El Halcón y el Heredero

Capítulo 10. El Inicio del Intercambio

Un día después. Jae-won bajó del autobús en Goseong con el corazón latiéndole a mil. Se sentía desnudo sin su cabello largo cubriéndole los ojos. Ya llevaba un parche médico sobre la ceja izquierda. La cicatriz le picaba un poco, pero se aguantó las ganas de rascarse.

Caminó hacia la dirección que Daniel le había dado, tratando de imitar ese caminado arrogante y despreocupado de él. Por fuera, intentaba proyectar al "Halcón"; por dentro, se sentía como un impostor a segundos de ser descubierto.

Las casas eran modestas, apretadas unas contra otras, con techos de teja azul o naranja que habían visto mejores tiempos. El aire olía distinto a Seúl: no había smog, sino un aroma penetrante a tierra húmeda, humo de leña y fertilizante agrícola. Era un olor crudo, real.

Finalmente, llegó a una casa pequeña con el portón despintado y un patio delantero lleno de cachivaches: una bicicleta oxidada, macetas rotas y herramientas de campo. Nada que ver con el mármol pulido de su mansión en Gangnam.

Respiró hondo, contó hasta tres y abrió la puerta sin tocar, tal como le había instruido Daniel ("Es tu casa, idiota, no toques").

— Hasta que apareces —dijo una voz seca desde la cocina.

Era la tía de Daniel – Hee-soo. Una mujer de rostro cansado y ceño fruncido, que picaba verduras con fuerza excesiva, como si estuviera enojada con los rábanos. Ni siquiera volteó a verlo.

— Sí... ya llegué —murmuró Jae-won, intentando que su voz sonara grave

— ¿Cómo fue tu día? — preguntó ella sin dejar de picar. No sonaba a interés genuino, sino a un interrogatorio preventivo —. Espero que no hayas golpeado a nadie o no te hayas metido en algún otro lío. Ya tengo suficientes problemas como para que el director de tu escuela me vuelva a llamar.

Jae-won parpadeó. Estaba acostumbrado a los insultos de Min-jun, pero esta hostilidad doméstica era nueva.

— No... todo tranquilo —respondió Jae-won con una cortesía automática.

El sonido del cuchillo se detuvo en seco. Hee-soo se limpió las manos en el delantal y lo miró por primera vez. Sus ojos escanearon su rostro hasta detenerse en el parche blanco sobre la ceja. Su expresión se agrió al instante.

— Otra vez —soltó con un suspiro de desagrado—. ¿Con quién peleaste ahora? ¿A quién golpeaste? ¿Sigues juntándote con esa pandilla de vagos?

— No —se apresuró a decir Jae-won, negando con la cabeza—. Lo prometo, no me metí en ninguna pelea. Esto... tuve un pequeño accidente en la clase de educación física. Me tropecé.

Hee-soo lo miró con incredulidad, pero estaba demasiado cansada para discutir.

— Pues más te vale. Porque si te vuelven a denunciar a la policía por romperle la nariz a otro chico, esta vez no te vamos a salvar. Vas a tener que arreglártelas tú solo. Lávate las manos, vamos a cenar.

La Cena del Impostor

La mesa era pequeña, de patas desiguales, y cojeaba un poco. Se sentaron los cinco: la tía; su marido, un hombre silencioso y curtido que solo miraba su plato como si fuera lo más interesante del mundo; y los dos primos de Daniel: Ji-hoon, de trece años, y Su-jin, de once.

Jae-won notó el contraste brutal con el comedor de su casa en Seúl, donde su madre cenaba sola en una mesa enorme de caoba, a menudo acompañada solo por una botella de vino. Esta mesa era apretada, los codos chocaban, era incómoda... pero se sentía más vivo.

La cena era sencilla: estofado de kimchi, arroz blanco y algunos acompañamientos básicos. Para Jae-won, acostumbrado a banquetes fríos o comida rápida en su habitación, el vapor de la olla caliente se sentía extrañamente reconfortante.

Sin pensarlo, Jae-won tomó sus palillos con elegancia, mantuvo la espalda perfectamente recta y esperó pacientemente a que el tío levantara su cuchara antes de empezar, tal como dictaba la estricta etiqueta de la alta sociedad.

— Gracias por la comida —dijo Jae-won con una voz suave y educada, haciendo una leve reverencia de cabeza.

El sonido de los cubiertos se detuvo. Un silencio pesado cayó sobre la mesa.

Todos lo miraron.

— ¿Qué te pasa? —preguntó Ji-hoon, el primo, con la boca llena de arroz—. ¿Por qué hablas así?

— ¿Así cómo? —Jae-won sintió el pánico subirle por el cuello.

— Diste las gracias —intervino Hee-soo, mirándolo con sospecha, con los palillos suspendidos en el aire—. Y estás comiendo como si estuvieras en una cena con el presidente. No sorbes la sopa, te sientas derecho... Pareces un robot.

Jae-won se congeló. ¡Rayos! No me estoy comportando como Daniel. Daniel seguramente devoraría todo sin hablar.

— Ah... es que... tengo dolor de garganta —improvisó Jae-won, sintiendo el sudor frío en la espalda—. Y me duele un poco el cuerpo por el golpe de educación física, por eso me siento así.

Para compensar, agarró un pedazo grande de kimchi con los palillos, se lo metió a la boca de una forma un poco más tosca. — Y tengo mucha hambre —añadió con la boca llena.

Hee-soo negó con la cabeza, perdiendo el interés.

Ji-hoon, le dio un codazo suave. — Oye, hyung (hermano mayor), ¿es cierto que te peleaste con los de la escuela técnica? —preguntó el chico con un brillo de admiración en los ojos—. Mis amigos dicen que eres una leyenda.



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En el texto hay: gemelos, bullying escolar, badboy peleas y dolor

Editado: 17.02.2026

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