En el recreo, el "Estado Mayor" de la escuela (Do-yun, Kang-dae, El Tanque y Daniel Park) estaba bloqueando la entrada del baño, cobrando "peaje" o simplemente perdiendo el tiempo.
Daniel Kang se acercó, caminando directo hacia la puerta, como si ellos no existieran. Kang-dae "Puños de Acero", que seguía buscando a alguien con quien desquitarse, estiró el brazo y le bloqueó el paso.
— Oye, novato —dijo Kang-dae con una sonrisa burlona. — Danos un cigarro. Queremos fumar.
Daniel Kang se detuvo. Lo miró a los ojos, sin parpadear. — No fumo.
Intentó rodearlo, pero Kang-dae lo empujó de vuelta. — No te estoy preguntando si fumas o no, imbécil. Te estoy pidiendo que consigas cigarros. Ahora.
El ambiente cambió en un segundo. Daniel Kang ladeó la cabeza ligeramente. Sus ojos se volvieron dos pozos negros, fríos como el hielo. No había miedo, había... aburrimiento. Una amenaza silenciosa.
Kang-dae, sintiéndose desafiado por esa mirada, lo agarró violentamente del cuello de la camisa. — ¿Qué me ves así, estúpido? —gritó Kang-dae, levantando el puño. — ¡Te dije que traigas cigarros o te rompo la cara!
Daniel Park, que estaba recargado en la pared tratando de verse "cool", sintió una alarma de pánico en su cerebro. Su instinto de supervivencia, afilado por años de ser víctima, le gritó: "Peligro. Ese chico no es normal. Si Kang-dae le pega, algo muy malo va a pasar". No sabía si era malo para el nuevo o para Kang-dae, pero olía a sangre.
—¡Hey! —intervino Daniel Park, poniendo una mano sobre el hombro de Kang-dae, — Suéltalo.
Kang-dae se giró, sorprendido. —Pero Jefe, este novato me está mirando feo...
— Es su primer día, Kang-dae —dijo Daniel Park con voz firme (aunque por dentro rezaba). — No queremos manchar el piso hoy. Déjalo en paz. Ya habrá tiempo para enseñarle modales.
Kang-dae refunfuñó, pero la orden del "Halcón" era ley. Soltó la camisa de Kang de golpe. — Tienes suerte de que el jefe está de buen humor —le escupió Kang-dae. — Ahora lárgate.
Daniel Kang se acomodó el cuello de la camisa con calma. Miró a Daniel Park por un segundo. No dijo gracias. Solo lo analizó, como un científico viendo un bicho raro, y entró al baño inmutado.
—Qué tipo tan raro —pensó Daniel Park, soltando el aire. — Ni siquiera tembló.
Dos Danieles
Al día siguiente, a la hora del almuerzo, mientras la mayoría comía en grupos ruidosos, Daniel Kang estaba sentado solo en una esquina. Comía en silencio de un recipiente sencillo: una porción de arroz acompañada de carne asada y huevos revueltos.
Daniel Park lo vio. Sentía una extraña curiosidad y además, necesitaba aliados que no fueran delincuentes psicópatas. Tomó su bandeja y se sentó frente a él.
El verdadero Halcón levantó la vista, masticando despacio.
—¿Qué tal? —empezó Park, tratando de sonar casual. — Mi nombre también es Daniel. Daniel Park.
Kang tragó y asintió levemente. — Ya sé quién eres. Todos hablan de ti. El "Halcón".—dijo Kang, siguiendo el juego.
Park sintió que se ponía rojo, pero lo disimuló tosiendo. — Ah, sí... ya sabes, la gente exagera. Oye... gracias por no decir nada ayer. Y perdón por mis amigos, son unos idiotas.
— No son tus amigos —dijo Kang. Fue una afirmación, no una pregunta.
Park se quedó helado un segundo, pero decidió ignorar la profundidad de ese comentario. — Bueno... solo quería decirte que gracias por no buscar problemas. —Park se inclinó un poco hacia adelante, en modo confidente. — Querían pelear contigo en tu primer día. Hubiera sido feo.
Kang dejó los palillos sobre la mesa. — ¿Feo?
— Sí, ya sabes. Kang-dae es pesado. —Park sonrió amablemente. — Pero no te preocupes. Aquí tenemos que ayudarnos unos a otros. Los que nos llamamos Daniel, ¿no? Si alguien te molesta, solo dime. Yo me encargo.
Kang miró al chico frente a él. Al impostor que usaba su apodo y que claramente no sabía pelear, ofreciéndole protección a él, la leyenda de las calles, la pesadilla de Incheon. La ironía era deliciosa.
Lentamente, una sonrisa se dibujó en la cara de Kang. No era una sonrisa amable. Era una sonrisa de tiburón que acaba de encontrar una foca divertida. Una sonrisa de depredador.
— Gracias, Daniel —dijo Kang suavemente. — Lo tendré en cuenta.
Park se sintió bien consigo mismo. Había hecho una buena acción. No notó que, por primera vez en semanas, estaba sentado frente a un peligro real.
Vecinos Inesperados
La campana final había sonado. Park caminaba hacia su casa, pateando piedritas, cuando se dio cuenta de que alguien caminaba a su ritmo un par de metros atrás. Era Kang.
— ¿Vives por aquí? —preguntó Park nervioso.
— En la colina, pasando el viejo mercado —respondió Kang con las manos en los bolsillos, tranquilo.
— Ah... yo también. Bueno, dos calles antes.
Caminaron en un silencio extraño. Park no podía dejar de mirar de reojo la cicatriz en la ceja izquierda de Kang. Se veía... auténtica. Una marca de guerra real, no como la chaqueta de segunda mano que Park usaba para fingir.