Los aposentos donde la joven prometida se cambiaba el pesado vestido eran, sin duda, acogedores, pero desde que cruzó la puerta, no pudo centrarse en ellos. Su única preocupación era deshacerse de esos mantos que la atosigaban, de las telas que la estrangulaban por la cintura. Quería, en ese momento, sentirse menos vulnerable, menos atrapada. Las doncellas del palacio trajeron una cubeta de madera llena de agua para aliviar sus pies sangrantes, pero Lietta no les prestó atención. Su mente seguía ocupada con las preguntas que rondaban su cabeza. ¿Qué significaban esos murmullos que había escuchado antes? ¿Por qué su padre no le había mencionado nada al respecto?
Pronto, sus dudas se vieron disipadas cuando alguien tocó a la puerta. Sin esperar a que las doncellas pudieran abrirla, Lietta se apresuró a hacerlo, mojando las alfombras bordadas con detalles florales por el agua de la cubeta debido al pequeño salto que dio desde aquel cubo hasta la entrada.
—Padre —dijo, sabiendo quién estaba al otro lado mucho antes de que la puerta se abriera.
—Supongo que ya has deducido por qué estoy aquí —respondió la voz de su padre, grave y certera.
Lietta asintió, y sin esperar un abrazo ni palabras de consuelo, le hizo un gesto hacia la cama, invitándole a sentarse para hablar. Él lo hizo sin titubear, y en cuanto se acomodó, las doncellas desaparecieron, dejando tras de sí el sonido seco de la gran puerta cerrándose.
Lietta, con los ojos brillando por la incomodidad, miraba a su padre, tratando de descifrar su expresión, pero sabía que no hacía falta. Ya lo sabía todo.
—El rey ha... —se preguntaba Lietta.
—Así es, ha perecido —interrumpió su padre, pausando el aire con la gravedad de sus palabras.
Esa era la afirmación que se temia Lietta, bajando la cabeza, sin poder evitar que la tristeza, aunque forzada, se reflejara en su rostro. De acuerdo con las reglas de la etiqueta, la pena debía ser sincera, aunque una parte de ella aliviada la embargaba. No debía parecerlo, por supuesto, pero lo sentía en lo profundo.
Un instante de silencio pasó entre ellos, cargado de significado. Lietta evitó la mirada de su padre, dirigiendo la vista al suelo mientras las palabras del mensajero resonaban aún en su mente: el reino de Ghyaspeder la había recibido no como la esposa del príncipe Cerlyk, sino como la reina, algo que le había desconcertado en ese mismo instante. Y ahora, con la confirmación de su padre, todas esas preguntas regresaban.
—Como te decía —continuó su padre, tan adecuado como siempre—, el rey de Ghyaspeder, Dirmant, nunca gozó de buena salud. Era algo que todos sabíamos, y su muerte era esperada. La situación es clara: el Consejo, junto con su majestad, ha decidido que, por orden de nacimiento, Cerlyk sucederá al trono. La boda, entonces, será el primer paso de un proceso de sucesión que culminará, no solo con tu unión, sino con la consolidación del reino —detuvo su discurso por un momento para levantar suavemente el mentón de su hija, dirigiéndola a su mirada. —Este linaje es vital, Lietta. No solo para reforzar el reino, sino para asegurar su perpetuidad. La muerte de un rey no es motivo para llorar, sino para celebrar, para construir, para fortalecer. Así será tu deber: ser la reina de Ghyaspeder, la madre de su futuro, la guardiana del linaje.
Lietta, aún desconcertada, recordó las ceremonias tradicionales. Sabía que, por costumbre, al morir un rey, debía celebrarse de inmediato su "Ceremonia de Vida". Cuatro días de luto oficial para el reino, y otros cuatro para la corte, si así lo deseaban. Pero las palabras de su padre eran claras.
—Pero... ¿su muerte...? —preguntó, con una leve vacilación en la voz.
—La Ceremonia de Vida de Dirmant no se llevará a cabo hasta después de diez días, como es tradicional. Durante este tiempo, se harán los correspondientes preparativos. Solo entonces, en diez días, se celebrará tanto su muerte como la coronación. Así lo hemos decidido. Todo lo demás es solo formalidad. Y debo decir, con cierto alivio, que tuvimos suerte, el ahora futuro rey Cerlyk, que antes había sido el anterior favorito del rey, iba a casarse con la princesa de Frindjuns, lo que nos habría obligado a estrechar lazos con ese... grupo de marineros decadentes que se hacen llamar reyes de una corte insignificante. No podemos permitirnos esa vergüenza. Mejor evitar todo trato con esos pobres vestidos de oro.
El tono de su padre era frío y calculador, y Lietta, aunque habituada a su pragmatismo, no pudo evitar sentir un leve estremecimiento. Sabía que, para él, todo se trataba de la política, de los movimientos estratégicos. Pero, al mismo tiempo, no podía ignorar que su destino estaba sellado, entretejido con un reino que ahora quedaba bajo su responsabilidad.
⠈⠂⠄⠄⠂⠁⠁⠂⠄⠄⠂⠁⠁⠂⠄
Los primeros rayos de luz se posaron en los ojos de Lietta, quien yacía despierta pero inmóvil en la cama. Apenas unos minutos después, como si las doncellas leyeran sus pensamientos ,o pudieran ver a través de los gruesos muros de piedra, entraron en la habitación. Una de ellas portaba un cepillo de plata adornado con piedras preciosas, cuyo brillo hacía juego con la piel bronceada y la reverente sonrisa que le dedicó.
—Buenos días, mi señora —saludó la mujer entornando sus ojos color agata, el mismo color que su cabello de rizos sueltos, inclinándose con una mezcla de respeto y familiaridad—. Hora de domar esa cabellera de ébano.
Era su dama de compañía.
—Por favor, Lissa, acabemos cuanto antes —murmuró Lietta con un suspiro, apartando el rostro.
Las doncellas presentes ocultaron una sonrisa y, tras un intercambio de miradas, salieron de la estancia. Lissa se acercó divertida, sosteniendo el cepillo con un gesto exagerado.
—Parecen sombras de sí mismas, siguiéndote a cada paso —comentó mientras recogía los mechones oscuros de Lietta.
—A veces, pienso que me observan más de lo debido —replicó Lietta, esbozando una media sonrisa.