El Guardián Verde

Capítulo 10

—¿Podríamos acaso abandonar esta dinámica en la que me veo forzada a seguirte a cada rincón? —exclamó Lietta, algo exasperada, mientras caminaba tras Cerlyk por los vastos pasillos del palacio—. Comienza a tornarse rutina. Y si al menos anduvieras con menos prisa...

Al decir aquello, los ecos de sus pasos dejaron de resonar con tanta urgencia, aunque la intensidad se mantenía constante. Lietta sólo podía contemplar la espalda de Cerlyk, iluminada por las llamas titilantes de los candelabros fijados a las paredes, pero no necesitaba verlo para reconocer aquella risa suya: una risa seca, divertida, casi burlona.

—Me alegra saber que ahora tienes la confianza para dirigirte a mí con esa soltura tan poco común en ti... toda una dama cortesana.

Lietta estaba demasiado ocupada tratando de memorizar el recorrido que se limitó a resoplar como contestación.

Esta vez Cerlyk no rió, pero una sonrisa ladeada se dibujó en sus labios, acompañada de un leve arqueo de ceja. No obstante, sin mediar palabra, volvió el rostro al frente y prosiguió con paso firme.

—Al menos podrías decirme a dónde nos dirigimos —insistió Lietta, alzando un poco la voz.

—¿Y para qué te serviría saberlo? Aún no has estado el tiempo suficiente aquí como para reconocer las estancias de este lugar.

Lietta quiso replicar algo, pero no encontró palabras con las que refutarle. Abrió la boca, dubitativa, pero al comprobar su propio silencio, la cerró al instante. Cerlyk, que había advertido la aspereza de su respuesta, se permitió suavizar el tono.

—Vamos a un sitio seguro —dijo finalmente—. Lejos de estos muros que oyen, lejos de techos plagados de ojos.

Instintivamente, Lietta alzó la vista hacia las alturas, intentando descifrar el sentido oculto de sus palabras. No alcanzó a ver nada, pues en ese mismo instante, Cerlyk le tomó de la mano con un gesto firme y la guió por un pasadizo estrecho hasta introducirla en una estancia que ella no supo reconocer. Como bien había dicho él, aún no conocía los rincones de aquel lugar.

Cerró la puerta con discreción, sumiéndolos en una oscuridad absoluta. La alcoba no tenía ventanas, ni candelabros, ni antorchas. Tan sólo sombras.

Tras oírse algunos sonidos bruscos entre las tinieblas, Cerlyk logró encender una lámpara de aceite que iluminó lo justo para que pudieran verse el rostro. Cuando se volvió hacia ella, encontró a Lietta observando el modesto dormitorio con expresión de desdén.

—Vamos, Lietta... Anima ese rostro. Ya van dos veces en este día que te conduzco a sitios recónditos.

—Ni siquiera sé por qué te he seguido esta vez...

—Respuestas —la interrumpió sin mirarla—. Las querías, ¿no es así?

Antes de que Lietta pudiera replicar, él continuó:

—Bormakon. Cuerpo. El reino más terrenal, el del hombre forjado en la piedra. Allí se valora la fuerza, la labor constante. Viven de arrancar las riquezas de la tierra y comerciar con ellas. Es la piel, los músculos, el sudor. Funciona como el cuerpo humano: lógico, resistente, previsor... casi perfecto en su necesidad de mantenerse firme.

—Soy consciente de cómo se rige mi reino —dijo Lietta, aunque se corrigió de inmediato—. Mi antiguo reino...

Cerlyk no se detuvo.

—Ghyaspeder. Mente. Impulsivo, voluble, pero también libre. Cambiante como la conciencia misma. Puede ser cruel, puede ser sabio, pero jamás permanece quieto.

—¿Pretendes instruirme?

Él prosiguió sin mirarla. Y por mucho que aquello pudiera molestarla siguió prestando con contemplación lo que su esposo trataba de relatarle.

—Raagnis. Espíritu. Un reino que escapa a lo tangible, que no se rige por leyes humanas. Es poder sin forma, posibilidad sin límite.

Hizo una breve pausa, tomando aliento.

—Los Tres Grandes. Cada uno necesitaba del otro, pero todos anhelaban el poder. Las guerras eran frecuentes. Las batallas, eternas. Y todo ello... por su culpa.

—El Guardián —dijo Lietta, frunciendo el ceño, con la expresión sombría—. Te dije que conocía la Maldición.

Cerlyk pareció no oírla. Sus ojos se nublaron, como si relatara una historia aprendida de memoria o dictada por algo más fuerte que su propia voluntad.

—Un brujo —prosiguió—. Un ser capaz de hacer posible lo imposible. Acusado de sembrar el caos entre los reinos. No tenía cuerpo, ni mente, ni espíritu. Sólo lo sostenía la Viriladith, una gema única, fuente de un poder inconmensurable. Aquella piedra le concedía dominio sobre lo imaginable... y lo que aún no había sido soñado.

Hizo una pausa. Su mirada parecía encendida por algo más que fuego. En ese instante Lietta tragó saliva, no por incomodidad sino por el fervor que mostraba Cerlyk al relatar dicha historia.

—Los reyes de los Tres Grandes conocieron la existencia de la gema y de él. Durante años lucharon por poseerla. Y cuando las guerras amenazaron con extinguir sus linajes, comprendieron que no podrían vencer por separado. Así que unieron fuerzas. Buscaron la gema. Encontraron al brujo.

Guardó silencio unos segundos, y entonces, con un tono más sombrío, prosiguió:

—Para evitar que uno solo tuviese el poder, partieron la gema en tres, entregando un fragmento a cada reino. Pero la Viriladith no respondía a sus manos. Sólo el brujo podía invocarla. Lo apresaron. Lo torturaron. Y él accedió a otorgarles una falsa paz: unificó los reinos bajo una condición. Una Maldición, en verdad.

Cerlyk se volvió hacia ella. Sus ojos eran dos brasas fijas.

—El linaje debía mantenerse intacto entre Bormakon, Ghyaspeder y Raagnis. Es por ello que nuestros reinos van uniéndonos en matrimonio con cada monarca o su primogénito. Si otro reino que no fuese de los Tres Grandes acabase en su ralea, caerían en un caos progresivo hasta su total aniquilación. No importaba cuál de los tres fallara. El destino alcanzaría a todos por igual. Y así es como aquel brujo se tornó en el creador de una armonía traidora, era ahora el Guardián, así lo llamaron pese a su condición de preso.



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En el texto hay: maldicion, magia, guardian

Editado: 17.09.2026

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