Pasaron algunos días antes de que pudieran volver a verse.
La espera ya no fue tan dolorosa como la anterior, porque ambos sabían que el otro seguía allí. Aun así, cuando Artemia divisó la figura de August acercándose al vallado, sintió que el corazón le latía más rápido.
Se encontraron en el mismo lugar de siempre.
El mismo sendero.
La misma cerca separándolos.
Y sin embargo, cada encuentro parecía distinto al anterior.
Hablaron durante un rato de cosas simples. Del clima. De los libros que Artemia estaba leyendo. De una ceremonia aburrida a la que August había tenido que asistir.
Hasta que el silencio cayó entre ellos.
No era incómodo.
Era reflexivo.
Artemia observó el bosque que se extendía más allá de los límites de ambos reinos.
—August...
—¿Sí?
Ella jugueteó nerviosamente con una pequeña rama que había recogido del suelo.
—¿Y si nos escapáramos?
Él la miró sorprendido.
Por un instante creyó haber escuchado mal.
—¿Escaparnos?
Artemia asintió.
—No estoy diciendo ahora. Ni mañana. Solo... me preguntaba cómo sería.
August permaneció en silencio.
Miró el vallado.
Miró los árboles.
Y finalmente la miró a ella.
—Si estuvieras conmigo... creo que podría hacerlo.
Artemia sintió un pequeño vuelco en el pecho.
—¿Hacer qué?
—Irme.
Ella parpadeó.
—¿Dejar el reino?
—Sí.
La respuesta llegó tan rápido que la dejó sin palabras.
August sonrió apenas.
—Sé que debería decir otra cosa. Sé que debería pensar en mis deberes y en mi apellido.
Bajó la mirada un instante.
—Pero si algún día me obligaran a elegir entre una vida sin vos o abandonar todo esto...
Levantó nuevamente la vista.
—Creo que te elegiría a vos.
Artemia sintió que el corazón se detenía por un momento.
Aquellas palabras deberían haberla hecho feliz.
Y, en parte, lo hicieron.
Pero también despertaron otra emoción.
Culpa.
Pensó en su hogar.
En su familia.
En las personas que la habían visto crecer.
En las noches junto al fuego.
En las risas.
En los abrazos.
—Yo no sé si podría hacerlo tan fácilmente —admitió en voz baja.
August la observó sin juzgarla.
—Lo sé.
—Los amo —continuó ella—. A todos. La sola idea de marcharme sin volver a verlos me parte el corazón.
Durante unos segundos ninguno habló.
Entonces August estiró la mano a través del vallado.
Artemia la tomó.
—Y aun así... —susurró ella.
—¿Aun así?
Artemia sonrió con timidez.
—Si vos estuvieras conmigo... creo que intentaría encontrar el valor.
Los ojos de August se suavizaron.
No hicieron más promesas.
No hablaron de huir nuevamente.
Pero mientras permanecían allí, con las manos entrelazadas entre las rendijas del vallado, ambos comprendieron algo.
Ya no estaban imaginando futuros por separado.
Por primera vez, comenzaban a imaginar uno juntos.