Consejos de Muerte
El viejo sedán de la familia Park traqueteaba por los caminos de tierra de Guseong. Adentro, el aire estaba tenso. Daniel Park miraba por la ventana, viendo pasar arrozales y tractores, sintiendo que iba camino al matadero. En su antigua escuela en Seúl era el saco de boxeo favorito de todos; aquí, en medio de la nada, sentía que nadie encontraría su cuerpo.
Su papá, un hombre que veía demasiadas películas de acción antiguas, rompió el silencio.
— Hijo, escúchame bien. Esta es tu oportunidad de empezar de cero. Guseong no es Seúl. Aquí la gente es... rústica. Entienden un solo idioma.
—¿El de los golpes? —murmuró Daniel, abrazando su mochila.
— Exacto. La ley de la selva, hijo. Si te ven débil el primer día, ya acabaste. Te van a comer vivo. Así que hazme caso: Entra a ese salón, busca al tipo más grande, al que tenga cara de pocos amigos, y rétalo.
— Papá, si hago eso me van a matar. Literalmente.
—¡No! —gritó el papá, golpeando el volante. — ¡Es psicología! Aunque te partan la cara, van a decir: "Vaya, este chico es valiente". El respeto se gana con sangre o con finta. Tú eliges.
Daniel tragó saliva. Miró la chaqueta de cuero de segunda mano que su papá le había comprado en un mercado de pulgas. Tenía un águila o un halcón medio despintado en la espalda.
— Me veo ridículo con esto —pensó Daniel. — Me veo como un wannabe que pide a gritos una golpiza.
La Leyenda en los Pasillos
Mientras tanto, en la Escuela Agrícola de Guseong, el ambiente estaba que ardía. En la parte trasera del edificio, donde los profesores no se asomaban, Do-yun estaba sentado sobre una mesa vieja, fumando un cigarro. A su lado estaba El Tanque, un tipo enorme que apenas cabía en su uniforme, y Chul-soo, un flacucho con lentes que corría hacia ellos casi tropezándose.
—¡Jefe! ¡Jefe! —gritó Chul-soo, recuperando el aire. — Ya está confirmado. El director recibió los papeles.
Do-yun tiró el humo con calma, pero sus ojos delataban nerviosismo. — ¿Viene hoy?
— No sé si hoy, o mañana... pero viene. —Chul-soo bajó la voz. — Dicen que lo expulsaron de su última escuela porque mandó al hospital a tres tipos él solito. Le dicen "El Halcón".
— ¿El Halcón? —preguntó El Tanque, rascándose la cabeza. — ¿Como el pájaro?
— Como el depredador, imbécil —le corrigió Do-yun. — He oído de él. Se llama Daniel. Dicen que pelea como una bestia y que no tiene piedad.
Un silencio pesado cayó sobre el grupo. Do-yun era el rey de la Escuela Agrícola de Guseong, pero sabía que su reinado era local. Un monstruo de otro lugar como "El Halcón" era otra liga.
— Escuchen bien —dijo Do-yun, tirando la colilla y pisándola. — Si ese tal Daniel asoma la cara, no hacemos nada estúpido. Primero vemos qué trae. No quiero que me rompan la nariz el lunes por la mañana.
La Entrada del "Monstruo"
La campana sonó. El profesor de matemáticas, un señor cansado de la vida, entró al salón 2-B, seguido por un chico que caminaba como si tuviera una varilla en la espalda. Era Daniel Park.
Estaba rígido del terror. El consejo de su padre resonaba en su cabeza: "Cara de malo, cara de malo". Así que frunció el ceño, apretó la mandíbula para que no le temblaran los dientes y caminó lento.
Para los estudiantes de Guseong, esa rigidez no parecía miedo. Parecía una arrogancia letal. Daniel Park llevaba esa chaqueta de cuero vieja. Al girarse para escribir su nombre en el pizarrón, todos vieron el dibujo en su espalda: Un Halcón.
Un murmullo recorrió el salón como pólvora.
— ¡Es el halcón! —susurró Chul-soo desde atrás. — ¡Mira la chaqueta!
El profesor golpeó el pizarrón. — Silencio. Este es el nuevo estudiante transferido. Su nombre es Daniel Park.
Todos escucharon su nombre: Daniel. Do-yun se tensó en su silla. — Maldita sea, llegó hoy. Y miren esa cara... ni siquiera parpadea. No le importa nada.
De repente, el celular del profesor sonó, él contestó la llamada y salió del aula.
Daniel Park terminó de escribir su nombre. Sus manos sudaban frío. Sabía que tenía que hacerlo ahora o nunca. Escaneó el salón. Sus ojos se toparon con Do-yun, quien estaba sentado al fondo, rodeado de su aura de "jefe".
— Es ese —pensó Daniel Park. — Ese es el que me va a matar.
El salón estaba en silencio total. Daniel respiró hondo, cerró los puños (para esconder el temblor) y, con la voz más grave que pudo fingir, soltó:
— No vine aquí a hacer amigos. —Miró directamente a Do-yun. — ¿Quién de ustedes cree que puede vencerme? Que levante la mano ahora mismo.
Daniel cerró los ojos por un microsegundo, esperando el sonido de una silla arrastrándose y el impacto de un puño en su cara. "Ya viene. Adiós mundo", pensó.
Pero no hubo golpe. Hubo una risa nerviosa. Do-yun se echó hacia atrás en su silla, levantó las manos en señal de paz y sonrió forzadamente. — Tranquilo, amigo. —La voz de Do-yun sonó conciliadora. — Aquí nadie quiere problemas contigo. Sabemos quién eres... Halcón. Bienvenido a Guseong.
Daniel parpadeó, confundido, pensó: ¿Halcón? ¿De qué demonios están hablando? Pero vio las caras de los demás. No había burla. Había miedo. El Tanque miraba al suelo. Chul-soo estaba pálido.
En este momento el profesor regresó, ajeno a la tensión criminal, señaló un escritorio vacío. — Siéntate ahí, Park. Y quítate esa chaqueta, hace calor.
Daniel caminó hacia su asiento. Sus piernas parecían de gelatina, pero para el resto de la clase, ese caminar tambaleante era simplemente el paso despreocupado de un gánster que acababa de someter a toda la escuela sin lanzar un solo golpe.
Se sentó. Nadie se atrevió a mirarlo a los ojos. Daniel exhaló. Había sobrevivido. Por ahora.
La Realeza No Barre
La última clase había terminado. El profesor apenas cruzó la puerta cuando Min-jae, el delegado de la clase, un chico bajito, con lentes gruesos y que siempre seguía las reglas al pie de la letra, se acercó al escritorio de Daniel Park con una lista en la mano.