El Guardian Del Coille: Herencia Maldita

CAPÍTULO XVI: Nuestros Pecados

Laura, se encontraba en el salón con su tía abuela, viendo el fuego de la chimenea arder. Había guardado un largo silencio. Pero su curiosidad fue más fuerte.

—Entonces, todos esos ataques contra ovejas, cabras, perros, personas ¿ha sido…? —tragó saliva—. ¿el mastín familiar?”

Su tía abuela no contestó de inmediato. Luego asintió.

—Pero ¿cómo es eso posible, tía? Eso es algo sobrenatural.

—Hay muchas cosas que no comprendemos. Algunas son cuentos para asustar niños, y otras suceden en realidad ante nuestros ojos, pero nos negamos a creerlas. Al apartarnos de Dios, nos creemos más inteligentes que él, pero solo cuando vienen estas sombras oscuras nos dejan perplejos con su proceder, castigando nuestros pecados.

—Pero aún si fuera cierto lo que dices, es como si esa cosa tuviera inteligencia…

Emma la interrumpió:

—No lo llames ‘cosa’, que te está oyendo. El perro era muy inteligente. Lo es, más de lo que cabría esperar. Y a su vuelta a este plano, sea donde estuviere antes, en el cielo o el infierno, ha regresado con una malicia y una inteligencia casi demoníaca. Pero luego comprendí que solo cumple la función que nuestro padre le encomendó: proteger a la familia.

Y mirándola:

—Ya te reconoció, sabe que perteneces a la familia y probablemente ya no quiere que te vayas. Quizás por eso le desagrada Robert. Pero todavía no lo odia, sino ya lo habría matado. No lo ve como a un enemigo… aún.

Laura, esquivando la ultima parte de su comentario, preguntó:

—¿Cuándo comenzaron esos ataques y deambulares por la región? ¿Cuándo lo viste por primera vez después de…?

—¿Muerto? —culminó Emma—. Yo tenía 20 años y Joanna, 17. Nuestro padre ya había muerto. Fue ella quien lo vio por primera vez, yendo a tender la ropa de cama que habíamos lavado. Estaba parado justo donde solíamos amarrarlo. Corrió y me gritó que el mastín había vuelto. Al principio, como es obvio, no le creí y pensé que se había exaltado con otra cosa. Salí a ver, pero no había nada. Pero por la noche, escuché su aullido. Era el mismo aullido triste, desgarrador, como cuando el animal lo pusieron fuera de la casa y el perro se sintió solo, desarraigado de la familia. Era el mismo lamento.

“…Y el siguiente año, en abril, comenzaron los ataques a otros animales de granja y gente aterrada que lo había visto o a la que le había gruñido o mostrado los dientes. Incluso los persiguió hasta que se escondieron en alguna casa para no ser su presa…”

“…Vinieron habladurías, se formaron partidas de caza. Decían incluso que Patrick Finnegan, en realidad, no había matado al perro, que lo había dejado huir. Y otros decían que el perro se había perdido entre los bosques y páramos, huyendo de nuestra casa para no ser sacrificado y ahora habría vuelto…”

“…Incluso vinieron aquí para cerciorarse. Revisaron la casa. Me preguntaban por el perro, que si estaba escondido o perdido, que si sabíamos de su escondite. Yo les decía que el mastín había sido sacrificado y que algunos vecinos del Consejo se cercioraron de ello. Igual les dije que un perro no vive tanto, que de estar vivo, ya a esa altura, el perro debía ser muy viejo y débil para matar algo grande o a alguien…”

“…Entonces pensaron que mi padre lo había cruzado para obtener algún cachorro antes de sacrificarlo. Pero en fin, nunca comprobaron nada. Luego, con el tiempo, me di cuenta de que había un patrón, que este espectro guardian molestaba y perseguía a quienes en el Consejo, habían votado por sacrificarlo. Era como si supiera quiénes habían sido. Y a sus descendientes. También a los Campbell. Los dejó sin ganado, ovejas, perros, nada…”

“…Tu abuela, luego de dos o tres años después de la muerte de nuestro padre, decidió marcharse. Siempre supe que lo haría. Recibida su parte del dinero de herencia, que no era mucha por el préstamo que pagó nuestro padre, decidió irse a Glasgow a estudiar secretariado ejecutivo o algo por el estilo. Y después de un tiempo se casó con tu abuelo”.

—¿Por qué no fuiste a su boda? ¿Ella insistió en que fueras? —Pregunto Laura.

—Bah, ¿ya para qué? Al irse de la casa el vínculo entre nosotras se debilitó —Respondió la anciana.

—Pero ¿no la recibiste cuando vino a verte? Una de esas veces fue con mi madre pequeña.

Emma dio un largo resoplido.

—No deseaba verlas. No me sentía con valor.

—¿Con valor para qué?

—Para ver a alguien que decidió por sí misma su futuro.

Laura se consternó.

—Pero, ¿tú también pudiste haberte ido de aquí, tía? ¿Buscar una vida nueva, vender el caserón?

—No, Laura. En nuestra tradición, desde que vinimos de Irlanda, siempre el mayor debía quedarse para perpetuar la permanencia en la casa familiar, continuar nuestro legado…”

—Normalmente eran hombres los mayores, pero a mí me tocó como mujer hacerlo. Hermanas y hermanos, primos y otros familiares, se iban o bien a la villa o a otras partes, mientras los mayores formaban familia en esta casa. Algunos regresaban a Dundalk en Irlanda, de donde procedemos. Ya hoy, exceptuándome a mí, no queda ningún Finnegan por estos lados.



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En el texto hay: thriller gotico

Editado: 01.02.2026

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