El Guardián Verde

Capítulo 11

Cerlyk miró de arriba abajo a su hermano.

—¿Qué? —dijo al fin, rompiendo el silencio incómodo que tensaba las miradas que se lanzaban como espadas.

—¿Dónde estabas? —preguntó Treblon con voz tajante, como si ya conociera la respuesta pero necesitara oírla de los labios de Cerlyk—. La has llevado ahí, ¿verdad? Al invernadero de madre...

Cerlyk avanzó sin contestar, como si el acto mismo de alejarse pudiese enterrar la acusación.

—Y luego dices que el loco soy yo, por creer en profecías...

Cerlyk se giró, la ira chispeando en sus ojos.

—¿Crees que no lo sé, verdad? —Treblon no se detuvo, se acercó un paso más—. Aunque fueras el favorito del rey, aunque siempre estuvieras con padre... yo te observaba. Vi cómo llevabas a hombres y mujeres a ese lugar. Y siempre... siempre regresabas solo.

La ira de Cerlyk se tornó en confusión.

—Al principio pensé que eran simples amantes. Que los llevabas allí para embelesarlos con el paisaje. Pero... volvías con esa mirada. Esa maldita mirada. Horror. Decepción. Como quien ha matado a un inocente. Estuve a punto de decírselo a padre, pero me lo impedía la promesa que hicimos a madre: no revelar nunca ese lugar. Pero tú... tú llevaste a tantos. Gente que no regresó.

Cerlyk cerró los puños.

—¿Qué pretendes?

—¿Qué pretendes tú, Cerlyk? ¿Matarla? ¿Como hicistes con los otros? ¿Esperar a que fueran a por ese fragmento por ti? ¿A morir tratando de alcanzar la gema de madre? La Viriladith...

—Cállate, hermano —gruñó Cerlyk, con un tono seco, tenso.

—¿Qué ocurrió? ¿Te quedabas sin víctimas y optaste por ella... tu esposa? —Treblon frunció el ceño con asco—. Puedo soportar que me llames loco por creer en las historias de nuestros padres. Puedo soportar incluso que llevaras plebeyos como si fueran peones en un ritual grotesco... Pero no puedo soportar que lo arruines todo. Ni que matéis a vuestra...

—¡No iba a matarla, maldita sea, Treblon! ¡Calla de una vez! —Cerlyk alzó las manos con violencia, pero el temblor en sus dedos delataba su nerviosismo-. Trataba... trataba de que conociera ese lugar justamente para protegerla de él.

—¿Protegerla? —Treblon soltó una risa breve, amarga—. De quien habría que protegerla es de ti.

Con paso firme, Treblon se dio media vuelta y salió de la estancia. Cerlyk, impotente, no lo detuvo. Lo observó desaparecer en el pasillo, y al quedar solo, golpeó la pared con una rabia sorda que resonó en las piedras.

—Un golpe de tal magnitud... solo podía ser hazaña del gran Cerlyk.

La voz, suave y modulada, venía de unos pasos más allá. Pero él no necesitaba girarse para saber quién era.

—Oelive —susurró.

Ella avanzó hacia él con esa cadencia ensayada, elegante, y ese vestido amarillo de terciopelo rígido y suave que se ceñía a su pecho y caía suelto en las piernas. Pequeñas joyas brillaban tanto en el escote como en el bajo del vestido, como si sus costuras respiraran oro.

—Solo tuve que seguir la dirección contraria a la de tu hermano para encontrarte —susurró, rozándole la mejilla con los labios—. ¿No es curioso?

Soltó una risa leve, elegante. Luego apoyó los dedos, los mismos que antes le acariciaban la cara, sobre sus hombros. Las yemas repiquetearon sobre el cuero de su abrigo, y ese sonido, casi imperceptible, provocó en Cerlyk un escalofrío que apenas logró reprimir.

—No es un buen momento...

Oelive alzó la vista, fijándose por primera vez en sus labios. Luego acercó los suyos, apenas un aliento entre ambos.

—¿Cuándo lo es?

Intentó besarlo, pero fueron solo unos mechones rubios los que acariciaron los labios del príncipe. Cerlyk desvió el rostro con suavidad, sin rechazarla por completo, como si su tacto aún le resultara necesario.

—¿Me acabas de ver golpear un muro y pretendes apaciguar mi ira con un beso? —preguntó, con una sonrisa torcida.

—¿Y por qué no? Siempre ha funcionado.

Antes de que él pudiera responder, Oelive lo tomó del cuello y lo atrajo hacia sí. Sus labios se encontraron en un beso intenso, cargado de tensión y costumbre. Él, esta vez, la rodeó por la cintura. Cuando se separaron, con la respiración entrecortada, Cerlyk la observó largo rato, deteniéndose en cada trazo de su rostro.

—Oelive... Si dijera que he hecho daño a mucha gente... y tú fueras mi mujer... ¿me amarías?

La estudió. Esperaba ver un temblor en sus labios, una contracción de sus pupilas. Algo. Pero ella sonrió, tranquila. Sus mejillas se alzaron con la naturalidad de una certeza.

—Nunca dejaría de hacerlo.

—¿Y si nunca lo hubieras hecho? ¿Si jamás me hubieras amado?

Esta vez Oelive se apartó del abrazo y frunció el ceño.

—¿Qué intentáis decirme? ¿Acaso todo esto es por esa mujer...?

—Mi mujer —corrigió Cerlyk con gravedad.

Oelive asintió, apretando los labios. Alzó la vista al techo, soltó una carcajada breve, y volvió a asentir con una calma fingida.

—Vuestra mujer... —repitió—. Decidme, alteza... ¿vuestra mujer podría hacer esto?

Llevó las manos a su espalda y desató algo. El vestido cayó al suelo como un suspiro, dejándola completamente desnuda. No hizo ademán de cubrirse. Le sonrió a Cerlyk con la confianza de quien se sabe deseada. Y él, perplejo, solo pudo devolverle la sonrisa... antes de besarla con una urgencia renovada.

⠈⠂⠄⠄⠂⠁⠁⠂⠄⠄⠂⠁⠁⠂⠄

Lietta susurraba maldiciones mientras avanzaba por los pasillos del palacio. No sabía muy bien hacia dónde dirigirse, hasta que unas voces conocidas, lejanas pero insistentes, la llamaron y la sacaron de su trance.

—¡Su alteeeeezaaaaaaaa! —era Lissandra, corriendo hacia ella sin el decoro típico de una dama de compañía.

Lietta se quedó quieta, observándola con una sonrisa tranquila, esperando a ser alcanzada. Cuando Lissandra llegó a una corta distancia, apoyó las manos en las rodillas y respiró agitadamente.

—Estos trajes no están hechos para una dama como yo... Discúlpadme, pero estaba preocupada. La tempestad se agitó con fuerza y el favorito del rey me indicó que os hallabais fuera con vuestro esposo y... —la doncella se llevó los rizos sueltos que le tapaban la vista tras las orejas e hizo una pausa para recuperar el aliento, consciente de la rapidez de sus palabras. Al reparar en ello, miró a Lietta con preocupación sincera—. Mi señora... Sé que nunca os han inquietado las tormentas, pero se os ve verdaderamente asustada. ¡Ay, no me digáis que habéis estado bajo la lluvia mucho rato! ¡Vuestro cabello podría haber...!



#1333 en Fantasía
#5149 en Novela romántica

En el texto hay: maldicion, magia, guardian

Editado: 17.09.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.