La mañana del día siguiente, una vez que ambos jóvenes se despertaron y se asearon, bajaron a desayunar. Laura quería caminar por el bosque, en dirección al lago, por el extremo opuesto a la villa. Robert, tenía sus aprehensiones y temores a la idea, pero finalmente no se opuso.
Fueron a la cocina para prepararse algo. La tía abuela aparentemente había salido, ya que Laura vio la puerta de su cuarto entreabierta y, al acercarse, notó que no había nadie dentro. La buscó por la casa y luego por los alrededores del jardín. Nada. No se veía por ninguna parte.
Laura se preguntó a dónde podría haber ido una persona de su edad con dificultades para caminar. ¿Al bosque? Tal vez se había ido con el anciano del otro día, el del camión ovejero. Ni siquiera había una nota explicando su ausencia. Finalmente, escucharon unos sonidos que venían del sótano. Laura se acercó justo cuando su tía, con mucha dificultad, subía por los escalones. Sus miradas se encontraron.
Emma se adelantó a lo que Laura pensaba decirle:
—Buscaba las viejas tijeras de podar. Hay muchos brotes indeseados en las plantas del jardín. No debí dejarlas aquí abajo. Me cuesta subir y bajar estos viejos escalones, pero aún estoy activa. Vamos, preparemos el desayuno.
Después de desayunar, Laura quiso saber si podía ayudar en algo más, pero Emma le indicó que estaba bien, que rezaría sus oraciones cotidianas en su cuarto y luego iría a la mecedora del salón a leer un libro. Les advirtió que no se alejaran mucho de la casa. Laura, a pesar de todo, optó por no decirle que atravesarían el bosque entero hasta el lago. No quería preocuparla demasiado. A la vez, quería disfrutar su aventura por los alrededores.
Entonces ambos jóvenes se dirigieron al bosque, con la intención de llegar al lago.
Caminaron un buen trecho entre los frondosos y penumbrosos árboles. Vieron algunas ardillas y pájaros a lo largo del camino. También liebres y algún que otro zorro, que corrían velozmente cuando la pareja se aproximaba a ellos en su recorrido.
La caminata llevaba rato. A medida que el bosque comenzaba a despejarse en dirección al lago, notaron, a un lado, un viejo torreón derruido, muy antiguo, probablemente de más de mil años.
Se acercaron. La piedra era negra, o quizá ennegrecida por el tiempo, con raíces, musgo y líquenes verdosos por doquier, y hiedra que ascendía por la estructura hasta lo alto. No tenía techo; este, al parecer, se había derrumbado con los años. Ya hace mucho.
Laura preguntó a Robert:
—¿Cuántos años crees que tiene esta estructura en el bosque?
Robert la miró y se encogió de hombros:
—No lo sé. Probablemente sea romana.
Laura replicó:
—No creo que sea tan vieja. No tiene estilo romano. No sé si los romanos llegaron a esta parte de Escocia. Se dice que los antiguos pictos, el pueblo original escocés, eran muy bravíos y opusieron mucha resistencia. Creo que es más bien medieval, de los siglos IX, X u XI.
Robert dijo:
—Pues a quién le importa. Sigamos hacia el lago. Era tu plan, ¿no?
Ambos jóvenes prosiguieron su camino. A los diez minutos, comenzaron a aproximarse al lago.
Al llegar a la orilla, vieron su salvaje esplendor. Laura quedó extasiada ante la belleza de las aguas turbias, oscuras, algo verdosas, que contrastaban con el entorno amarronado o amarillo tierra de su ribera.
De fondo, las Highlands oeste como marco. Un magnífico espectáculo. No obstante, algunos truenos sonaban cercanos, y el abultamiento de nimbos grisáceos, indicaba una posible tormenta que se acercaba a la zona.
De repente, Robert comenzó a sentirse algo mal. Sus intestinos comenzaron a jugarle una mala pasada, con los espasmos molestos muy propios de alguien que siente la necesidad de localizar un sanitario prontamente. Laura notó la cara contraída del joven y le preguntó:
—¿Y esa cara? ¿Qué te pasa?
Robert, aun intentando salvar su orgullo, solo dijo:
—Nada.
Pero al rato, la necesidad ya le era imperiosa.
—Laura, el desayuno creo que estaba algo pesado. Mucha grasa de cerdo.
Laura, entre divertida y nerviosa:
—¡Oh, Dios mío! ¿Justo aquí?
Robert no respondió. Solo miraba los alrededores.
Laura le aclaró:
—No creo que haya algún baño en cuatro kilómetros a la redonda. Y estamos algo retirados de la casa de mi tía. Quizás el torreón de allí atrás...
Robert ya tenía una cara muy pálida.
—Estoy avergonzado, pero no creo que llegue allí. —seguía buscando en los alrededores un lugar... cómodo y oculto.
Laura le dijo a Robert:
—No seas tonto. Es algo natural, fisiológico. Hazlo en cualquier lado. Me retiraré un poco.
Robert comenzó a caminar, tambaleándose. Solo atinó a decir:
—Por favor, ¿podrías regresar al torreón y dejarme aquí solo un rato? Digo, no hay arbustos muy altos por esta ribera.