Jae-won seguía tirado en el suelo. El sabor metálico de la sangre le inundaba la boca y espesas gotas rojas manchaban el asfalto gris bajo su rostro.
Do-yun se acercó a paso lento, arrastrando las suelas. Su expresión era un lienzo en blanco, una máscara indescifrable. —¿Daniel...? —preguntó Do-yun. Su voz temblaba ligeramente, pero no había rastro de miedo en ella; era pura y absoluta incredulidad.
Jae-won no tuvo el valor de contestar. Un pánico asfixiante lo consumió por dentro. Se levantó torpemente, tropezando con sus propias piernas como un venado herido, y arrancó a correr hacia baño, empujando a los pocos estudiantes que se interponían en su camino, huyendo desesperadamente del peso de su propia vergüenza.
Entró como un huracán al baño de hombres y le puso el seguro a la puerta principal.
Se apoyó en el lavabo y levantó la mirada hacia el espejo manchado de gotas de agua seca. Su reflejo era patético. Tenía la nariz grotescamente hinchada y los labios rojos. Pero lo que más le dolió no fue el daño físico, sino sus ojos. Estaban desorbitados, inyectados en sangre y llenos del mismo terror que sentía cuando era el saco de boxeo en Seúl.
—No eres el Halcón... —se susurró a sí mismo, mientras las lágrimas se mezclaban con la sangre en sus mejillas—. Eres solo un triste conejo disfrazado de lobo. Y el maldito disfraz se acaba de romper.
Afuera, en el patio, la banda seguía en shock.
—Este no parece el Daniel de antes —dijo Chul-soo, rompiendo el silencio—. ¿Vieron cómo le temblaban las manos? Daniel nunca tuvo miedo de nadie. Ni siquiera cuando eran tres contra uno.
—Se ha vuelto un blandengue —escupió El Tanque, pateando una piedra con rabia—. Paga por sus propios jugos en la tienda, defiende a los cuatro ojos en los pasillos y ahora deja que un forastero lo escupa y lo humille sin meter las manos.
Sang-soo, siempre el más observador, frunció el ceño. —Es como si fuera otra persona... Como si un maldito impostor hubiera tomado su lugar.
Todos giraron a verlo. La idea flotó en el aire, pesada, irracional pero peligrosamente lógica.
—¿Qué estupideces dices? —gruñó Kang-dae—. ¿Entonces quién demonios es él? ¿Y dónde está el verdadero Daniel?
—No lo sé —admitió Sang-soo, cruzándose de brazos—. Pero ese cobarde que salió corriendo a esconderse al baño, definitivamente no es el que nos lideraba.
Do-yun apretó los puños. Su lealtad se había roto en el momento en que vio a su líder en el suelo sin defenderse. —Voy a retarlo —sentenció Do-yun, con los ojos ensombrecidos.
Chul-soo soltó un jadeo. —Pero jefe... si resulta que sí es el verdadero Daniel y solo tuvo un mal día, te va a dar la paliza de tu vida. Te va a matar.
—Lo dudo mucho —respondió Do-yun con una sonrisa amarga y ladeada—. Pero incluso si es así, estoy dispuesto a correr el riesgo. Prefiero mil veces que el verdadero Halcón me rompa la cara, a seguir recibiendo órdenes de un cobarde.
El Golpe de Estado
Más tarde, Jae-won salió del baño. Se había enjuagado la cara, pero un horrible moretón violáceo ya le cruzaba el puente de la nariz. Caminó por el pasillo de concreto que daba hacia la salida, manteniendo la cabeza gacha, rogando internamente pasar desapercibido.
Pero Do-yun y el resto de la banda ya lo estaban esperando. Formaron una barrera humana en medio del pasillo, bloqueándole el paso.
Jae-won se detuvo en seco. Un sudor frío le recorrió la nuca. —¿Qué... qué pasa? —preguntó Jae-won, forzando la garganta para intentar sonar autoritario, pero su voz se quebró a la mitad de la frase.
Do-yun acortó la distancia entre ellos con pasos firmes, acorralándolo. —A ver, ¿qué demonios te pasa a ti? —le espetó Do-yun en la cara—. El Daniel que yo conozco nunca se echa para atrás. Nunca tiembla. ¡Y hoy fuiste una burla! ¡Una maldita vergüenza para la escuela!
—Yo... yo no... —intentó defenderse Jae-won, con un hilo de voz apenas perceptible.
—¡Tú nada! —lo interrumpió Do-yun, escupiendo las palabras con un desprecio ácido—. Los de la otra escuela se están riendo en nuestras caras por tener a un líder tan patético como tú. Tu cobardía, tu nueva forma de ser amable con los inútiles... me das asco.
Do-yun dio un paso más, obligando a Jae-won a mirarlo a los ojos. El falso rey bajó la mirada por puro instinto de sumisión.
—Desde hoy, ya no eres el rey de este lugar —declaró Do-yun, con un tono helado y definitivo—. El rey soy yo. Vete a juntarte con tus nerds que tanto amas. En esta banda ya no tienes lugar.
Por un segundo, Jae-won sintió una punzada caliente de indignación. Goseong era su única oportunidad de ser alguien, de dejar de ser una víctima. Apretó los puños, manteniendo la mirada en el suelo, y con la voz temblorosa intentó objetar:
—Oye... No puedes simplemente...
Do-yun no lo dejó terminar. Levantó las manos y le dio un empujón brutal en el pecho.
Jae-won salió despedido hacia atrás y su espalda chocó violentamente contra la áspera pared de concreto del pasillo, sacándole el aire de los pulmones.
—¡Cierra la boca, "rey"! —le gritó Do-yun, señalándolo con el dedo—. ¡O mejor haznos un favor a todos y lárgate de una vez, antes de que decidamos empezar a cobrarte la cuota de protección a ti también!