El Guardian Del Coille: Herencia Maldita

CAPÍTULO XVIII: “LO QUE ESTÁ APEGADO JAMÁS MUERE”

Un mes después, Emma se encontraba en su vieja mecedora mientras abría un paquete que Laura y Gertrudis le habían enviado.

Había dulces, incluso una tetera nueva. También fotos y una carta de invitación. Emma exclamó:

—¡Así que los chicos se casan!, ¿eh? Harán un lindo hogar.

Entre sus dedos, tenía una funda para patas de perro.

Se levantó y subió con dificultad las escaleras hasta el segundo piso, a la habitación de sus padres. La abríó con una antigua llave y entró. Allí, sobre una vieja alfombra desteñida, deshilachada, una perra de gran tamaño, un mastín, alimentaba a varios de sus cachorros. Emma la miró embelesada.

—Hola, dulzura, ¿cómo estás hoy? —dijo—. Lamento haberte tenido encerrada tanto tiempo, pero no los podía dejar a los dos fuera simultáneamente. Ya te sacaré más tarde.

Mirando a los cachorros, tomó uno en sus brazos:

—Y tú, bonito, eres el más guapo y grande de tus hermanos. Tendrás un aspecto feroz como el de tu padre. Serás otro Seth cuando crezcas. ¿El quinto o sexto? —dijo, sin recordar a todos—. El Torreón será tu nuevo hogar muy pronto. Y tendrás una hermanita para que tengan muchos cachorritos cuando sean mayores.

Y pensado para si misma:

—Jim se llevará al resto para venderlos en Inverness. Pediremos un buen dinero por ellos.

Observó nuevamente a la cría más desarrollada, a la cual le espetó con una sonrisa:

—Y luego te entrenará — señalando al escogido.

Mientras acariciaba a los cachorros, notó que el polvo fluorescente para pelos estaba casi terminado.

—Tendré que encargar más —se dijo.

Antes de salir de la habitación, se acercó a una vieja fotografía descolorida en blanco y negro de sus padres, enmarcada en un modesto marco de madera con bordes platinados. Le dio un beso a la foto y, dirigiéndose a ellos, dijo:

—¿Ven? —señalando a la camada—. Tenemos generaciones para rato y muchos a los que todavía debemos castigar en esta villa por lo que nos hicieron.

Justo detrás del marco, otra foto en blanco y negro la mostraba a ella y a su hermana posando juntas de niñas.

—Perdóname —susurró mirándola.

Regresó al salón y se sentó en la mecedora.

Comenzó a mecerse y a tararear una vieja canción de cuna, como si arrullara a alguien junto a ella, mientras su mano bajaba como para acariciar algo intangible a sus pies.

A lo lejos, se escuchaba el motor del camión ovejero del Viejo Jim, que se dirigía a su casa.

Como lo había hecho siempre.

FIN.



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En el texto hay: thriller gotico

Editado: 01.02.2026

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