El Guardian del Génesis Catastrófico

Capítulo 8: A los pies de la montaña.

Cerré los ojos para descansar un poco; la roca, que había estado bajo el sol toda la mañana, seguía tibia, en contraste con el viento fresco que descendía de la montaña.

El olor a café caliente y el murmullo lejano de voces se colaron en mi mente sin previo aviso. Mesas y sillas alineadas en una sala pequeña. Alguien quejándose por algo al fondo.

Abrí los ojos de golpe. Una leve presión me oprimía el pecho. Me levanté antes de que esa sensación tuviera tiempo de echar raíces y volví a avanzar hacia la montaña.

Mientras avanzaba volví a abrir el inventario. Esta vez no hubo ningún fallo ni interferencia. Mi vista se posó en la pequeña esfera azulada y, en ese momento, se me ocurrió algo.

La seleccioné y pensé en sacarla. La misma tenue luz volvió a aparecer, pero esta vez, en lugar de descender al suelo frente a mí, se dirigió directamente a mi boca, materializando la pequeña esfera entre mis dientes.

Eso confirmó mi teoría. Al parecer, podía sacar los objetos del inventario y hacer que aparecieran justo donde quería. No tenían por qué materializarse frente a mí, ni mucho menos caer al suelo.

Aquello sería bastante útil si llegaba a obtener algo valioso o delicado en el futuro.

Me detuve junto a un pequeño arbusto y bajé la esfera sobre unas hojas amontonadas debajo. Me incliné para revisarla con cuidado.

Parecía estar hecha de una especie de cristal transparente y, en su interior, una energía azulada fluía de forma constante, como un pequeño río contenido. El sistema me había confirmado anteriormente que se trataba de un cristal del alma, el mismo que necesitaba para mejorar la mía.

Mientras pensaba en eso, noté un cambio sutil en la energía que corría dentro de la esfera. El flujo se volvió más lento y, casi de manera imperceptible, el color azulado empezó a aclararse.

Al darme cuenta, no dudé ni un segundo y volví a guardar el cristal en el inventario.

Según lo que había dicho el sistema, un cristal del alma se dispersa con el paso del tiempo después de la muerte del cuerpo. Si eso era cierto, y considerando que había guardado la esfera el día anterior, entonces el inventario debía ser capaz de detener o, al menos, ralentizar el tiempo en su interior hasta cierto punto.

Eso significaba que mi idea de almacenar los cristales del alma para usarlos después de maximizar mis estadísticas era, en teoría, posible. Solo necesitaba averiguar si el inventario realmente detenía el tiempo o si solo lo ralentizaba.

En caso de que fuera lo segundo, tendría que descubrir cuánto tiempo podía conservar un cristal antes de que se dispersara y aprovechar ese margen para aumentar mis estadísticas todo lo posible.

Después de reflexionar un poco, decidí preguntarle directamente al sistema.

—Sistema, ¿el inventario es capaz de detener el tiempo en su interior o solo lo ralentiza?

—Ya veo. Sin respuesta.

Dejé escapar un suspiro. No era como si tuviera muchas expectativas, pero al menos esperaba que soltara alguna información vaga sobre el inventario.

Bueno, no importa. El cristal del alma que tenía era de nivel mortal; no debería otorgarme muchos puntos, así que podía usarlo para comprobar cómo funcionaba el tiempo dentro del inventario. Al menos hasta que consiguiera algo con lo que medirlo de una forma más precisa.

Después de todo, no perdería demasiado si terminaba dispersándose.

Con eso en mente, volví a moverme. Tras avanzar un tiempo más, salí del bosque y llegué a un terreno donde el suelo se volvía completamente de piedra, extendiéndose al menos unos trescientos metros hacia adelante. Al final de ese claro se alzaba el pie de la montaña, elevándose hasta perderse entre las nubes.

Dejé escapar un suspiro de asombro. Desde ese ángulo podía apreciarse mejor su verdadero tamaño. Alcé la vista, intentando distinguir hasta dónde llegaba, pero su cima se ocultaba por encima de las nubes, dando la impresión de que partía el cielo en dos. Era realmente imponente.

Tras observarla unos segundos, bajé la mirada y empecé a prestar atención a mi entorno. El mismo silencio casi sordo seguía presente, interrumpido únicamente por el silbido del viento al rozar las rocas de la montaña.

No parecía haber nada peligroso a simple vista, pero dudé. El lugar estaba completamente descubierto; no había árboles ni sombras donde cubrirme. Si salía el sol, mis escamas brillarían como un espejo. Sería un blanco perfecto para cualquier depredador capaz de volar.

Teniendo eso en cuenta, decidí moverme por la orilla del claro, donde la cobertura de las hojas y los árboles aún podía ocultarme. Aunque una capa de nubes rodeaba la montaña, no quería arriesgarme a quedar expuesto y terminar herido otra vez… o algo peor.

Avancé entre árboles retorcidos, rocas sueltas y raíces que sobresalían de la poca tierra que quedaba. Entonces, escuché el suave murmullo del agua a lo lejos y aceleré el paso.

A medida que avanzaba, el sonido se hacía más claro y, tras unos pocos minutos, llegué a una pequeña corriente que descendía desde la montaña y se adentraba en el bosque. Al verla, una sonrisa se dibujó en mi rostro. Aún no tenía sed, pero era una buena oportunidad para llenar los jarrones que había encontrado.

Me interné un poco más entre los árboles, buscando un sitio menos expuesto. Después de varios minutos encontré un punto donde el agua se acumulaba entre unas rocas antes de desbordarse.

Abrí el inventario y saqué ambos recipientes. Estaban algo sucios, así que traté de limpiarlos lo mejor posible. No fue sencillo; mis patas reptilianas no servían para ese tipo de tarea y tuve que usar la boca. Me tomó más tiempo del que hubiera querido, pero tras enjuagar el polvo finalmente los llené de agua y los devolví al inventario.

Con el problema del agua resuelto, volví a salir del bosque.

Seguí caminando durante alrededor de una hora, quizá una hora y media; no estaba del todo seguro. Entonces, a lo lejos, distinguí una franja de color verde que parecía cruzar el claro.



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En el texto hay: evolución, sistema de juego, historia larga

Editado: 13.02.2026

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