El Halcón y el Heredero

Capítulo 14. El odio a la Debilidad

El Pozo de Vino y la Piedad Violenta

Era una tarde. Daniel entró a la mansión después de regresar de la escuela; Min-jun y Dong Min ahora se apartaban a su paso como súbditos. Se sentía poderoso, dueño de todo, pero al cruzar la puerta, la atmósfera lo golpeó. El silencio de la casa era pesado, solo interrumpido por el zumbido del refrigerador.

Caminó hacia su habitación. Pero en el camino, en la sala vió a Ji-eun. Estaba ahí, desparramada en el sofá de terciopelo, con la mirada perdida en un punto muerto de la pared y una botella de vino tinto colgando peligrosamente de su mano flácida.

Daniel se detuvo a observarla. Se veía patética. Una mujer hermosa, rica, con una casa que parecía fortaleza, y decidía anularse.

Él veía el mismo patrón día tras día: ella hundida en la depresión, ahogándose en alcohol o, de plano, durmiendo para escapar. Decidía no existir. Daniel había visto a gente pelear por un pedazo de pan en la calle. Ver a alguien desperdiciarse así, teniendo todo, le provocaba náuseas.

Al principio, Daniel no le había puesto mucha atención. Era un drama ajeno. Normalmente la ignoraría, subiría a su cuarto, pediría pizza con la tarjeta negra y se olvidaría de ella.

Pero esta tarde, al ver el patético estado de la mujer y su derrota, algo tronó dentro de Daniel. No sabía por qué, pero sintió una punzada de lástima... o quizás, asco puro hacia la rendición absoluta. Era la imagen viva de la debilidad que tanto detestaba, la misma que había visto en el Jae-won original.

Daniel cruzó la sala con pasos pesados. Se paró frente a ella, bloqueando la luz de la lámpara. Ji-eun ni siquiera parpadeó; parecía una muñeca rota.

Sus cejas se fruncieron y apretó los puños, luchando contra el impulso de gritar o romper algo. Finalmente, actuó. De un manotazo brusco, le arrancó la botella de la mano. El vino salpicó un poco en la alfombra cara, pero a Daniel no le importó un carajo.

—¡Hey! —gritó él para sacarla del trance.

La mujer, aturdida por el alcohol, parpadeó varias veces, sin reconocer al chico que le gritaba. Vio el cabello corto y la mirada fiera, pero no procesó las palabras. —¿Jae-won...? —balbuceó, arrastrando las palabras finalmente.

Daniel se agachó hasta quedar a su altura, invadiendo su espacio. No había cariño en sus ojos, había fuego. —¿Hasta cuándo piensas pudrirte en este pozo? —le soltó con voz áspera y firme.

La mujer parpadeó, confundida entre la neblina del alcohol y la crudeza de esas palabras. No estaba acostumbrada a que su hijo, que siempre había sido callado y sumiso le hablará así. Él solo le ponía una manta en silencio y se iba a su cuarto. Este chico frente a ella la miraba como si quisiera golpearla para despertarla.

Daniel esperó su reacción, sin saber si ella iba a gritarle, a llorar o simplemente a ignorarlo. El silencio se prolongó, solo interrumpido por el tictac del reloj en la pared.

Finalmente, Daniel la agarró de los hombros, sacudiéndola levemente. —Mírame —ordenó—. Te levantas mañana —dijo Daniel, con una voz firme—, o te entierro yo mismo. Si vas a estar muerta en vida, mejor terminamos con la farsa de una vez.

Ji-eun se quedó helada. Las lágrimas empezaron a acumularse en sus ojos, pero por primera vez en meses, estaba presente. Esa ira de su hijo la había traído de vuelta a la realidad.

Daniel la soltó con brusquedad y se levantó. Fue directo a la cocina. Abrió el refrigerador gigante y el mueble bar. Empezó a sacar todas las botellas: vino, whisky, vodka. Caminó hacia el basurero inteligente y empezó a tirarlas una por una.

¡CLANG! ¡CRASH! ¡PUM!

Las botellas se rompían o chocaban entre sí con violencia. Era un sonido de furia contenida. Daniel no estaba limpiando; estaba atacando al enemigo que tenía a esa mujer de rodillas. —Basura... todo esto es basura —gruñía entre dientes.

Cuando vació todo, se limpió las manos en sus pantalones y regresó a la sala. Ji-eun seguía sentada, temblando, mirando hacia la cocina con los ojos muy abiertos.

Daniel agarró una manta gruesa de un sillón cercano. No la desdobló con cuidado. La hizo bola y se la arrojó encima. No fue un acto de cariño, sino de cerrar un capítulo. —Duérmete —ordenó—. Y mañana, quiero que hagas algo útil.

Se dio la media vuelta y subió las escaleras sin mirar atrás.

Ya en el cuarto de Jae-won, Daniel cerró la puerta y se recargó en ella, respirando agitado. Se pasó la mano por el pelo, frustrado. —¿Qué carajos haces, Daniel? —se preguntó a sí mismo en voz alta.

Caminó hacia la cama y se tiró mirando al techo. Esa no era su madre. Ni siquiera le caía bien. Era una desconocida débil. Él odiaba la debilidad. —Entonces, ¿por qué? —pensó—. ¿Por qué me importó?

Tal vez porque odiaba la debilidad, no porque amara a esa mujer. Odiaba ver a alguien con tanto (dinero, lujos, comodidades) tirándolo todo a la basura. O tal vez porque, en su lógica retorcida de "Rey", nadie en su territorio tenía permiso de ser patético, ni siquiera la dueña de la casa. —Es solo que odio la debilidad —se dijo a sí mismo, cerrando los ojos con fuerza—. Solo eso.

La mansión, por primera vez, se sentía más sofocante que lujosa. El caos emocional de Seúl era más complejo que las simples peleas callejeras de Goseong.



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En el texto hay: gemelos, bullying escolar, badboy peleas y dolor

Editado: 17.02.2026

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