Al día siguiente por la tarde, la casa de la tía estaba en silencio.
En su habitación, Jae-won estaba tirado en el suelo sobre una vieja alfombra, sudando a mares. Llevaba desde el día anterior haciendo lagartijas hasta el fallo, y cada músculo de sus brazos y pecho le ardía como si le hubieran inyectado ácido. Ahora estaba intentando hacer abdominales, forzando su cuerpo desacostumbrado al ejercicio.
Mientras tanto, en la sala de estar, el tío de Daniel (el marido de su tía) veía un programa de variedades en la televisión, recostado en el sofá.
De repente, el timbre sonó de forma insistente.
El hombre se levantó arrastrando las pantuflas y abrió la puerta. Al ver a tres chicos (dos de ellos grandullones), se sobresaltó por un segundo, sintiendo una punzada de intimidación. Sin embargo, al reconocerlos como los amigos de Daniel, se relajó. Él sabía perfectamente que su sobrino era el líder de esa pandilla, aunque prefería ignorar los detalles.
Do-yun, que encabezaba al grupo, cambió su expresión dura por una sonrisa de niño bueno casi instantáneamente. Hizo una reverencia perfecta de noventa grados, seguido por sus dos secuaces.
—Buenas tardes, señor —saludó Do-yun, usando el tono más formal y respetuoso que pudo fingir—. Disculpe la intromisión. Venimos a ver a Daniel, ¿se encuentra en casa?
—Ah... sí, está en su cuarto —respondió el tío, parpadeando, sorprendido por la repentina y educada visita. Los miembros de la banda casi nunca pisaban esa casa—. ¿Todo bien, muchachos?
—Todo perfecto, señor. Cosas de la escuela —mintió Do-yun con una sonrisa impecable—. Con su permiso.
Los tres cruzaron la sala y caminaron por el pasillo. Al acercarse a la puerta del dormitorio, la sonrisa educada de Do-yun desapareció, reemplazada por una mueca depredadora. No tocó. Giró la perilla y entró.
Adentro, Jae-won estaba sentado en el suelo, apoyado contra la orilla de la cama. En la pantalla de su celular se reproducía un tutorial de YouTube titulado: "Cómo lanzar un jab perfecto para principiantes".
Al ver entrar a Do-yun y sus secuaces Jae-won dio un respingo. Su corazón empezó a latir a mil por hora.
Do-yun entró seguido de los otros dos, llenando la pequeña habitación con su presencia amenazante. Sus ojos rasgados se clavaron en él y sus labios se curvaron en una sonrisa de hiena hambrienta.
—Vaya, vaya. ¿Cómo estás, reyecito? —dijo Do-yun, arrastrando las palabras con un sarcasmo venenoso—. Beast quiere su dinero para mañana... Y nosotros vinimos a cobrarte tu propio impuesto por ser un maldito cobarde.
Jae-won intentó ponerse de pie, pero el miedo le paralizó las piernas. Retrocedió arrastrándose hacia atrás hasta que su espalda chocó contra la pared fría. El pánico total volvió a inundar sus ojos.
Do-yun ni siquiera lo miró. Le hizo una seña rápida con la cabeza a sus secuaces. —Busquen bien. Este estúpido no es de los que deja todo a la vista.
Los dos matones empezaron a hurgar, abriendo cajones, tirando la ropa de Daniel al suelo y haciendo un desastre total en la habitación. Jae-won solo los miraba, incapaz de articular una sola palabra para detenerlos.
De pronto, uno de los secuaces levantó el pesado colchón de la cama.
—¡Bingo! —exclamó.
Debajo, metido en una bolsa de plástico plana, había un fajo grueso de billetes. Era el tesoro de Daniel. Jae-won abrió los ojos desmesuradamente; ni siquiera él sabía que eso estaba ahí.
Eran los ahorros secretos que el verdadero Halcón había estado acumulando meticulosamente. No solo era el dinero que recaudaba a base de intimidación y crueldad en los pasillos de Goseong, sino también el sueldo honesto que Daniel había ganado trabajando en secreto a medio tiempo en un taller durante un par de meses. Todo ese dinero tenía propósito: comprarse una motocicleta nueva o largarse de ese pueblo en el futuro.
Do-yun le arrebató el fajo a su compañero. Pasó el pulgar por el borde de los billetes, escuchando el crujido del papel. Luego, se llevó el fajo a la nariz y aspiró con exageración, cerrando los ojos.
—Mmmm... —murmuró Do-yun—. Huele a miedo.
Do-yun guardó los billetes en su chaqueta. Se giró hacia Jae-won, que seguía acorralado en el suelo contra la pared, mirándolo desde arriba. Le apuntó directo a la cara con el dedo índice, con los ojos cargados de desprecio.
—Mañana, todo esto será de Beast —sentenció Do-yun—. Y tú... tú serás el payaso del día. Te sugiero que no faltes al espectáculo.
Sin añadir nada más, Do-yun dio media vuelta y salió de la habitación, seguido por sus compinches. Ni siquiera se molestaron en cerrar la puerta. Dejaron a su paso un cuarto destrozado y una dignidad hecha pedazos.
Jae-won se quedó solo. El eco de los pasos alejándose por el pasillo se mezcló con la voz enérgica del tipo en el video de YouTube que seguía reproduciéndose en el suelo: "Gira la cadera y lanza el brazo...".
Jae-won abrazó sus rodillas contra su pecho, hundiendo la cara en ellas. La humillación era absoluta. Lo habían pisoteado en su propia habitación y no había hecho absolutamente nada. Las palabras de su gemelo resonaron en su cabeza como martillazos: "Ponte a hacer un poco de ejercicio, gelatina".