Jae-won caminaba por las polvorientas calles de Goseong. Iba con las manos en los bolsillos, un poco perdido en sus pensamientos, tratando de asimilar lo agotador que era mantener el papel del Halcón todo el día.
A un par de pasos detrás de él, cubriéndole la espalda como siempre, caminaba Do-yun.
Al dar la vuelta en una esquina más solitaria, Jae-won escuchó el roce rápido de la ropa y sintió una ráfaga de viento agresivo rozándole la oreja.
El instinto de supervivencia de su antigua vida de víctima casi lo hace encogerse, pero la memoria muscular que había estado practicando lo salvó. Se quedó congelado, rígido. Al girar un poco los ojos, vio la suela de un tenis a un centímetro de su nariz.
Era una patada alta perfecta, detenida en el aire con un control absoluto.
—¿Creíste que se me había olvidado, imbécil? —siseó una voz femenina, cargada de veneno.
Jae-won parpadeó. Era Ye-rin, la chica que se había enfrentado al Daniel original hace 5 meses. Tenía la misma postura desafiante, la misma mirada afilada.
«¡Carajo! ¿De qué habla? ¿Quién es esta loca y por qué me quiere arrancar la cabeza?», gritó la mente de Jae-won en pánico total. Su corazón latía a mil por hora, pero sabía que Do-yun lo estaba observando. Tragó saliva discretamente, forzó la mandíbula y obligó a que su voz saliera un par de tonos más grave, imitando la cadencia arrogante de Daniel.
—¿De qué estás hablando? —respondió Jae-won, sin apartar la cara del tenis que lo amenazaba—. ¿Qué quieres de mi? Baja la pierna.
Ye-rin bajó la pierna lentamente, sin romper el contacto visual. Su postura seguía en guardia. —Mi hermano llegó a casa con un ojo morado —escupió ella, dando un paso al frente—. Seguramente fuiste tú o alguno de tus perros. Ustedes son los únicos en este maldito pueblo que abusan de su poder en esa escuela.
Jae-won no supo qué contestar. No conocía el contexto, no sabía quién era el hermano y, definitivamente, no sabía cómo salir de ahí sin arruinar su personaje.
Pero antes de que pudiera arriesgarse a decir una estupidez, Do-yun dio un paso al frente, interponiéndose a medias.
—¿Por quién estás tomando al Halcón, niña? —ladró Do-yun—. ¿Crees que se ensuciaría las manos con un don nadie de primer año? Te pasas de estúpida.
Ye-rin apretó los puños, lista para lanzarse sobre Do-yun, pero él levantó una mano, deteniéndola con sus siguientes palabras.
—De hecho, deberías estarle agradeciendo en lugar de venir a ladrarle —continuó Do-yun, con una sonrisa torcida—. Daniel protegió a tu hermanito debilucho de unos imbéciles el otro día en la escuela. Si no hubiera sido por él, tu hermano hubiera regresado a casa sin dientes, no solo con un golpecito en el ojo. Así que bájale a tus humos.
La furia en el rostro de Ye-rin se evaporó, reemplazada por una confusión genuina. Frunció el ceño, mirando a Jae-won de arriba abajo.
¿Daniel? ¿El mismo sádico que extorsionaba a todos, había defendido a Ji-hun? ¿Por qué?
Ye-rin no supo qué decir. No se tragó el cuento de Halcón protegiendo a su hermano del todo, pero por primera vez, se había quedado sin municiones. Soltó un chasquido con la lengua, frustrada, y retrocedió un paso. —Te voy a estar vigilando, Halcón —murmuró al final, aunque su voz ya no sonaba tan segura como hace un minuto—. Un paso en falso con él, y la próxima vez, la patada no se va a detener en el aire.
Se dio media vuelta y se alejó caminando a paso rápido.
Jae-won se quedó en silencio, viéndola marcharse. No había logrado articular más de dos frases con ella, pero por dentro, su cerebro estaba haciendo un cortocircuito muy distinto al miedo. Mientras la veía alejarse con esa caminata firme, no pudo evitar notar lo atractiva que era. Tenía una figura esbelta pero fuerte, moldeada por años de Taekwondo, y ese cabello oscuro recogido en una coleta alta que se balanceaba como un látigo con cada paso. Cuando la tuvo a escasos centímetros de su rostro, la adrenalina no le había impedido fijarse en sus facciones: una nariz fina, labios apretados por el coraje y unos ojos rasgados y profundos que brillaban con pura intensidad.
En Seúl, él estaba acostumbrado a bajar la mirada. Estaba acostumbrado a las chicas superficiales, obsesionadas con su imagen, que se burlaban de los débiles o que ignoraban a los nerds.
Pero Ye-rin... ella era diferente. Era fuego puro. Lejos de sentirse intimidado o molesto, Jae-won sintió una sacudida en el estómago. Le gustaba. Le fascinaba su atrevimiento, su rostro fiero, su actitud insolente y esa forma de plantarle cara al "rey" del pueblo sin temblar. Era letal, hermosa y elegante al mismo tiempo.
—Está loca —murmuró Do-yun a su lado, sacudiendo la cabeza—. ¿Quieres que mande a los muchachos a darle una lección por faltarte al respeto?
Jae-won reaccionó rápido. Sacudió la cabeza, metiendo las manos en los bolsillos de su chaqueta. —No —dijo Jae-won, con la voz firme—. Déjala. No vale la pena perder el tiempo con ella.
Do-yun asintió, dándole la razón a su jefe. Continuaron caminando, pero Jae-won no podía quitarse de la cabeza la imagen de esa mirada afilada y esa patada perfecta. Por primera vez desde que había llegado a Goseong, encontró algo que realmente quería conocer más de cerca.
Expectativas de Velocidad
El sol de mediodía pegaba fuerte en la pista de tierra de la Escuela Agrícola. El profesor de educación física, un tipo con silbato al cuello y gorra visera, estaba organizando las carreras.
—¡Muy bien, gusanos! —gritó el profesor—. Hoy tocan sprints de 100 metros. Quiero ver quién tiene piernas y quién solo tiene fideos.
Jae-won estaba en la fila, sintiendo que el desayuno se le subía a la garganta.
Detrás de él, escuchó los murmullos de admiración. —Nadie puede competir con Daniel en el sprint. Es demasiado rápido.