
Un mes después, Emma se encontraba en su vieja mecedora mientras abría un paquete que Laura y Gertrudis le habían enviado.
Había dulces, incluso una tetera nueva. También fotos y una carta de invitación. Emma exclamó:
—¡Así que los chicos se casan!, ¿eh? Harán un lindo hogar.
Entre sus dedos, tenía una funda para patas de perro.
Se levantó y subió con dificultad las escaleras hasta el segundo piso, a la habitación de sus padres. La abríó con una antigua llave y entró. Allí, sobre una vieja alfombra desteñida, deshilachada, una perra de gran tamaño, un mastín, alimentaba a varios de sus cachorros. Emma la miró embelesada.
—Hola, dulzura, ¿cómo estás hoy? —dijo—. Lamento haberte tenido encerrada tanto tiempo, pero no los podía dejar a los dos fuera simultáneamente. Ya te sacaré más tarde.
Mirando a los cachorros, tomó uno en sus brazos:
—Y tú, bonito, eres el más guapo y grande de tus hermanos. Tendrás un aspecto feroz como el de tu padre. Serás otro Seth cuando crezcas. ¿El quinto o sexto? —dijo, sin recordar a todos—. El Torreón será tu nuevo hogar muy pronto. Y tendrás una hermanita para que tengan muchos cachorritos cuando sean mayores.
Y pensado para si misma:
—Jim se llevará al resto para venderlos en Inverness. Pediremos un buen dinero por ellos.
Observó nuevamente a la cría más desarrollada, a la cual le espetó con una sonrisa:
—Y luego te entrenará — señalando al escogido.
Mientras acariciaba a los cachorros, notó que el polvo fluorescente para pelos estaba casi terminado.
—Tendré que encargar más —se dijo.
Antes de salir de la habitación, se acercó a una vieja fotografía descolorida en blanco y negro de sus padres, enmarcada en un modesto marco de madera con bordes platinados. Le dio un beso a la foto y, dirigiéndose a ellos, dijo:
—¿Ven? —señalando a la camada—. Tenemos generaciones para rato y muchos a los que todavía debemos castigar en esta villa por lo que nos hicieron.
Justo detrás del marco, otra foto en blanco y negro la mostraba a ella y a su hermana posando juntas de niñas.
—Perdóname —susurró mirándola.
Regresó al salón y se sentó en la mecedora.
Comenzó a mecerse y a tararear una vieja canción de cuna, como si arrullara a alguien junto a ella, mientras su mano bajaba como para acariciar algo intangible a sus pies.
A lo lejos, se escuchaba el motor del camión ovejero del Viejo Jim, que se dirigía a su casa.
Como lo había hecho siempre.
FIN.