El Guardián Verde

Capítulo 5

Los tambores, cada vez más cercanos, llenaban la sala con un retumbar sombrío, como si fueran los latidos de un corazón moribundo. Cerlyk permanecía inmóvil, observando el cuerpo inerte de su padre, el difunto rey Dirmant. La serenidad de su rostro, oculto bajo los ricos bordados de los mantos que lo cubrían, era un contraste cruel con la pesadez de la atmósfera que se cernía sobre la sala. A su lado, Treblon, hermano de Cerlyk y antiguo favorito del rey, permanecía rígido, sus ojos húmedos y la mandíbula tensa, luchando por no ceder a la angustia.

—¿Lloras, Treblon? —inquirió Cerlyk, su voz cortante como una espada—. ¿Por él?

Treblon inspiró con fuerza antes de hablar, su tono grave y frío.

—No por él. Lloro por lo que nos aguarda bajo tu mandato.

Cerlyk soltó una risa burlona, que reverberó en las paredes de piedra, vacía de todo humor.

—No has perdido la ironía, ¿eh, hermano? —murmuró, mirando hacia la ventana, aunque los tambores que retumbaban a lo lejos lo devolvieron a la realidad—. Supongo que yo también tendré que conservar algo de humor para lo que se avecina.

Treblon dio un paso hacia él y le agarró la muñeca con firmeza, su susurro urgente se coló en el aire denso de la habitación.

—Escúchame, Cerlyk. No hagas una locura. La llegada de Bormakon no es un simple cortejo. Es la última cuerda que impide que todo se derrumbe. Si rompes la paz que padre nos dejó con su muerte, el Guardián despertará, y nada podrá detenerlo.

Cerlyk soltó la muñeca con brusquedad, su mirada despectiva.

—¿Otra vez con las leyendas? —dijo, con un gesto de desdén—. Ni siquiera él, tan ciego en sus supersticiones, pudo enfrentarse al miedo que adoráis. El rey temido por todos... salvo por sí mismo.

Treblon lo miró con dureza, frunciendo el ceño. Su voz, aunque baja, contenía una firmeza inusitada.

—No era miedo, Cerlyk. Padre lo sabía. La unión con Bormakon era nuestra única opción. La maldición del Guardián pesa sobre estos reinos desde el primer tratado entre los Montes. Si la paz se rompe, si la línea de los Swidgar cae, la tierra misma se tragará todo. Vos tendréis que aceptar esa alianza, o el Guardián reclamará la sangre de todos los linajes.

Cerlyk arqueó una ceja, mordaz.

—¿Salvación, dices? —Señaló el cadáver de Dirmant con un gesto amplio—. ¿No recuerdas lo que hizo a madre? ¿Lo que nos hizo a todos?

Treblon desvió la mirada, como si evitara ver la acusación en los ojos de su hermano. Su voz se hizo más baja, cargada de amargura.

—No lo he olvidado. Ni puedo. Pero lo que fue como hombre y lo que fue como rey son dos cosas distintas. —Tomó aire antes de seguir—. Lo que hizo a madre... es irreparable. Pero sacrificó su vida para darnos una oportunidad. Es lo único que queda. No dejéis que se malgaste.

Cerlyk se cruzó de brazos, su mandíbula apretada mientras su mirada volvía al cadáver, ahora cubierto con las finas telas. Por un momento, pareció reflexionar, la duda cruzando su rostro. Pero el retumbar de los tambores lo sacó de su trance. Caminó hacia la ventana y observó el pequeño séquito que se acercaba, con una figura central adornada con joyas y ropajes suntuosos que avanzaba con solemne majestad.

—¿Oportunidad? —murmuró, sus dedos tamborileando sobre el alféizar de la ventana—. Vosotros lo llamáis salvación, pero yo lo veo como una prisión. La paz que tanto veneráis no es más que una cadena, y el precio que se ha pagado... es mucho más alto de lo que queréis admitir.

Treblon lo observó en silencio, frustrado, su voz teñida de tristeza.

—No os pido que le améis, Cerlyk. No os pido que le defendáis. Solo os pido que no destruyáis lo poco que queda de nuestra casa. De lo que queda de madre.

Cerlyk guardó silencio, los ojos fijos en la figura que avanzaba entre el séquito, una joven cubierta por velos, un símbolo de lo que se avecinaba. Una sonrisa amarga se dibujó en sus labios.

—¿Y si os equivocáis, Treblon? —preguntó, la duda como una sombra en su voz—. ¿Y si el Guardián no es más que una historia para asustar a los niños?

Treblon se erguió, la mirada de hielo fijada en su hermano, su tono se volvió aún más grave.

—Y si no lo es, ¿os atreveréis a arriesgarlo todo por dudar?

El silencio se instaló entre ellos, pesado y denso como el aire antes de una tormenta. Los tambores seguían su marcha incesante, como un presagio inevitable. Finalmente, Cerlyk apartó la vista de la ventana y caminó hacia la puerta, con un paso firme pero cargado de incertidumbre.

—Por ahora, Treblon, dejaré que tus supersticiones me guíen. Pero no lo haré por padre. Ni por el Guardián. —Se detuvo un instante antes de girarse hacia él, su voz apenas un susurro—. Solo por madre.

Sin esperar respuesta, salió de la sala, dejando atrás a su hermano, mientras el eco de los tambores seguía resonando, marcado por la amenaza de lo que estaba por llegar.

Aunque quería demostrarse firme, las piernas de Cerlyk temblaban mientras descendía las escaleras hacia el salón donde lo esperaba Lietta. Había imaginado muchas veces cómo sería este momento, pero ahora que estaba ocurriendo, sentía que su mente y su cuerpo lo traicionaban. Sabía que este momento llegaría. Si no hubiera sido la princesa de Bormakon, habría sido Irsiden de Frindjuns. Pero por mucho que la lógica lo advirtiera, nunca pensó que ese instante lo golpearía con tal intensidad. No importaba cuánto intentara calmarse; cada paso lo acercaba más a un destino que parecía implacable.

Cuando llegó al pie de la escalera, sus ojos buscaron instintivamente a Lietta. Allí estaba, rodeada de damas de compañía, con los pesados mantos ceremoniales que apenas permitían ver su figura. Las luces de las antorchas arrancaban destellos de los broches y adornos que la cubrían, pero la princesa se mantenía inmóvil, su rostro velado.

De pronto, notó un pequeño gesto. Lietta movía sus manos hacia el broche que sujetaba los mantos en su coronilla, luchando en vano por desabrocharlo. Cerlyk dio un paso hacia adelante sin pensarlo demasiado, guiado más por el instinto que por la razón.



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En el texto hay: maldicion, magia, guardian

Editado: 17.09.2026

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