El Guardian Del Fuego y La Doncella De La Nieve.

Un lugar para nosotros.

El refugio estaba oculto entre árboles antiguos, tan cubierto por la vegetación que parecía haber sido olvidado por el mundo.

Cuando el guardián los condujo hasta allí, ninguno de los dos habló. Solo cuando la puerta de madera se cerró tras ellos comprendieron lo que significaba aquel lugar.

Por primera vez no había vallados.

No había soldados.

No había reinos.

Solo ellos.

Artemia recorrió la pequeña cabaña con la mirada. Era sencilla, apenas una mesa, dos sillas y una chimenea de piedra que ya no se utilizaba. Sin embargo, le pareció el lugar más hermoso que había visto jamás.

—Nadie viene aquí —explicó el guardián antes de marcharse—. Y espero no arrepentirme de esto.

Luego desapareció entre los árboles, dejándolos solos.

Durante unos instantes ninguno supo qué decir.

Habían deseado tanto estar juntos que ahora el silencio parecía extraño.

—Así que este es tu gran plan para conquistarme —dijo Artemia finalmente, cruzándose de brazos con fingida seriedad.

August soltó una pequeña risa.

—Mi gran plan era mucho menos elegante. El refugio fue idea del guardián.

—Lo imaginé.

Aquella respuesta los hizo reír.

Y por primera vez la risa no estuvo acompañada por miedo.

Pasaron horas hablando.

De cosas importantes.

Y de cosas absurdas.

August le contó cómo era crecer siendo heredero de los Alaric. La presión constante. Las expectativas de todos. El temor de no convertirse jamás en el hombre que su padre esperaba.

—A veces siento que todos conocen al futuro gobernante —confesó—. Pero nadie conoce a August.

Artemia lo observó en silencio.

—Yo sí quiero conocerlo.

Aquellas palabras lo dejaron sin respuesta.

Más tarde fue ella quien habló.

Le contó sobre las interminables fiestas del reino de la nieve que siempre había detestado. Sobre las jóvenes nobles que soñaban con vestidos y compromisos mientras ella prefería esconderse con un libro.

—Siempre fui un poco extraña.

—No —respondió August sonriendo—. Siempre fuiste Artemia.

Ella bajó la mirada para ocultar el rubor que subió a sus mejillas.

Con el paso de las horas comenzaron a mostrarse sin máscaras.

Descubrieron gustos ridículos.

Miedos infantiles.

Sueños imposibles.

—¿Así que el futuro gobernante del reino del fuego le tiene miedo a los caballos? —preguntó Artemia, intentando contener la risa.

—Solo a los caballos grandes.

—Claro.

—Es verdad.

—Y yo soy reina de los dragones.

Esta vez ambos estallaron en carcajadas.

La tarde avanzó sin que se dieran cuenta.

Cuando la luz comenzó a teñirse de dorado, el refugio quedó envuelto en una calma suave y acogedora.

August observó a Artemia mientras ella hablaba sobre un libro que había leído de niña. La pasión con la que describía cada historia hacía que sus ojos brillaran.

Y entonces comprendió algo.

Por primera vez no deseaba simplemente verla.

No deseaba únicamente besarla.

Deseaba conocer cada pensamiento, cada recuerdo y cada sueño que habitaba en ella.

Deseaba conocer cada parte de Artemia.

Como si sintiera aquella mirada sobre ella, Artemia levantó la vista.

Durante toda su vida había escuchado historias sobre príncipes, héroes y futuros gobernantes.

Pero el joven que tenía delante no era ninguna de esas cosas.

Era mucho mejor.

Porque detrás del apellido Alaric había encontrado a alguien amable, torpe a veces, sincero y sorprendentemente dulce.

Había esperado encontrar un príncipe.

En cambio, había encontrado a August.

Y por primera vez, el futuro dejó de parecerle un lugar tan lejano.




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