El Guardian Del Fuego y La Doncella De La Nieve.

La Espera.

Los días pasaron lentos, como si el tiempo hubiese decidido arrastrarse solo para torturarla.
Artemia volvió al vallado a la hora acordada.
Una vez.
Y otra.
Y otra más.
Siempre el mismo sitio. El mismo silencio. El mismo viento helado colándose entre las rendijas de la madera.
Pero August no apareció.
Al principio se dijo que algo lo habría retenido. Luego pensó que quizá era peligroso. Para el tercer día, el nudo en el pecho ya no la dejaba respirar con calma.
Para el quinto, la esperanza empezaba a doler más que la ausencia.
Cada noche repasaba sus palabras como un rezo: “Jamás me alejaré de ti”.
Y sin embargo, allí estaba ella… sola.
Fue al séptimo día cuando decidió que no podía esperar más.
El vallado estaba custodiado como siempre. El guardián caminaba despacio, con el rostro endurecido por años de obediencia. Artemia lo observó desde la distancia, dudando. Cuando al fin reunió coraje, salió de su escondite.
—Por favor… —dijo, y su voz ya venía rota—. Necesito ver a August.
El hombre se detuvo. La miró con severidad.
—No puedo —respondió sin dureza, pero sin ceder—. No está permitido.
Artemia negó con la cabeza. Las palabras se le atropellaron en la garganta.
—Dígale que lo espero. Que… que pensé que no volvería a verlo. —Los ojos se le llenaron de lágrimas—. Por favor.
El guardián intentó apartar la mirada, pero ella dio un paso más, temblando.
—Mi corazón está destrozado —susurró—. No puedo irme sin saber si está bien.
Las lágrimas comenzaron a caer sin control. No era una actuación. Era cansancio, miedo, amor contenido durante demasiados días.
El hombre suspiró. Largo. Pesado.
—Espere aquí —dijo finalmente—. No prometo nada.
Artemia apenas logró asentir.
Cuando August apareció, todo el aire pareció abandonar el mundo.
Ella lo vio primero. Estaba más pálido, más serio… y cuando sus miradas se encontraron, algo se quebró entre ambos.
Artemia corrió hacia él, pero se detuvo a un paso, como si no supiera si tenía derecho.
—Pensé que jamás volvería a verte —dijo, y esta vez no intentó contener el llanto—. Me prometiste que no te alejarías… y desapareciste.
August abrió la boca, pero ella no lo dejó hablar.
—Jamás me vuelvas a hacer esto —le dijo con la voz quebrada—. ¿Sabés lo que es esperar sin saber? ¿Pensar que… que ya no ibas a volver?
Él la miró devastado. Dio un paso adelante y, con cuidado, como si temiera romperla más, la tomó de las manos.
—Perdoname —dijo en voz baja—. No fue mi elección. Me vigilan más de lo que imaginé. No podía acercarme sin ponerte en peligro.
Artemia bajó la cabeza, sollozando.
—Yo solo… necesitaba verte.
August no lo pensó más. La atrajo hacia él y la abrazó con fuerza, apoyando la frente en su cabello.
—Nunca quise hacerte daño —susurró—. Si supieras cuánto pensé en vos cada noche…
Ella se aferró a su abrigo, como si soltarlo fuera perderlo otra vez.
El guardián carraspeó a lo lejos, recordándoles que el tiempo no les pertenecía.
August se separó apenas, lo justo para mirarla a los ojos.
—Voy a encontrar la forma —le prometió—. Pero nunca dudes de esto: no me fui de vos.
Artemia asintió entre lágrimas. No era el final de la angustia, pero sí el principio de algo más firme: la certeza de que, incluso en la distancia, seguían eligiéndose.




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