El Heredero y La Jaula de Oro
Un salón de clases en la preparatoria Gangnam, Seul. Escritorios de madera fina, ventanales que ofrecían una vista impresionante de los rascacielos de Seúl, pero la atmósfera era tensa.
Jae-won se hundió en su asiento. Deseaba que su uniforme gris, impecable y costoso, tuviera el poder de hacerlo invisible. Su flequillo largo y despeinado era su único escudo; le cubría parte del rostro, ocultando el brillo del miedo en sus ojos. Parecía un personaje de una tragedia silenciosa, siempre buscando la sombra para no ser notado.
En cuanto la profesora de literatura cruzó el umbral de la puerta al terminar la clase, el aire se volvió pesado. Era la señal que los depredadores esperaban.
—Vaya, vaya. Miren a quién tenemos aquí. ¿La ratita Jae-won sigue respirando? —La voz de Min-jun era tan pulcra como su peinado, pero cargada de una arrogancia letal. Min-jun era el heredero de un imperio farmacéutico, alguien que creía que el mundo era su patio de juegos y las personas, sus juguetes.
Sung-ho, su sombra y secuaz, soltó una carcajada seca.
—¿Ya escucharon? —continuó Min-jun —. Dicen que las ratas de alcantarilla ahora usan perfume caro. Pero por más que se bañen, siguen oliendo a miedo.
Min-jun se levantó con una elegancia que daba náuseas. Se acercó al pupitre de Jae-won, seguido por Sung-ho, quien ya tenía esa sonrisa de hiena hambrienta.
— Oye, Jae-won —dijo Min-jun, inclinándose sobre él hasta que Jae-won pudo oler su loción cítrica—. Me contaron que ayer te vieron llorando en la biblioteca. ¿Es cierto?
Jae-won no respondió. Sus dedos se enterraron en la tela de sus pantalones sobre las rodillas. Quería decir algo, quería mandarlo al diablo, pero la voz se le quedaba hecha un nudo en la tráquea.
Jae-won se puso de pie bruscamente, tirando casi su mochila.
— Tengo... tengo que irme —balbuceó, tratando de pasar entre ellos.
— ¡Hey! Todavía no te doy permiso de moverte, basura —Min-jun le puso una mano en el pecho, empujándolo levemente—. Aprende modales. Si te hablo, te quedas. ¿Entendido?
Jae-won aprovechó un descuido y salió casi corriendo del salón, escuchando las carcajadas de los dos bullies resonando en el pasillo como ecos de una pesadilla.
Entró al baño de la escuela, con el corazón martilleando contra sus costillas. Se apoyó en el mármol frío del lavabo y abrió la llave del agua. Se mojó la cara, pero al levantar la vista, el espejo le devolvió una imagen que odiaba. Vio a un chico con rasgos perfectos, una mandíbula que podría haber sido de modelo, pero con los hombros caídos y una expresión de derrota absoluta.
— Ojalá fuera otra persona —susurró, con el agua goteando de su barbilla—. Alguien que no tenga miedo de respirar.
De repente, la puerta se abrió de golpe. Min-jun y Sung-ho entraron con la calma absoluta de quien sabe que tiene a su presa acorralada.
— Oye, "Príncipe" —dijo Min-jun, dándole una palmadita humillante en la mejilla—. ¿Por qué me evitas? Solo queríamos charlar contigo, ¿verdad, Sung-ho?
— Claro, solo una pequeña charla de amigos —secundó Sung-ho con una sonrisa burlona.
Un estudiante que estaba lavándose las manos salió apresuradamente, bajando la mirada al sentir la tensión. Min-jun lo despidió con un gesto de asco.
— Cierra la puerta, Sung-ho. No queremos que nadie interrumpa nuestro diálogo —ordenó Min-jun.
El sonido del cerrojo al encajar retumbó en las paredes de azulejo.
— Por favor... basta —suplicó Jae-won, retrocediendo hasta chocar con el borde del lavabo.
— ¿Basta? Recién empezamos —Min-jun le dio otra palmadita en la mejilla, un gesto degradante que le quemó la piel a Jae-won—. ¿Sabes por qué te tratamos así? —Min-jun se acercó, invadiendo su espacio personal—. No es porque seas un bicho raro. Es porque... eres débil. Das asco. Tu padre seguramente murió de vergüenza por tener un hijo que no sirve para nada.
Ese comentario dolió más que cualquier golpe. Las lágrimas empezaron a nublar la vista de Jae-won.
— No hables de mi padre.
— ¡Ah, miren! ¡La ratita tiene voz! —exclamó Sung-ho.
— Por favor... déjenme ir... —suplicó con un hilo de voz.
— El Príncipe quiere irse —anunció Min-jun, señalando el inodoro abierto—. Ayúdalo a que se refresque primero. ¡Parece que tiene mucha sed!
Sung-ho agarró a Jae-won por la nuca y, con una fuerza bruta, empujó su cabeza hacia el agua del inodoro. Jae-won forcejeó, pateó y trató de zafarse, pero la fuerza de Sung-ho era superior. Lo arrastró hacia uno de los cubículos y lo obligó a arrodillarse frente al inodoro.
—¡Bebe un poco, Príncipe! ¡A ver si así se te quita lo cobarde! —gritó Min-jun entre risas.
Sintió el agua fría y el olor a cloro invadiendo sus fosas nasales mientras Sung-ho sumergía su cabeza en inodoro una y otra vez. El pánico se apoderó de él; el sonido del agua borboteando y las risas de los otros se mezclaban en un caos sordo. Cuando finalmente lo soltaron, Jae-won cayó al suelo de azulejos, tosiendo, con el uniforme empapado y el alma por los suelos.