El Guardian Del Coille: Herencia Maldita

CAPÍTULO XIII: Los Susurros del Bosque

Robert continuaba chequeando su sedán Vauxhall, buscando el porqué no encendía. Quizás el viejo tuviese razón. Algún cable o contacto afectado por la humedad y el polvo de la zona.

Maldecía por habérsele ocurrido traer a Laura a visitar a su tía abuela, como un regalo luego de su graduación. Pensaba que sería divertido venir a los páramos escoceses, famosos por su verdor y gran belleza. Que todo sería apacible: un reencuentro familiar, unas pintas en el pub local, vacas, caballos, comida campestre y nada más.

Pero estaba allí, con cierta fatiga por las noches de sueño interrumpido, con su auto varado en la carretera.

Al menos era cierto que no robaban por la zona. Dejar su auto así, alejado de la casa, hubiese sido impensable en Manchester, Londres o Glasgow. De seguro habría sido robado o vandalizado por alguna banda juvenil.

Había transcurrido ya bastante tiempo y seguramente Laura ya estaría de regreso con el Viejo Jim por la carretera.

Un viento frío que venía desde los páramos y colinas cercanas soplaba, agitando las ramas y hojas de los árboles que, al estremecerse, emitían un sonido similar a cientos de murmullos, mezclándose con los silbidos causados por la tosca brisa del norte. Era como si los árboles de pronto hablaran entre ellos y el bosque tuviese un lenguaje propio, incomprensible para aquellos que lo escucharan. Quizás susurros de advertencia.

Robert sentía algo de escalofríos escuchando esos sonidos, pero decidió ignorarlos y proseguir en su ardua tarea de revisión mecánica. Pensaba que un ingeniero como él debía resolver pronto el problema en su propio auto.

Estaba concentrado ajustando el filtro de gasolina que había sacado previamente para revisarlo, cuando lo sintió: una presencia. Algo lo observaba desde los árboles. La sensación ya le era familiar y otra vez los vellos de su cuerpo se erizaban.

Aún albergaba la posibilidad que lo sucedido las otras noches fuera una sugestión de su propia mente ante cosas desconocidas en ese lugar. Y que probablemente, lo había imaginado.

Estuvo un buen rato mirando alrededor, pero no vio nada.

Nervioso, decidió volver a probar encender el auto, cuando algo corrió a gran velocidad entre los árboles. Esta vez no se lo pensó dos veces. Corrió a encerrarse dentro del auto, tocando la corneta repetidas veces para que lo que fuera se alejase. Entonces, por reflejo, giró la llave y el auto encendió de inmediato.

Aliviado, decidió salir cautelosamente para cerrar el capó y recoger las herramientas que había utilizado, devolviéndolas a la cajuela trasera.

Al hacer esto último, cerrando la cajuela, se giró y vio al animal de nuevo. Esta vez el perro lo miraba con la furia de sus ojos rojizos, abriendo sus poderosas mandíbulas y mostrando los terroríficos colmillos. Estaban a unos veinte pasos el uno del otro.

Robert, con lentitud, se acercó a la puerta del conductor, cuando de pronto el perro se avalanzó. Corrió y cerró rápido la puerta, pero el animal arrancó de cuajo el retrovisor lateral del conductor.

Entonces se fue en retroceso a gran velocidad y, girando su auto bruscamente, emprendió una carrera hacia la villa, dando serios trompicones por la carretera de tierra mezclada, en partes, con un mal pavimento.

Sudaba copiosamente, examinando desde el espejo retrovisor del frente y el del lateral sobrante si la criatura aún estaba detrás de él.

A lo lejos, desde el muro de piedra negra que separaba la propiedad del bosque, la anciana Emma observaba.

—Definitivamente, no le agradas —dijo para sí de una manera casi silenciosa.

Robert continuaba por el camino jadeando, esquivando a cada momento baches pronunciados. No era religioso, pero pensó que era un buen momento para rezar. ¿Pero qué oración se sabía bien?

No respiraba. Cada músculo dolía, pero algo peor lo perseguía: la certeza de que no había visto lo último del bosque.

Laura venía no muy lejos en sentido contrario con el Viejo Jim en su camión. Conversaban en tono apacible.

—Me han gustado los cantos. Y el sermón del Padre Joseph. No se veía mucha gente en la iglesia —dijo Laura.

Jim respondió:

—La mayoría en la villa, como en toda Escocia, son presbiterianos. Los católicos no son tantos por estos lados. Yo soy presbiteriano, pero no tengo reparos en asistir a una misa católica.

—Siempre acompaño a tu tía abuela—continuó sin apartar la vista del camino.

—¿Y la otra iglesia? ¿La presbiteriana? —preguntó Laura.

—Está a la entrada de la villa. Creo que la viste cuando bordeamos la plaza. Su pastor es William Gordon —explicó Jim.

Entonces Jim señaló hacia adelante:

—¿No es ese el auto de tu novio? Parece que lo arregló. Y viene a gran velocidad. Dañará el tren delantero si sigue conduciendo así por esta vía.

Laura agitó su mano por la ventanilla del camión, mientras Jim cambiaba luces y hacía sonar la corneta para que se detuviera.

Robert, al percatarse del camión, miró hacia atrás y, al no ver nada detrás de él, se detuvo junto al camión de Jim McPherson. Seguía jadeando y le entraron ganas de llorar muy fuertes. Era la presión de los nervios, la adrenalina. Se aguantó. No quería que Laura lo viera así. Logró contenerse, y con ira y agitación se bajó del auto. Laura ya lo había hecho del camión.



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En el texto hay: thriller gotico

Editado: 01.02.2026

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