El sol comenzaba a despedirse, y sus últimos rayos teñían de dorado la estancia donde Lissandra y Oelive trabajaban en silencio, preparando a Lietta. La joven había estado tan callada que ninguna de las otras doncellas se atrevía a interrumpir aquella calma casi solemne. Por ello, ambas decidieron encargarse personalmente de arreglarla, sin la asistencia de más manos.
Habían comenzado con su rostro: delinearon sus ojos y labios con pigmentos naturales, dándole una apariencia refinada pero etérea. Luego, vistieron a Lietta con un majestuoso traje de cola larga, confeccionado en ricas telas de tonos dorados y plateados. Los bordados eran exquisitos, con patrones intrincados que parecían cobrar vida bajo la luz del crepúsculo. A pesar de la riqueza de los materiales, el conjunto no lucía recargado, sino delicado, casi celestial.
Sus dedos, despojados de las joyas que antes llevaba, no captaron su atención. En cambio, Oelive y Lissandra adornaron sus orejas con pendientes largos, elaborados en oro y plata entrelazados. En cada cruce del diseño colgaba un diminuto diamante, cuya luz danzaba como estrellas.
—Ya casi hemos terminado, mi señora—se atrevió a romper el silencio Lissandra con un tono suave.
—Estáis quedando radiante —añadió Oelive, procurando apoyar a su compañera en la conversación.
Lietta no respondió, pero en cuanto el último lazo de encaje fue atado en su cabello, se levantó con un movimiento decidido. Se dirigía a la puerta cuando sintió una mano detenerla suavemente por el hombro.
—Olvidáis esto —dijo Lissandra, ofreciéndole un ramo de flores. Las tonalidades variadas de los pétalos lo hacían vibrante y hermoso, pero lo que captó la atención de Lietta fue la rosa roja en el centro. La sorpresa se reflejó en sus ojos mientras miraba a Lissandra, quien, sonriendo con ternura, añadió: —La vi en vuestro tocador y no pude evitar incluirla.
La calidez de aquella sonrisa arrancó una pequeña respuesta de Lietta, quien le devolvió el gesto con una breve curvatura de los labios.
—Y esto también, alteza —intervino Oelive, antes de que Lietta pudiera girarse hacia la puerta. Con cuidado, colocó sobre la cabeza de la futura reina una corona floral que combinaba a la perfección con el ramo.
Lietta inclinó la cabeza ligeramente para facilitar el trabajo de Oelive y luego se enderezó, con una expresión serena. Se quedó junto a la puerta, aguardando a que su padre viniera a recogerla.
Mientras esperaba, se permitió mirar por la ventana de su habitación. Desde allí, contempló el horizonte salpicado de montañas, donde el sol comenzaba a esconderse tras las cimas. Por un momento, Lietta se preguntó si podría hacer lo mismo, desaparecer tras aquellas montañas y dejarlo todo atrás. Soñó con una libertad que siempre había parecido fuera de su alcance, con un mundo donde podría respirar sin sentirse prisionera de sus propios suspiros. Sus labios se curvaron en una sonrisa, efímera pero sincera, mientras seguía el descenso del astro rey.
—Estáis... perfecta —la voz grave de su padre resonó en la habitación. Lietta no apartó la vista de la ventana, todavía perdida en su fugaz fantasía.
—Vamos, hija, no os quedéis ahí parada. Hay una ceremonia de unión que os reclama.
El rey se acercó y le ofreció su brazo. La futura reina lo aceptó con aparente serenidad, pero en el contacto sintió la firmeza de una cadena invisible. No era un agarre brusco, pero la sujetaba con tal seguridad que parecía impedirle escapar. Sin embargo, aquella misma cadena la obligaba a avanzar, porque de no ser por él, quizá se habría quedado clavada en el suelo, inmóvil, atrapada por sus pensamientos.
Cada paso que daba la alejaba de su pequeña ventana y la acercaba al destino que ya no podía evitar. Lietta apenas era consciente de estar caminando hasta que lo vio: Cerlyk.
Él se encontraba al final de la gran sala, con la postura de un hombre seguro de sí mismo, observándola mientras se acercaba. Por un instante, Lietta volvió a mirarlo como lo había hecho la primera vez que llegó al castillo: con fascinación. Incluso a la distancia, sentía que él percibía aquella chispa en su mirada.
Pero su mente no tardó en devolverle la realidad. El recuerdo de las palabras de Cerlyk, de su actitud errática y despectiva en el Consejo, se apoderó de su corazón. La futura reina respiró hondo, tratando de aplacar la oleada de emociones que se debatía en su interior. Aunque el vestido que llevaba era hermoso, y los adornos brillaban con cada movimiento, por dentro sentía que no era más que una prenda que ocultaba su vulnerabilidad.
A pocos pasos de Cerlyk, se preguntó, por última vez, qué estaría pensando él. Pero la respuesta le llegó rápido, no importaba. Había recorrido un largo camino hasta este momento, y aunque su mente estaba en un trance de resignación, había algo que aún mantenía intacto: la promesa de resistir, aunque fuese en silencio.
Los murmullos se desvanecieron como un eco lejano mientras Lietta avanzaba hacia Cerlyk, cada paso marcando un destino del que no había retorno. Su pecho estaba oprimido por una mezcla de emociones que apenas podía descifrar, pero mantuvo la cabeza erguida y sus ojos firmemente enfocados en el hombre que iba a cambiar su vida para siempre.
Cuando finalmente se posicionó a su lado, los presentes, que se habían puesto de pie para admirar su entrada, volvieron a sentarse casi al unísono. Lietta, que en otro momento habría reparado en la grandiosidad de la sala, las bóvedas decoradas con motivos celestiales y los candelabros colmados de luz, ahora solo podía concentrarse en mantener la compostura. Su mirada no se apartaba del punto fijo que había elegido para evitar el caos de sus pensamientos.
A su lado, Cerlyk aprovechó el bullicio de los últimos preparativos para susurrarle:
—Te busqué por todo el palacio... Cuando finalmente fui a tus aposentos, no pude entrar.
La respuesta de Lietta fue un silencio impenetrable. Su rostro permaneció estoico, como si las palabras del futuro rey se hubieran perdido en el aire.