
Por el camino, Laura seguía preocupada por los eventos recientes y por el estado de salud de su tía abuela. A pesar de ello, no dejaba de admirar la belleza de los campos: el verdor intenso, las pequeñas granjas desperdigadas entre las colinas y los bosquecillos intermedios. Los rebaños de cabras, ovejas, caballos y vacas le daban un toque pintoresco al paisaje.
El aire fresco y puro del campo le resultaba agradable, aunque comenzó a molestarle cierto humo. Provenía de la pipa del Viejo Jim. Al percatarse, este dejó de fumar.
—No se preocupe por mí —dijo Laura.
Jim guardó la pipa en la guantera y, al hacerlo, Laura pudo notar al menos tres grandes dentelladas —o mordidas— ya cicatrizadas, en el robusto antebrazo del anciano que lo llevaba arremangado. No volvió a fumar por el resto del camino.
—Es muy hermoso todo en derredor. Las montañas, los paramos—dijo Laura.
—También el Coille. Así decimos a el Bosque, en escocés—. añadió él.
—¿Está usted casado, señor McPherson? —preguntó ella.
—Lo estuve —respondió Jim—. Mi esposa, Helen, falleció hace ocho años. Cáncer de colon.
—Oh… lo lamento.
—Era una buena mujer —continuó—. Tuvimos tres hijos. Dos viven en Londres. El otro, en el condado vecino; viene a visitarme con frecuencia. Los otros, más esporádicamente. Es lejos. Estuve una vez en Londres: un infierno. No me gustó nada. Ni la comida, ni los acentos, ni el tráfico. Nada como la vida de la campiña escocesa. Aquí están nuestras raíces, nuestras costumbres, nuestro legado. Estamos atados a esta tierra. Ahora tengo nueve nietos y pronto una bisnieta.
—Eso es realmente estupendo. ¿Desde cuándo conoce a mi tía abuela?
—Desde el colegio. También conocí a Joanna. Lamento su fallecimiento. Había una pequeña escuela que funcionaba en un saloncito del ayuntamiento. Solo dos maestros: el señor Talkbok, un inglés muy señorial, y la maestra Finnegan.
Al escuchar el apellido, Laura giró el rostro hacia Jim.
—Sí, prima hermana del señor Finnegan, tu bisabuelo. Murió sin descendencia y antes que él. Era estricta dando clases. De historia y gramática, creo. Talkbok enseñaba matemáticas. Oh, sí… matemáticas. Me costaron un mundo.
—¿Conoció a mi bisabuelo?
—Por supuesto. El señor Patrick. Un hombre muy católico, al estilo irlandés, aunque ya era quinta o sexta generación escocesa, según entiendo. Pelirrojo, amable y tranquilo… salvo cuando lo hacían enfadar. Ahí sí tenía un carácter terrible. Me zurró una vez por asaltar sus zarzales para robar moras. Otros chicos del campo también lo hacían, hasta que ese perro grande y oscuro que crió comenzó a vigilar la propiedad. Nos daba miedo. Era un mastiff imponente, como jamás he vuelto a ver. Fiero y de una potencia muscular extraordinaria.
Al oír esto, Laura, mintió para indagar más:
—Sí, mi tía me dijo que era la mascota familiar.
—¿Mascota? —repitió Jim—. Era de todo menos mascota. El Señor Patrick lo tenía como guardián y salía de cacería con él.
—¿Y qué le pasó al animal?
Jim entrecerró los ojos, como recordando, y explicó que aquel perro había pertenecido a la familia durante varios años. Era de una raza rara y valiosa, un mastín mezclado con otra raza fuerte y agresiva, probablemente mastín tibetano. Había sido criado cuidadosamente por Patrick Finnegan.
Le habló de las historias de caza, de los bosques cercanos y de cómo el animal había sido su compañero hasta la muerte.
Llegaron a la villa. Al doblar hacia la iglesia para estacionar, notaron un arremolinamiento de gente.
En el centro de la pequeña muchedumbre yacía el objeto de la agitación: una cabra grande, con el cuello abierto y desgarrado.
—¡Esto es obra del demonio! —exclamaba enfurecido un hombre—. Era mi mejor carnero, un semental para preñar a mis cabras. He perdido una fortuna. ¿Ahora qué haré? Si alguno de ustedes no hubiese dejado irresponsablemente suelto a alguno de sus pastores, esto no habría pasado. Si veo un perro rondando mi granja, lo denuncio o… le disparo.
—Te aseguro que no ha sido ninguno de los nuestros, Ewan —respondió otro—. Nadie deja perros pastores o labradores sin vigilancia por la noche.
—¿Y quién dice que fue un perro? —intervino un tercero—. Miren el diámetro de la mordida. Parece de un lobo grande… o quizá de un mastín enorme.
—¿Lobos? Tonterías. No existen en Escocia desde hace siglos —replicó otro.
—Siempre ocurre algo así por estas fechas, y la policía nunca hace nada —dijo una mujer.
—Es brujería, seguro. De esa casa Finnegan… —añadió otra, que se calló de inmediato al reparar en Laura y el Viejo Jim.
—Es un placer verla nuevamente, señorita —saludó Connor, el propietario del pub—. ¿Su tía no viene hoy al servicio?
—No se siente muy bien.
Jim preguntó entonces:
—¿Qué ha sucedido?
—Pues lo que ves —respondió un hombre barbudo, entrado en canas—. Otro ataque. Lo mismo de cada año.