El Guardian Del Coille: Herencia Maldita

CAPÍTULO XIV: El Secreto de los Finnegan

Al entrar en la casa, se encontró en el salón a su tía Emma, en su vieja mecedora junto a la chimenea.

Meciéndose lentamente y tarareando una canción. Como de cuna.

En sus brazos tenía un cajón. Laura se dio cuenta de que era la vieja caja de herramientas del sótano, donde estaba tallado el nombre Seth. ¿Había bajado su tía abuela en ese estado de salud y a su edad sola por esos escalones al sótano? De solo pensarlo, un escalofrío invadió a Laura.

Aún así, se repuso del estado emocional por la partida repentina de Robert a Manchester, ya que su objetivo era una conversación directa y sincera con ella.

Y aunque no quería alterarla, sabia que, si debía discutir lo haría. Necesitaba respuestas.

Inició la conversación en tono amistoso:

—¿Cómo te has sentido hoy, tía?

Pero Emma no respondió.

—El Padre Joseph preguntó por ti, después del servicio. Me encantaron los cánticos de la liturgia. El Viejo Jim es un hombre muy amable y se ve que te aprecia mucho. A la familia. Recuerda con cariño a mi abuela Joanna.

Emma seguía sin responder, solo tarareaba esa especie de canción de cuna.

—Tía, necesito hablar contigo. Robert se fue entre molesto y asustado por cosas que ha sentido aquí. Yo también las he sentido. Y esas murmuraciones y cuentos de la gente de los alrededores respecto a esta casa. A los Finnegan. A ese espectro en forma de perro del que hablan.

Emma, inmutable, tenía la vista perdida al vacío mientras continuaba meciéndose lentamente.

—¿Tía, me oyes? Deseo hablar contigo seriamente. ¿Estás bien? ¿Me puedes hablar? ¿Me estás escuchando?

Ante la actitud indiferente y aislada de la anciana, Laura no sabía si buscar a un doctor o marcharse definitivamente. ¿Pero cómo? La villa estaba lejos.

Agotada por todo lo acontecido en el día, Laura hizo un último esfuerzo, en vano.

—Voy a prepararte algo de comer. Te lo dejaré sobre la mesa. Yo comeré en mi habitación.

Dicho y hecho, Laura preparó unas verduras para un consomé, ensalada, algo de carne y le cortó un pedazo de pastel de limón que aún quedaba en el vetusto frigorífico. También le preparó una taza de té con un poco de azúcar y limón.

Se lo dejó en la mesa del comedor. Ella, en cambio, solo tomó algo de mantequilla, una manzana, pan y queso. No tenía mucha hambre. La verdad, nada, pero se quería obligar a comer un bocado.

De camino al segundo piso le dijo a secas:

—En la mesa está servida la comida. Está aún caliente —. No esperó respuesta y subió a su habitación.

Pasando al lado de la habitación cerrada de sus bisabuelos fallecidos, escuchó un ruido dentro.

Pensó sería su imaginación, pero al ir a abrir la puerta de su cuarto, algo se recostó en la puerta de la habitación cerrada, con una respiración pesada, algo como el resoplido de un animal grande. Y entonces percibió nuevamente el olor a almizcle terroso.

Laura se paralizó. Se acercó con lentitud y miedo, y puso su oreja en la puerta. Lo que sea que había dentro dio un bufido, un chasquido feo, como sabiendo que ella estaba del otro lado. Dejó caer el plato donde llevaba su magra comida. Bajó corriendo por las escaleras.

Le gritó a su tía abuela:

—¿Hay algo en la habitación cerrada? ¿Tienes un perro o un animal allí? ¿Me mentiste todo el tiempo? ¿Te parece correcto tomarnos el pelo? ¿Por qué lo haces? ¿Por qué odias a mi madre, a mi abuela y a mí?

Al no tener respuesta, se giró para subir de nuevo, entonces la anciana le dijo:

—Él te observa desde que llegaste. Sabe quién eres. No está en un solo sitio. Está allí, está aquí, está fuera, está en los páramos. Donde sea.

Y entonces volvió a mecerse lentamente.

Laura, atónita con la respuesta, decidió que se iría en ese momento. No quería seguir allí.

Su tía abuela parecía una demente con afán revanchista contra su familia, sea lo que fuere el objeto de su rechazo hacia ellas.

Subió, se metió en su cuarto. Cerró con llave y empezó a hacer la maleta, pero entonces comenzó a sentir un cansancio terrible y se desplomó sobre la cama. Se quedó dormida con un sueño pesado, que se asemejaba más al estado de inconsciencia de un desmayo.

Pasaron varias horas. Se despertó. Pero le costaba abrir los ojos. Sus párpados se movían con lentitud, como si de una gran pereza se tratase. Los movía con bastante esfuerzo. Finalmente, logró abrirlos al completo. La habitación estaba en penumbra. Ya era de noche. ¿Cuánto tiempo había dormido? No lo sabía.

Trató de moverse, pero le costaba hacerlo.

Finalmente, logró incorporarse. Salió de su cuarto, olvidando lo que había sentido más temprano en la habitación cerrada del frente. Buscó el interruptor, pero la luz no encendía. Bajó la escalera con cuidado.

La casa estaba a oscuras. Fue con tiento al comedor. La comida que había puesto para su tía abuela seguía allí. Fría. Intacta.



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En el texto hay: thriller gotico

Editado: 01.02.2026

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