La boda había llegado a su fin. Los invitados, satisfechos con el banquete y la música, se habían retirado, dejando el gran salón desierto salvo por los criados, que recogían los restos del jolgorio. Durante toda la ceremonia, Cerlyk y Lietta habían permanecido juntos, como dictaba la costumbre: bailaron, cantaron y cumplieron con las expectativas que su rango les imponía. Sin embargo, al desvanecerse la euforia de la celebración, Lietta, visiblemente cansada y algo ebria por el vino, se apresuró a retirarse.
Caminaba por el pasillo cuando una mano firme la detuvo.
—Mi señora, esos ya no son vuestros aposentos.
Lietta se volvió hacia él, confusa. Su mirada se entrecerró al intentar comprender sus palabras, pero tardó unos momentos en procesarlas. Entonces, un destello de realización iluminó su rostro. Por supuesto: ya no era una prometida. Era una esposa. Su esposo. Sus deberes.
Cerlyk la observaba con una sonrisa socarrona, claramente divertido por su confusión.
—Ahora, por derecho y costumbre, habéis de compartir vuestro lecho conmigo —dijo, su tono ligero, casi burlón, con la intención de provocarla.
En lugar de incomodarse, Lietta soltó una carcajada tan sincera que resonó en el pasillo.
—Oh, mi señor, no es menester recordarme las tradiciones. Sé tan bien como vos qué dicta el protocolo... —dijo, sus palabras entremezcladas con risas, antes de añadir con un tono más mordaz—: Y sé, además, que vos tenéis tan poca inclinación a seguirlo como yo misma.
Llegaron juntos a la puerta de lo que habían sido los aposentos de Lietta. Ella la abrió sin dudar, pero antes de entrar, se volvió hacia Cerlyk. Su mirada, a pesar de su embriaguez, fue clara y directa, y durante un breve instante, él pudo vislumbrar en ella algo más que la jovialidad del momento: una chispa de desafío.
Con un movimiento rápido, Lietta se inclinó y depositó un beso ligero en su mejilla, antes de cerrar la puerta con un suave pero firme golpe, diciendo:
—Buenas noches, Cerlyk.
Cerlyk se quedó en silencio, mirando la puerta cerrada. Le había llamado por su nombre, no estaba enfadado. Por el contrario, una sonrisa se dibujó en sus labios, una mezcla de diversión y desconcierto. Lietta no era como había imaginado, y esa realidad lo intrigaba.
Su mano se acercó instintivamente al picaporte, dudando si debería comprobar su estado. Antes de que pudiera decidirse, una voz familiar, suave y cargada de intención, rompió el silencio.
—Permitidle reposar, mi señor. Esta noche ha sido larga para todos.
Cerlyk giró la cabeza y encontró a Oelive apoyada contra la pared cercana, una media sonrisa adornando sus labios. Su figura emergía de las sombras con una elegancia que parecía natural, casi teatral.
—Oelive... —empezó Cerlyk, pero no llegó a continuar.
Ella se acercó con paso lento, midiendo cada movimiento como si bailara al ritmo de una música inexistente. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, inclinó su rostro y dejó que sus labios rozaran el lóbulo de su oreja.
—Dejadla descansar, alteza...divirtámonos.
Sus palabras eran un susurro, pero cargaban un peso que no pasó desapercibido para él.
Cerlyk suspiró, cerrando los ojos un instante. Luego, se volvió hacia ella con una expresión que era mitad sonrisa y mitad reproche.
—Siempre tan atenta, Oelive. Aunque, esta noche como bien has dicho... ha sido larga para todos, incluso yo necesito descanso.
Ella ladeó la cabeza, fingiendo una leve sorpresa, pero sin perder su sonrisa insinuante.
—¿Descanso? —repitió, su tono burlón, mientras colocaba una mano ligera sobre el pecho de Cerlyk—. Tal palabra parece inadecuada para alguien como vos. Pero si así lo deseáis...
Retiró la mano con gracia, dando un paso atrás. Sin embargo, antes de retirarse, inclinó ligeramente la cabeza y añadió:
—No obstante, no olvidéis, mi señor, que os conozco bien. Y sé que pronto el descanso os aburrirá.
Con esa última frase, Oelive se giró y se alejó, su silueta desvaneciéndose en las sombras del pasillo. Cerlyk permaneció un momento inmóvil, mirando primero la puerta cerrada de Lietta y luego el lugar donde había desaparecido Oelive.
Finalmente, con un leve encogimiento de hombros, dio media vuelta y se dirigió hacia sus propios aposentos, dejando que el eco de sus pasos llenara el pasillo vacío.
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Lietta habría continuado durmiendo de no ser por unos golpes suaves, casi tímidos, que resonaron en la puerta de su habitación, recordándole que un nuevo día había comenzado. Su cabeza daba vueltas y apenas lograba recordar los detalles de la noche anterior. No hizo ningún esfuerzo por recuperarlos; prefería dejar que los fragmentos llegaran a su mente a su propio ritmo.
Esta vez, fueron Lissandra y dos criadas las encargadas de prepararla. No había rastro de Oelive, aunque Lietta no pudo evitar preguntarse por ella. Entre los recuerdos nebulosos que lograba reconstruir, uno destacaba: la voz de su nueva dama de compañía resonando tras la puerta antes de que se acostara.
"Divirtámonos."
El eco de esas palabras se instaló en su mente, nítido y perturbador. Lietta sabía que, de no haber estado tan embriagada la noche anterior, habría pasado horas atormentándose, imaginando lo que Oelive y Cerlyk, su ahora esposo podrían estar haciendo. Pero incluso ahora, en la sobriedad del nuevo día, decidió no darle demasiadas vueltas.
Esposo.
La palabra la golpeó de repente, tan contundente como extraña. Ahora estaba casada. Era una realidad que, aunque no terminaba de asimilar, tampoco parecía agobiarla. Lietta se sorprendió al darse cuenta de cuánto había aprendido a desconectar de sus propias preocupaciones. Antes, esto le habría producido noches de insomnio, un incesante repaso de lo que había hecho, lo que había dicho y lo que se esperaba de ella. Pero ahora, su mente parecía tranquila, vacía de ansiedades. Esto la asustó.