran, según podía ver, muchos en la villa. Ese asunto del espectro, del perro sobrenatural, lo comprobaba.

Pero, entonces, ¿cómo Robert decía que lo había visto? Pensaba que Robert podía haber sido víctima de alguna alucinación autoinducida, por estar en este nuevo ambiente, algo sombrío y melancólico, de los páramos y bosques escoceses, así como al alojarse en un caserón tan antiguo. Tantas sombras que se ven cayendo al anochecer que se confunden con otra cosa en estos lugares tan distantes y solitarios.

Sin embargo, Robert, así como ella, no sabían nada sobre ese cuento del can fantasmal, o de asesinatos, muertes misteriosas de animales en las granjas vecinas, antes de venir a la villa. ¿Era solo una coincidencia? Esto le intrigaba ya que no encajaba en el rompecabezas de su mente.

Pensando de esta manera, volvió a conectarse con su pasado y, curiosamente, recordó la actitud de pavor de su abuela hacia los perros, al menos hacia los perros grandes.

Un día que jugaba en el jardín de su vecino, con sus hijos, Paul y su hermana Claire, vio venir a su abuela cargada con unos paquetes que traía del centro comercial.

Ese día, los niños vecinos incorporaron al juego a su mascota, un pastor alemán ya adulto llamado Max, que daba carreras a todos lados a donde se movían los niños.

Eso desató el pánico de su abuela, que los observó apenas llegar a la puerta.

—¡Laura, ven aquí de inmediato, por favor! —le gritó de una forma que, sino hubiese sido enérgica, parecía más bien una súplica.

Al principio, Laura, prestó poca atención, concentrada en los detalles del divertido juego. Pero su abuela fue mucho más contundente:

—¡Laura, ven aquí de inmediato y entra a la casa, ¿me oyes?!

Laura dejó a sus vecinos con desagrado. Al llegar donde su abuela, esta le dijo:



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En el texto hay: thriller gotico

Editado: 01.02.2026

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