El Guardian Del Coille: Herencia Maldita

CAPÍTULO X: El Aullido en la Noche

El aullido ensordecedor rompió el silencio de la noche. Era un sonido desgarrador, como si proviniera de un ser atormentado y desesperado. Los jóvenes, cada uno en su habitación, se despertaron sobresaltados, incapaces de identificar de dónde venía el sonido o qué lo estaba causando.

El sonido —¿humano?, ¿animal?— parecía ser el lamento de una criatura que intentaba comunicar algo a quienes pudieran escucharla. Laura se levantó de su cama, asustada. Se quedó inmóvil frente a la ventana de su cuarto, observando furtivamente la oscuridad de la noche, temerosa de que aquel sonido fuera el preludio de algo terrible que estaba por venir. Era como una premonición.

Intentaba que su mente racional, instruida en psicología, no se dejara abrumar por el pánico.

Fue en vano. El aullido parecía cada vez más cerca, lo que hizo que los jóvenes, cada uno por separado, sintieran una creciente sensación de miedo y preocupación.
¿Qué estaba sucediendo afuera, en la oscuridad de la noche?
¿Era una criatura salvaje o algo aún más oscuro y siniestro?

De repente, Laura escuchó que tocaban la puerta de su cuarto. Abrió con precaución. Robert entró de inmediato.

—¿Has escuchado? —le preguntó—. ¿Te das cuenta de que no han sido alucinaciones mías todo lo que ha pasado estos días? Ya llevo tiempo sin dormir bien. Nos iremos hoy en la mañana. Esto es… espeluznante, Laura.

Laura aún intentaba encontrar una explicación racional:

—Quizás el perro de alguna granja vecina, o incluso el viento…

—Sabes bien que el viento no hace eso. No busques falsas explicaciones.

—¿Y cuál es la tuya? ¿Algo sobrenatural? —preguntó Laura, nerviosa.

Robert hizo un ademán de marcharse, pero Laura lo detuvo.

—Por favor, disculpa. Quédate conmigo. También estoy asustada. Ese… aullido, o lamento, o lo que sea, no es normal. ¿La tía estará despierta? Debe estarlo. Se ha debido escuchar en toda la casa.

Pasaron una mala noche dentro de la habitación, sin conciliar bien el sueño. A la mañana siguiente, domingo, Laura decidió que se vistieran para ir al servicio religioso y llevar a su tía abuela. Luego, por la tarde, hablarían de dejar la villa esa misma noche o al día siguiente.

El día amaneció feo: nublado, con frío, humedad y viento. Muy típico del mes de abril. Al menos no llovía. Laura, ataviada con ropa de domingo, de misa, se acercó al cuarto de su tía y la llamó:

—¿Tía? ¿Estás ahí?

Tocó ligeramente la puerta.

Al rato escuchó unos pasos lentos. Emma abrió la puerta. Se la veía cansada, con los ojos rojos, como si hubiese llorado.

—¿Tía? ¿Estás bien? Queremos llevarte a la misa. Podemos desayunar en algún sitio en la villa.

Emma contestó:

—No me siento bien hoy, Laura. Las piernas las tengo algo cansadas y mis caderas crujen. Cuestión de edad. Vayan ustedes. Jim, mi vecino, debe venir en camino a buscarme. Si lo ven, díganle que he decidido descansar hoy.

—¿Fue por el aullido de anoche? —preguntó Laura—. Sonó muy fuerte, de seguro lo escuchaste.

Emma respondió:

—No, tengo el sueño pesado. Habrá sido algún labrador de un vecino, en alguna granja lejana, o el viento, que cuando silba por estos bosques y páramos parece un lamento fúnebre. No le prestes atención.

—¿Cómo sabe Jim cuándo venir aquí? No hay teléfono.

—Jim viene cada cuatro o cinco días a ver si estoy bien. Todos los de esta zona nos cuidamos entre nosotros, mucho más los que estamos a esta edad. A veces viene también el padre Joseph y el capitán Fergunson, de la policía del condado. Todos son solidarios. Ve con tu novio a la iglesia. Así se le pasan los nervios de estar aquí.

—Está bien. Luego te prepararé un té para dormir y una buena crema de espárragos. Nos veremos pronto. Descansa —dijo Laura.

Por el camino, Laura le dijo a Robert:

—No me atrevo a dejarla en ese estado. No se ve bien.

Robert respondió:

—¿Y acaso podrías cuidarla cuando nos vayamos? No. Da igual cómo esté. No se quiere ir de ese caserón escalofriante. Da igual.

Laura seguía pensativa. Robert, al intentar arrancar el automóvil varias veces, descubrió que no encendía.

—Esto es raro. El tablero indica que la batería tiene carga y recién reposté gasolina. El tanque está lleno. No lo entiendo.

Robert abrió el capó y empezó a inspeccionar las piezas internas del vehículo, tocando aquí y allá e intentando arrancarlo varias veces.

Al poco rato se escuchó el sonido de un viejo camión. Jim, vecino de Emma, venía por la carretera.

Se estacionó justo al lado del automóvil de los muchachos y se bajó del camión. ¡Cuán grande era! Venía ataviado con ropa de domingo, algo anticuada, y su inseparable hanna hat, o sombrero plano de campo.

—Hola, buenos días, chicos —dijo—. ¿Eres Laura, la sobrina de Emma? Soy James McPherson, pero todo el mundo me conoce como Jim, o el Viejo Jim. ¿Tu tía está en casa? ¿Va a ir al servicio religioso hoy?



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En el texto hay: thriller gotico

Editado: 01.02.2026

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