
Robert había partido hace ya unas horas desde la villa. Pero no hizo todo el recorrido de vuelta a Manchester. Se había detenido en una gasolinera, con un McDonald’s de carretera al lado. Decidió comer, pero al servirse, apenas comió la mitad de su hamburguesa.
Regresó al auto y estuvo allí sentado por un buen tiempo. Pensando. Reflexionando. Aunque trataba de darse ánimos sobre que había tomado la decisión correcta al irse, no lo asimilaba todavía. Se atormentaba.
Un camión de remolque que transportaba gas se estacionó al lado de su auto. Los dos hombres del vehículo se bajaron riendo. Uno hablaba de fútbol. Sobre el último encuentro del Manchester United. El otro solo se burlaba de la actuación del equipo frente al Chelsea.
Al pasar junto a Robert, que tenía la ventanilla abierta, uno se detuvo y le indicó:
—Oye amigo, ¿pero qué diablos te ha pasado? —dijo señalando el retrovisor arrancado del vehículo—. Parece que un motociclista se llevó por delante tu espejo.
Robert apenas si lo vio. Contestó de manera automática:
—Nada. Fue un perro…
—Ahhh —dijeron al unísono los hombres incrédulos—. ¿Un perro?—dijo uno de ellos—Pues a mí un gato le arrancó una rueda a mi camion—. Acto seguido estallaron en risas burlescas.
Los sujetos continuaron su camino al lavabo de hombres, repitiendo: —¿Has oído? Un perro, debe estar intoxicado—. seguido de unas risillas.
Miró a la noche que caía. Recordaba una vez que de niño le preguntó a su padre, al huir de una pelea en la escuela, si era un asustadizo. Su padre reflexionó un rato y luego le dijo:
“Huir a veces no está mal, siempre que sepas cuando has cerrado un ciclo para dejar un problema atrás”.
“¿Cómo sabré si lo he cerrado?”, le repreguntó Robert.
“Lo sabrás aquí”, dándole un golpecito en la frente.
Robert reflexionó sobre esas palabras un rato, mientras más camiones y autos iban y venían desde y hacia la gasolinera.