El Guardian del Génesis Catastrófico

Capítulo 6: Restos en el claro.

La luz se filtraba con dificultad entre las hojas de los árboles, iluminando un claro cubierto de verde y de gotas de agua que brillaban suavemente al caer desde las ramas. El aire era fresco y húmedo, cargado de una quietud extraña.

En el centro del claro se alzaba un coloso vegetal distinto a los demás. No era más alto que los árboles que lo rodeaban, pero aun así desprendía una majestuosidad difícil de ignorar, como si el propio bosque girara en torno a él.

Un silencio casi sordo cubría el entorno, apenas interrumpido por el murmullo del viento entre las copas. Entre las raíces del coloso, parcialmente ocultada por la sombra, yacía una pequeña figura de piel pálida, casi blanca. Dormía, inmóvil, ajena a todo.

Fue entonces cuando el silencio cambió, casi imperceptiblemente. Un leve movimiento de la figura bastó para quebrar la quietud del lugar.

Desperté después de una larga noche. Cuando abrí los ojos, lo primero que vi fue un tronco enorme que cubría casi por completo mi vista.

Lentamente me puse de pie y estiré un poco el cuerpo. Varias articulaciones crujieron, como si intentaran acomodarse en su lugar. Un dolor sordo recorrió mis músculos; dormir en esa posición no había sido buena idea.

—Ugh… eso dolió un poco.

Tras unos minutos y varios quejidos más, trepé sobre la enorme raíz que me había protegido del viento durante la noche. Cuando finalmente estuve arriba, alcé la vista y observé los alrededores.

Todo seguía cubierto de verde, igual que antes. Nada parecía haber cambiado.

Miré hacia el cielo. Por encima de la copa de los árboles, la montaña se alzaba majestuosa, inmóvil, como si la tormenta de la noche anterior nunca hubiera ocurrido.

No pude evitar soltar un suspiro; ya se me había hecho una costumbre.
Tras observarla unos segundos más, desvié la mirada hacia el tronco del árbol que me había ofrecido refugio durante la tormenta.

Por alguna razón, su presencia me provocaba una vaga inquietud. Descendí lentamente de la raíz y me alejé unos pasos para poder apreciarlo mejor. El bosque seguía tan silencioso como lo recordaba, como si no hubiera nada vivo aparte de los árboles y yo.

Cuando estuve cerca del borde del claro, volví a fijar la vista en aquel coloso.
No parecía tener nada especial. La única diferencia con los demás árboles era su tamaño y el grosor de su tronco.

Activé Evaluación.

Una barra de información apareció junto al árbol. Tal como esperaba, no había nada fuera de lo común. Su nombre era Noj, un árbol poco común que podía encontrarse en ciertos bosques. Producía frutos una vez al año, aunque solo duraban una semana antes de marchitarse.

Nada más.

Si bien aquello no era precisamente normal, el hecho de que el sistema lo catalogara como “poco común” significaba que debía haber cientos, quizá miles, de árboles como ese en el bosque. No parecía suficiente para explicar la sensación que me recorría el cuerpo.

Con esa idea en mente, comencé a rodear el árbol, con la esperanza de notar algo que se me hubiera pasado por alto.
Lo que no esperaba era que, tras avanzar apenas una cuarta parte del perímetro, lograra distinguir un conjunto de estructuras al otro lado del claro.

Me detuve en seco. Parpadeé varias veces, asegurándome de que realmente estaban ahí y de que no las había confundido con simples rocas.

Las estructuras, de un tono gris uniforme, se alzaban entre la vegetación. Gran parte de ellas estaban cubiertas de enredaderas y musgo; algunas parecían medio enterradas, como si el bosque hubiera intentado reclamarlas. No parecían recientes, pero tampoco daban la impresión de ser demasiado antiguas. La piedra no se veía desgastada. No era ningún experto, pero apostaría a que no llevaban más de una década en ese estado.

Permanecí inmóvil durante unos segundos, observando y escuchando el entorno.
Nada.

No se oía ningún ser vivo alrededor. Solo el suave murmullo del viento, moviendo ligeramente las hojas de los árboles. El mismo silencio sofocante seguía allí, indiferente a mi presencia.

Dudé unos instantes antes de finalmente comenzar a acercarme, con pasos lentos y cautelosos, hacia las ruinas.

A medida que me acercaba, comenzaron a revelarse más y más estructuras ocultas entre la vegetación. Cuando finalmente estuve a unos pocos metros, noté varios detalles que me hicieron fruncir el ceño.

Columnas partidas.
Muros incompletos, como si algo enorme los hubiera mordido… o pisoteado sin el menor cuidado.

Avancé un poco más, adentrándome lentamente entre las estructuras, teniendo cuidado de no hacer ruido. No sabía exactamente de qué me estaba protegiendo, pero mi instinto me decía con claridad que había peligro.

Noté que algunas piedras no solo estaban rotas, sino hundidas en la tierra, como si hubieran sido presionadas con una fuerza descomunal. No había marcas de armas ni señales de fuego o algún tipo de energía.

Me detuve frente a una pared partida en dos. Una de sus mitades había salido despedida varios metros más adelante, incrustándose en lo que parecía haber sido una vivienda. Tragué saliva de forma inconsciente. Esto claramente no lo había hecho el tiempo ni algún fenómeno natural.

La inquietud en mi pecho se intensificó y, sin darme cuenta, mi cuerpo se tensó. Mis patas se afirmaron contra el suelo, como si estuviera listo para huir en cualquier momento.

Inhalé profundamente para intentar calmarme y presté atención al entorno. Todo seguía en silencio.
Sea lo que sea que causó esta destrucción, ya no estaba aquí.

Con esa idea en mente —y con pasos más rígidos de lo que me gustaría admitir— me acerqué a la otra mitad de la pared. En su superficie distinguí símbolos y patrones extraños tallados en la piedra, formas que no entendía. Pasé una garra sobre ellos; la superficie estaba fría, demasiado fría, como si aún no hubiera recibido la luz del sol.

Activé evaluación.



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En el texto hay: evolución, sistema de juego, historia larga

Editado: 13.02.2026

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