Ocho días quedaban para que el reino se sumiera en los eventos más solemnes y significativos de la corte: la Gran Coronación y la Ceremonia de Vida. Si bien la primera era clara en su propósito, como dictaba su nombre, la segunda resultaba un protocolo mucho más intrincado.
La Ceremonia de Vida consistía, según las costumbres, en exhibir el cuerpo embalsamado del monarca difunto en la plaza central del pueblo durante cuatro días, permitiendo al pueblo rendir homenaje con flores, ofrendas y plegarias. Este período marcaba el luto oficial para los súbditos, tras lo cual el cuerpo debía retornar al castillo para ser sepultado. Allí, otros cuatro días de recogimiento aguardaban a la corte, si la nueva realeza decidía cumplir con aquella tradición de clausura y duelo.
Estos rituales abrumaban a Lietta, quien sentía que su espíritu estaba ya agotado tras tantas ceremonias y preparativos de su boda. Deseando rendir su tributo en soledad y alejada de las miradas inquisitivas de la corte, decidió acudir a la cámara donde reposaba el cuerpo embalsamado del antiguo rey. Llevó consigo a Lissandra, pero al llegar, encontró que no estaba sola.
Allí, además de dos mujeres que ungían el cuerpo con aceites perfumados, vio a un hombre de espaldas, envuelto en vestiduras oscuras que denotaban luto. Su porte erguido y la sobriedad de sus movimientos le hicieron reconocerle de inmediato. Al levantar la mano con delicadeza, Lietta hizo un gesto a su dama de compañía, quien entendió la señal y, con una reverencia, se retiró, dejándola atrás.
Avanzando con paso firme y recogiendo la falda de su vestido, Lietta habló con voz serena, aunque firme:
—Vos debéis de ser el nuevo favorito del rey. Yo...
Antes de que pudiera terminar, el hombre se giró, y con una sonrisa calmada respondió:
—Sé bien quién sois, mi señora.
Lietta se quedó inmóvil por un instante. Aquellos ojos azules, los había visto antes. Eran los mismos que los de Cerlyk, pero mientras el príncipe irradiaba astucia y picardía, la sonrisa de aquel hombre era cálida, serena, casi reconfortante. Su piel parecía bañada por los rayos del sol. Su cabello, de un dorado miel, enmarcaba un rostro que parecía esculpido con paciencia.
Sintiendo que se había perdido en su contemplación, Lietta desvió la mirada, avergonzada, y murmuró:
—Conozco vuestra posición, pero desconozco vuestro nombre...
El hombre volvió a interrumpirla, inclinando ligeramente la cabeza en señal de respeto.
—Treblon, mi señora. Treblon Swidgar. A vuestro servicio.
El corazón de Lietta dio un vuelco. Sus sospechas se confirmaron: esos ojos no podían pertenecer a nadie más que a un Swidgar.
—Así que sois... —comenzó ella.
—El hermano del príncipe, así es —respondió él con tranquilidad.
La joven soltó una risa inesperada, poco decorosa para alguien de su rango.
—¿Acostumbráis siempre a terminar las frases de los demás, o es acaso un acto de cortesía hacia mí?
En cuanto las palabras abandonaron sus labios, Lietta se arrepintió. No era propio de una dama de su posición mostrar tal ligereza, pero había algo en la presencia de Treblon que la hacía sentir extrañamente relajada, como si pudiera dejar atrás el peso de los protocolos. Antes de que pudiera disculparse, el joven soltó una risa ligera, una risa que resonó en la sala vacía como una melodía sencilla y sincera.
—Es solo... —comenzó Treblon.
—¿Una costumbre vuestra? —lo interrumpió Lietta, esbozando una sonrisa traviesa.
Treblon asintió con una sonrisa amplia, y por un momento, ambos se quedaron mirándose, como si compartieran una vieja complicidad que aún desconocían.
El momento fue interrumpido por el eco de pasos firmes y deliberados que resonaron en la estancia. Lietta y Treblon se giraron hacia la puerta, donde vieron a Cerlyk observándolos con una media sonrisa en los labios. Fue entonces cuando Lietta notó lo diferentes que eran, pese a compartir aquellos ojos azules. Mientras la mirada de su esposo era aguda y desafiante, casi como una hoja de acero, en Treblon halló únicamente nobleza y calidez.
—Si padre viera cómo en su lecho fúnebre la gente sonríe más de lo que llora, no dudaría en levantarse para recriminarnos, ¿no creéis? —dijo Cerlyk, con evidente ironía, haciendo alusión a la complicidad que había percibido segundos antes entre Lietta y Treblon.
No obtuvo respuesta. Tan solo un par de miradas molestas que se cruzaron con la suya, lo cual pareció divertirle. Sin embargo, su sonrisa se afiló mientras avanzaba con pasos más lentos. No eran pasos cautelosos, sino la pisada medida de un depredador que sabe bien cómo llenar el silencio.
—De una Asharyn lo esperaba —añadió, dirigiéndose a Lietta—, pero de ti, hermanito...
Como si aquella insinuación no mereciera más que un corte directo, Treblon replicó sin vacilar:
—Creí recordar que el más regocijado con su muerte eras vos, hermano.
La sonrisa de Cerlyk se ensanchó ante la respuesta, y con un ademán despreocupado, desvió la conversación. Dirigió su mirada hacia Lietta, y esta vez su tono se tornó más incisivo:
—¿Qué haces aquí...? —comenzó a decir, pero su voz adquirió un deje agrio al añadir con cierta teatralidad— ...con él?
Lietta alzó la mirada, pero su expresión de descontento se desvaneció pronto, dejando paso a una inocencia casi infantil. No había pensado que visitar el lecho del antiguo rey fuese un error. Pero la pregunta de Cerlyk le hizo dudar; sus palabras parecían sugerir que, de algún modo, había actuado imprudentemente.
Lo que no advirtió fue el leve cambio en el semblante de su esposo, cuya mueca de disgusto pareció suavizarse, dando paso a un gesto que casi podría calificarse de arrepentimiento. Tal vez incluso él se dio cuenta de que su tono había sido más severo de lo necesario, o que su reproche estaba más dirigido a su hermano que a ella.
Treblon, siempre sereno, intervino antes de que el silencio se volviera incómodo: