Las plantas diversas y los árboles frutales parecían multiplicarse a cada paso, conformando un oasis que se extendía en un abrazo verde y exuberante. Era como adentrarse en una cueva de vida, aunque si Lietta alzaba la mirada, podía entrever destellos del cielo azul entre las copas de los árboles. En lugar de paredes de piedra, altos arbustos de un verde vibrante bordeaban aquel recóndito lugar, como si quisieran proteger el secreto que allí se escondía. Pero su mirada no se detuvo en el paisaje; algo más reclamaba toda su atención: un diminuto palacio de cristal erguido en el corazón del oasis.
Cubierto de hiedras y enredaderas, el invernadero parecía un vestigio de otro mundo. Las plantas que lo envolvían no lo ocultaban; al contrario, lo realzaban, como si quisieran presentarlo al visitante con orgullo. El vidrio que lo conformaba no era común. Cambiaba con la luz y su entorno: reflejaba los verdes del bosque, el azul del cielo, y de vez en cuando, un destello dorado que recordaba al sol filtrándose entre las hojas. Era una joya viviente, una gema que palpitaba con vida propia.
Lietta, que conocía bien las piedras preciosas gracias a la tradición minera de Bormakon, quedó hipnotizada. Ninguna gema, ni siquiera la más rara, podía compararse con aquello. El invernadero parecía algo más que un edificio; era un testimonio de equilibrio entre la naturaleza y lo construido, un susurro de armonía que le erizó la piel.
—Sabía que te gustaría —murmuró Cerlyk, rompiendo el hechizo con una voz suave y llena de satisfacción.
Lietta no giró la cabeza hacia él, pero sus ojos, todavía prendidos del invernadero, suavizaron su expresión. Aunque no dijo nada, había en su rostro algo que hablaba por ella: un agradecimiento silencioso, un gesto que Cerlyk captó al instante.
—¿Puedo entrar? —preguntó, dejando que su emoción dominara la compostura que solía regir su conducta.
Cerlyk rio como si aquella fuese la pregunta más absurda que hubiese podido oír, una risa franca que pareció iluminar todo el espacio. Lietta, que por un breve instante había temido parecer demasiado impulsiva, sintió cómo esa calidez barría cualquier duda. Sin responder con palabras, él tomó su mano con rapidez, pero lo hizo con una delicadeza que contrastaba con lo decidido del gesto. Juntos caminaron hacia la entrada.
La puerta del invernadero era tan peculiar como el resto de la estructura. De cristal macizo, no permitía ver el interior. Los pomos, tallados en forma de rosas cristalinas, eran intrincados y brillaban como si albergaran luz en su interior. Lietta, aún tomada de una mano de Cerlyk, extendió la otra para tocar uno de ellos. Sin embargo, él soltó su mano antes de que pudiera alcanzarlo y colocó la suya sobre la flor de vidrio.
—Permitidme —dijo con suavidad.
Lietta retiró la mano al instante, con la sensación de haber cometido un error.
—Al igual que las rosas, este pomo tiene sus espinas.
Solo entonces, al observarlo más detenidamente, se dio cuenta de lo que él quería decir. Los bordes del pomo estaban decorados con diminutas protuberancias puntiagudas, casi imperceptibles, pero lo bastante filosas para herir la piel de alguien desprevenido. Cerlyk sujetaba el pomo con un cuidado meticuloso, moviendo los dedos con precisión para evitar dañarse.
—No querría que os lastimaseis —añadió él, como si necesitara justificar un gesto que ya hablaba por sí solo.
Lietta asintió, tomándose un momento para estudiar su alrededor mientras Cerlyk abría la puerta. Un sonido inusual rompió el silencio: no era el chirrido típico de una bisagra, sino un tintineo, como el de campanas diminutas acariciadas por el viento. Lietta contuvo la respiración mientras la puerta se entreabría, y una fragancia cálida y dulce escapó desde el interior.
A simple vista, era evidente que aquel invernadero había perdido su propósito original. Ahora, la naturaleza salvaje parecía haberse adueñado de su interior, devorándolo poco a poco. El canto de los pájaros resonaba en el eco cristalino, creando una acústica mágica, mientras los rayos de sol se filtraban a través de un agujero en el techo. Este detalle sorprendió a Lietta, pues no había notado antes ninguna ruptura en aquella estructura, como si la imperfección hubiera permanecido invisible hasta ese instante.
Sin embargo, lo que capturó por completo su atención fue el pedestal en el que los rayos de sol se posaban, como si señalaran algo trascendental. También hecho de cristal, el pedestal estaba adornado con minuciosos grabados de motivos florales y siluetas abstractas, difusas y difíciles de interpretar. Sobre este, una campana de vidrio brillaba con un tono amarillo extraño, casi antinatural. Aunque el interior de la campana permanecía oculto, el brillo parecía emanar de ella misma, como si contuviera algo vivo o mágico.
Lietta sintió un impulso creciente por descubrir el origen de aquel resplandor, pero esta vez reprimió su curiosidad y giró para mirar a Cerlyk, quien se había quedado apoyado contra la puerta, observándola con una mezcla de expectación y serenidad.
—Es hermoso... —admitió, con una sinceridad que incluso la sorprendió—. Pero, ¿por qué me has traído aquí?
Sabía que Cerlyk no la había conducido hasta ese lugar por mera cortesía. A pesar de lo breve de su convivencia, entendía que él no actuaba sin razón, y menos cuando se trataba de algo tan deliberado como esto.
Cerlyk avanzó hacia ella con pasos tranquilos. Por un momento, su mirada se desvió hacia el vestido de Lietta, ahora deshilachado y desgarrado en la falda. Los hilos sueltos que pendían sobre sus rodillas parecían una representación visual de lo que habían pasado juntos. Él, que había sido el causante de aquel daño, no pudo evitar una mezcla de diversión y vergüenza, aunque se esforzó por ocultar cualquier emoción detrás de una expresión neutral.
Cuando notó que Lietta estaba a punto de descubrir en qué se fijaba, alzó la mirada hacia sus ojos. Luego, como si necesitara distraerse, recorrió el invernadero con la vista, inspeccionando el lugar con una calma calculada, casi como un centinela en busca de señales de algo fuera de lugar. Entonces clavó la mirada en aquella campana de vidrio vibrante.