El Guardián Verde

Capítulo 12

— Atentos atentos, pues no repetiré ningún verso, cuenta la historia, dice la leyenda que la Maldición se acerca. Muchas vidas dejaron para poder evitarlo, mas no lo lograron porque el brujo acecha sin descanso. Las quiero, las quiero, él grita sin desvelo: unir esa gema es lo que deseo. Aunque sigue él oculto, perdura su embrujo, la guerra se acerca si no se casa...— El trovador dirigió la mirada a una figura estanca con una caperuza aterciopelada de un morado intenso pero oscuro— ...ella.

La sonrisa del hombre culminó su canto y, con ello, los aplausos y vítores de la multitud comenzaron a florecer. Ninguno, sin embargo, provenía de la figura encapuchada.

—Creo que venir hasta aquí fue mala idea, mi señora —murmuró Lissandra, volviendo el rostro hacia Lietta, que permanecía absorta, sosteniendo la mirada del trovador, quien ahora le devolvía una sonrisa cargada de intención—. Sin guardia ni Oelive... desconocemos este pueblo y sus costumbres.

Lietta alzó la mano con gentileza, pidiéndole silencio, y recolocó la caperuza en un gesto inseguro. Cuando la multitud, aún animada, se agolpó hasta ocultar al trovador entre los pueblerinos, se giró hacia su dama.

—Puede que justamente esa sea nuestra suerte. Nadie nos conoce aquí. Con guardias a nuestro lado, nuestra presencia sería evidente... y no obtendríamos respuestas.

—¿Respuestas? —Lissandra frunció el ceño—. Por los Tres Grandes, Lietta. ¡Esta visita no era solo una curiosidad fortuita por el pueblo que ahora gobernáis! Es por lo ocurrido ayer, bajo la tormenta. Por esa estúpida Maldición inexistente que ha carcomido la cabeza de todos... y que os llevó a ocultar vuestro cabello.

Lietta soltó una carcajada suave y, antes de que Lissandra pudiera detenerla, se deslizó entre los aldeanos.

—Lissa, no os atormentéis mientras el sol aún esté alto. Nos encontraremos aquí cuando el mediodía se acerque.

Lissandra habría replicado de no ser porque un grupo de mercaderes le cerró el paso. Apenas unos instantes bastaron para que quedara absorta ante la cantidad de plantas que uno de ellos le ofrecía.

—¡Oh, por el porvenir! —exclamó—. ¿Eso que huelo es laurel, buen señor?

Tras dejar Lissandra atrás, los pasos de Lietta se volvieron cada vez más decididos. Tan concentrada estaba en alcanzar al trovador que no advirtió en qué momento la capucha dejó de cubrirle la cabeza. Pero el apuro mereció la pena: logró interceptarlo.

Cuando alzó la mano para sujetarlo y obligarlo a girarse, él se volvió por sí mismo, observándola con una diversión que parecía reconocerla... aunque aún no supiera cómo.

—La futura reina de Ghyaspeder me honra con su visita —dijo, retirándose el sombrero bombacho que cubría parte de su cabello corto—. Lo siento, cielo, pero mi momento de canto ha terminado... al menos hasta dentro de tres copas de vino.

La risa del hombre no mitigó el asombro en el rostro de Lietta.

—En mi boda, nadie del pueblo fue al palacio —dijo—. ¿Cómo sabéis...?

—Querida, mi fortuna es saberlo todo de todos en todo —respondió él, acomodándose el sombrero sin demasiado cuidado—. Ahora, si me disculpáis, debo atender asuntos más... regocijantes.

Esta vez, Lietta sí alcanzó su brazo. Antes de que él pudiera darse la vuelta por completo, lo detuvo con un gesto leve, casi desesperado.

—Esperad. Es precisamente por eso que urjo vuestra compañía. Estoy dispuesta a compensar vuestro tiempo.

Extrajo una bolsa y la dejó a la vista del hombre.

—Cada pedazo de él.

Los ojos del trovador se abrieron con genuino interés, y una sonrisa amplia se dibujó en su rostro, un gesto de complicidad que Lietta copió. Él, volvió a colocarse el sombrero sin mucho reparo en hacerlo correctamente, y se podía denotar por lo torcido que estaba en su cabeza.

—Habríais debido empezar por ahí, Lietta.

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Treblon apretaba los puños con tal fuerza que los nudillos amenazaban con rasgar la piel, solo los viejos callos de sus manos evitaban que se lastimara a sí mismo. Cada una de sus pisadas iba precedida por un gruñido sordo, un bufido de animal acorralado. La furia que crispaba sus facciones no se disipó al llegar a su destino; al contrario, estalló cuando empujó la puerta de par en par.

En la penumbra de la estancia yacía su hermano, sumido en un sueño plácido. A su lado descansaba Oelive, la hermosa dama de la corte. Sin embargo, no había ni rastro de lo que él buscaba.

—¡¿Dónde está?! —bramó, plantándose ante el lecho—. ¡Despierta, necio!

Cerlyk no pareció inmutarse ante la violenta irrupción. Aun así, juzgando prudente no tentar a la suerte, decidió desperezarse con una calma impasible, el rostro sereno. Esa paz, no obstante, se vio rota cuando los rayos del sol le dieron de lleno en la cara, provocándole una mueca de fastidio, todo causado por un desajuste en las cortinas, que el mismo Treblon había hecho en su entrada torrencial, y que filtraba la luz de la mañana.

Por su parte, Oelive, que en realidad permanecía despierta desde que escuchó los pasos del favorito del rey aproximarse por el corredor, mantuvo los ojos entornados y dibujó una sutil media sonrisa.

—¿A qué se debe tanta desesperación, hermanito...? —murmuró Cerlyk, mientras Oelive disimulaba un bostezo, fingiendo despertar con estudiada serenidad.

—¡Tu esposa, lerdo! ¡¿Dónde tienes a Lietta?! —interrumpió Treblon.

Se abalanzó sobre su hermano con ansia y lo sujetó con firmeza por el cuello de la túnica que Cerlyk apenas se había cruzado a las prisas sobre el pecho, y le siseó al oído:

—Como le hayas hecho algo...

La dama de compañía se tensó ante la violencia del gesto. Se vio obligada a intervenir, a pesar de estar aún vistiéndose a regañadientes tras incorporarse del lecho. Tomó aire con ligereza y forzó una sonrisa seductora.

—Os ruego calma, gran noble —intercedió Oelive—. Desde luego, si es a Lietta a quien buscáis, aquí no está.



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En el texto hay: maldicion, magia, guardian

Editado: 17.09.2026

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