El Guardian Del Fuego y La Doncella De La Nieve.

Bajo Pretexto

No fue un impulso.
Fue una necesidad silenciosa nacida de la promesa hecha junto al vallado.
August comprendió que volver a verla allí ya no bastaba. Necesitaba tiempo, palabras, conocerla sin el temor constante de ser escuchados. Y para eso debía llevarla a un lugar donde el mundo no los alcanzara.
Artemia aceptó sin preguntar, aunque el miedo le apretó el pecho desde el primer paso.
Entró al castillo con la cabeza baja y el delantal bien ajustado, cargando un balde que pesaba más por los nervios que por el agua. Cada pasillo parecía observarla. Vio de lejos al padre de August y contuvo la respiración; su presencia imponía silencio. Siguió caminando, invisible.
August iba unos pasos delante de ella, sin mirarla, sin tocarla. Era la única forma de protegerla.
Cuando llegaron a la alcoba, él abrió la puerta con rapidez y la dejó pasar. Cerró detrás de ambos. Recién entonces respiraron.

El cuarto era sobrio, silencioso. Artemia dejó el balde a un lado y lo miró, aún sorprendida de estar allí.
—¿Estás bien? —preguntó él en voz baja.

—Sí… solo un poco asustada —admitió—. Pero feliz.

Sonrieron. Se sentaron uno frente al otro, cerca, como si el espacio entre ambos fuera innecesario. Hablaron largo rato: de sus infancias, de los libros que ella amaba, de cómo él observaba su reino desde la ventana cuando no podía dormir. August mencionó, con cuidado, lo que había oído sobre su familia; Artemia escuchó sin ofenderse, entendiendo el peso de esas historias.
El tiempo pasó sin que lo notaran.

En algún momento, él tomó su mano. Artemia entrelazó los dedos con los suyos como si fuera lo más natural del mundo. No hubo apuro. Solo cercanía.
August le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja y besó su frente con una delicadeza que la hizo cerrar los ojos.

—Tenía miedo de no volver a verte —confesó.

—Yo también —susurró ella.

El beso llegó despacio. Fue suave, tímido, repetido. Besos breves, cuidados, como si cada uno fuera una promesa distinta. Artemia apoyó la cabeza en su hombro y permanecieron así, escuchando la noche respirar del otro lado de las paredes.
No durmieron profundamente. Hablaron, callaron, se miraron. Compartieron la noche como quien guarda un secreto precioso.

Cuando el amanecer empezó a insinuarse, August se incorporó con pesar.
—Tenés que irte —dijo—. Antes de que alguien note algo.
Artemia asintió. Antes de salir, él la besó una última vez, con calma, como si quisiera grabarla en su memoria.

Ella volvió a bajar la cabeza y salió del cuarto, otra vez invisible para todos… excepto para él.
August permaneció un momento inmóvil, sabiendo que aquella noche, sin excesos ni promesas grandilocuentes, había cambiado algo esencial.




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