Habían pasado un par de días desde el incidente del fútbol y Kang-dae "Puños de Acero" no aguantaba más. La duda le carcomía las entrañas. Aprovechando el recreo, acorraló a Daniel Park detrás del gimnasio, lejos de los profesores. Do-yun, Chul-soo y el resto de la banda llegaron de inmediato para ver el espectáculo.
— Ya estuvo suave —gruñó Kang-dae, tronándose los nudillos. — Caminas raro, no tienes callos en las manos y te asustas cuando suena el timbre. Yo digo que eres puro cuento.
Daniel Park sintió que el desayuno se le subía a la garganta. Estaba acorralado contra una pared de ladrillo.
— Kang-dae, no hagas esto... —intentó decir Do-yun, pero se detuvo. En el fondo, él también quería ver una demostración real.
—¡Demuéstrame que eres el Halcón! —rugió Kang-dae, lanzando un derechazo cargado con todo su peso, un golpe diseñado para terminar la pelea en un segundo.
Para Daniel, el mundo se detuvo. El puño de Kang-dae parecía un proyectil directo a su nariz. El pánico le bloqueó el cerebro y sus piernas reaccionaron por puro instinto de huida. Intentó dar un salto desesperado hacia la izquierda, pero su pie aterrizó justo sobre una lata de refresco abollada.
El resbalón fue violento. El pie de Daniel salió disparado hacia adelante y él se fue de bruces contra el asfalto. Ese movimiento patético fue lo que lo salvó: el puño de Kang-dae pasó zumbando por el espacio donde, un milisegundo antes, estaba la mandíbula de Daniel.
Kang-dae, que había puesto toda su potencia en un golpe que no encontró resistencia, perdió el centro de gravedad por completo. La inercia lo arrastró hacia adelante como un tren sin frenos. Al intentar dar un paso para no caer, sus pies se enredaron con las piernas de Daniel.
El tropiezo fue fatal. Kang-dae salió proyectado de cabeza, sin tiempo de meter las manos.
¡CLACK! El sonido de su frente impactando contra el muro de ladrillos fue seco y pesado. Kang-dae rebotó ligeramente y se desplomó como un fardo de carne, con los ojos en blanco y la respiración pesada. Inconsciente antes de tocar el suelo.
Daniel abrió un ojo con cautela, esperando sentir el siguiente golpe. En lugar de eso, vio al gigante de Guseong derribado a su lado. Se levantó de un salto, sacudiéndose el polvo de sus pantalones con manos temblorosas, mientras intentaba procesar que, ante los ojos de los demás, acababa de "esquivar y derribar" al tipo más rudo de la escuela con un movimiento invisible.
Hubo un silencio sepulcral. Luego, Chul-soo soltó un silbido. —¡No puede ser! —exclamó Chul-soo. — ¿Vieron eso? ¡Esquivó el golpe agachándose y le metió una zancadilla invisible! ¡Ni siquiera tuvo que usar las manos!
Do-yun miró a Kang-dae inconsciente y negó con la cabeza, sonriendo. — Eres un imbécil por retar así al Halcón. Te lo buscaste, "Puños de Acero". O más bien, "Puños de Aire".
Daniel, aprovechando el milagro, se acomodó la chaqueta y miró a los demás con (falsa) indiferencia. — Me voy a comer. Limpien esto.
La "Dolce Vita" del Halcón
Pasó una semana. La historia de cómo "The Hawk" noqueó a Kang-dae sin tocarlo se volvió leyenda.
Daniel Park ya no caminaba encorvado. Ahora caminaba por el centro del pasillo y, como Moisés abriendo el mar, los estudiantes se apartaban a su paso. —Buenos días, hermano mayor —le decían los de primero, haciendo reverencias.
En la cafetería, ya no hacía fila. Le traían el pan de melón más fresco y la leche de fresa directo a su mesa. Daniel mordió su pan, mirando por la ventana. "Esto es vida", pensó, sintiéndose intocable. "En mi escuela anterior me robaban el dinero del almuerzo. Aquí soy el rey".
Ya se sentía cómodo con la banda. Reía de los chistes de Do-yun (aunque fueran malos) y hasta le daba "consejos" de vida a Chul-soo. Se estaba olvidando de que todo era una mentira.
El Encuentro con la Técnica
Viernes por la tarde. El grupo caminaba por el centro del pueblo, sintiéndose dueños de la banqueta. De repente, al doblar una esquina cerca de la parada de autobús, se toparon de frente con cinco chicos con uniformes grises llenos de grasa y aceite. Eran los de la Escuela Técnica.
El líder de los técnicos, un tipo con una cicatriz en la frente, escupió al suelo. —Miren qué trajo la basura... los granjeros de la Agrícola.
Do-yun, inflado de confianza porque traía a su "arma nuclear" al lado, dio un paso al frente. — ¿Qué hacen aquí? Este es nuestro territorio. Lárguense a arreglar lavadoras antes de que me enoje.
Los de la Técnica se tensaron. —¿Tú y cuántos más, Do-yun? —retó el líder técnico, sacando una llave inglesa del bolsillo. — Hoy te voy a bajar esos dientes.
Do-yun soltó una risa arrogante y señaló a Daniel, que estaba atrás intentando hacerse invisible. — ¿No escucharon las noticias? Estamos con El Halcón. Si dan un paso más, no se atreverán a volver a respirar cerca de él.
Todas las miradas cayeron sobre Daniel. Los de la Técnica habían oído los rumores. El líder técnico dudó un segundo, pero el orgullo pudo más. — ¿Ese flacucho? —dijo el líder, aunque con voz menos firme. — A ver si es cierto que vuela.
Daniel sintió que se desmayaba. Eran cinco contra cuatro, y uno traía una llave inglesa. No podía pelear. Si lanzaba un golpe, se acababa la farsa. Tenía que usar la cabeza.
Recordó una escena de una película de gánsteres. “Los locos dan más miedo que los fuertes”.
Daniel dio un paso adelante, despacio. No levantó los puños. En su lugar, se metió las manos en los bolsillos, ladeó la cabeza y se quedó mirando fijamente, sin parpadear, a los ojos del líder técnico. Mantuvo la mirada fija, con una expresión vacía (que en realidad era parálisis por miedo), y empezó a tararear una canción infantil muy bajito y desentonado.
El líder técnico sintió un escalofrío. “¿Qué pasa con este tipo? No se pone en guardia... me está mirando como si fuera a comerme”.