La mañana en la Preparatoria Gangnam solía ser tranquila, con el sonido de los autos de lujo dejando a los estudiantes. Pero hoy, un rugido grave y potente rompió la rutina.
Un motor de alta cilindrada se escuchó desde la entrada principal. Todos voltearon. Una moto deportiva Kawasaki Ninja 650, completamente negra y brillante, entró al estacionamiento escolar. El conductor, vestido con el uniforme pero con una chaqueta de cuero encima, maniobró con una destreza impresionante, estacionándose en el lugar reservado para "visitas VIP".
El motor se apagó. El silencio regresó, lleno de expectación. El conductor se quitó el casco negro mate y sacudió el cabello. Era Jae-won. O más bien, Daniel interpretando el papel de Jae-won.
Se bajó de la máquina y pasó una mano enguantada por la curva del tanque de gasolina, esbozando una sonrisa de satisfacción pura.
—Siempre quise una de estas —murmuró para sí mismo.
En Goseong, su vieja moto era un monstruo feo armado con piezas de deshuesadero. Se la había "expropiado" al hijo del mecánico del pueblo como cobro por una deuda de apuesta que el idiota no pudo pagar. Aquella carcacha sonaba como un tractor a punto de explotar y olía a aceite quemado, pero cumplía su función. Sin embargo, esto... esto era ingeniería de punta, pagada sin parpadear con la tarjeta de crédito negro que Jae-won le había prestado.
—Gracias por el regalo, niño rico —susurró Daniel.
Caminó hacia el edificio con una confianza natural. Los estudiantes se apartaban a su paso, mirándolo con asombro. —¿Ese es Jae-won? —¿De dónde sacó esa moto? —Se ve... diferente. Peligroso.
Daniel disfrutaba cada segundo de atención. Ya no era el fantasma invisible; era el evento principal.
Más tarde, en la clase de Historia. El profesor, un hombre mayor de voz monótona, llevaba veinte minutos hablando sobre las aburridas políticas de la dinastía Joseon. En la última fila, Daniel estaba recostado en su silla, balanceándose sobre las dos patas traseras. Con una mano lanzaba rítmicamente una pelota de tenis verde al aire y la atrapaba. Thump. Thump. Thump.
El sonido constante finalmente destrozó la paciencia del profesor.
—¡Jae-won! —estalló el maestro, golpeando la pizarra con el borrador—. ¿Vienes a estudiar o a hacer malabares? Si esta clase no es digna de tu atención, te exijo que salgas del aula ahora mismo.
Daniel atrapó la pelota en el aire, deteniendo el movimiento en seco. Las patas delanteras de su silla golpearon el suelo. Miró al profesor con los ojos entrecerrados y soltó un suspiro largo y teatral, como si él fuera el adulto lidiando con un niño berrinchudo.
—Está bien, profesor, tómelo con calma. No se altere que le hace mal para la presión —dijo Daniel con un tono casual y aburrido, guardando la pelota en su mochila—. Ya le pongo atención. Siga con su historia, estaba fascinante.
Un par de alumnos ahogaron una risa nerviosa. El profesor se quedó rojo de la indignación, pero decidió ignorarlo para no perder más autoridad.
Una hora después, el timbre anunció el inicio del almuerzo. El aula comenzó a vaciarse, pero Daniel ni siquiera hizo el amago de levantarse. Se estiró en su asiento, entrelazando los dedos detrás de la nuca, y fijó su mirada en Min-jun, que estaba guardando sus libros a un par de pupitres de distancia.
—Oye, tú —llamó Daniel. Su voz cortó el ruido del salón como una navaja—. Ve a la cafetería y tráeme un sándwich de jamón serrano. Tengo hambre. Y un refresco de Cola.
Min-jun se quedó de piedra. Su mandíbula se tensó hasta doler. Su orgullo de "Rey" estaba pisoteado, pero el fantasma del puñetazo que Daniel le había dado días atrás seguía palpitando en su memoria. Miró a uno de los chicos de primera fila que aún no salía.
—Oye, tú —le ordenó Min-jun, tratando de proyectar su antigua autoridad—. Ve y tráele el sándwich y el refresco a Jae-won. Rápido.
Daniel se levantó de golpe. Se acercó a Minjun y lo agarró de la corbata jalándolo hacia él hasta que sus narices casi se tocaron.
—¿Yo a quién se lo dije? —preguntó Daniel con voz peligrosamente baja—. ¿A ti o a él? ¡Contesta, imbécil!
—A... a mí —tartamudeó Min-jun con los ojos muy abiertos.
—Entonces, ¿por qué demonios todavía sigues aquí, cretino? —Daniel lo soltó con un empujón brusco—. Muévete. Antes de que tu cara se convierta en sándwich.
Min-jun, pálido y humillado, asintió con un quejido sordo, tropezando con sus propios pies para escapar del salón y cumplir la orden. Tropezó con las patas de una silla en su prisa por escapar del salón y cumplir el mandato.
Daniel se sacudió el polvo imaginario de las manos y miró a Sung-ho y al otro secuaz de Min-jun, que intentaban escabullirse.
—Ustedes dos. Quédense donde están. Van a salir de este salón cuando yo se los permita.
Diez minutos después, el aula estaba completamente vacía, a excepción de Daniel, Sung-ho, el otro secuaz y un exhausto Min-jun, que acababa de regresar con la comida.
Min-jun le tendió el sándwich y la botella de refresco. Daniel no le dio las gracias. Se subió de un salto al escritorio del profesor, sentándose con las piernas colgando. Abrió el envoltorio plástico haciendo mucho ruido y le dio una mordida enorme al pan.