Cuando la noche por fin envolvió el pueblo de Goseong, un ruido sordo en la ventana trasera anunció el regreso.
Daniel deslizó el vidrio, pasó una pierna por el marco y saltó ágilmente hacia el interior del cuarto. Apenas sus pies tocaron el suelo, Jae-won, que lo había estado esperando sentado al borde de la cama, se puso de pie de un salto.
Al ver el rostro de su doble bajo la tenue luz de la lámpara, Jae-won ahogó un grito de horror.
Daniel tenía el labio inferior reventado e hinchado, y un feo tono morado comenzaba a extenderse por su pómulo derecho. Respiraba con un poco de dificultad, llevándose la mano instintivamente a las costillas adoloridas por el abrazo de oso.
—Daniel... te ves fatal —susurró Jae-won, con los ojos muy abiertos.
Daniel soltó una carcajada seca que se transformó en una tos ronca. —Deberías ver cómo quedó el otro pedazo de mierda —dijo con una sonrisa torcida—. Ya está todo arreglado. Le rompí la cara al gorila frente a toda la escuela. El territorio es mío otra vez. Y Do-yun... bueno, ese estúpido ha vuelto a ser mi perro faldero.
Daniel se quitó la camiseta que ahora estaba cubierta de polvo y salpicada de pequeñas manchas oscuras de sangre, y se la lanzó directamente al pecho a Jae-won.
—Espero que de ahora en adelante puedas mantenerte en mi papel sin llorar —le advirtió Daniel, cruzándose de brazos—. Ya nadie en este maldito pueblo te va a retar. Me aseguré de eso a base de golpes. Tienen demasiado terror como para siquiera mirarte a los ojos.
Jae-won asintió lentamente, apretando la chaqueta sucia contra su pecho. Se sentía diminuto ante la magnitud de lo que ese chico acababa de hacer en una sola tarde.
Daniel dio un paso al frente y lo agarró bruscamente por el hombro, apretando los dedos con fuerza hasta que Jae-won hizo una mueca de dolor. Sus ojos fríos se clavaron en él.
—Y escúchame bien: no vuelvas a ser blando —gruñó Daniel, marcando cada palabra—. No defiendas a los nerds, a los inútiles, ni a quien sea, a menos que haya un beneficio directo para ti. Un rey no se ensucia las manos por caridad, se ensucia para demostrar poder. ¿Entendido?
—Entendido... —tragó saliva Jae-won, bajando la mirada.
Jae-won se quedó callado un segundo, viendo cómo Daniel soltaba su hombro y empezaba a buscar su ropa de diseñador para cambiarse. Tomó aire, sabiendo que se estaba jugando todo. —Daniel, espera... —murmuró Jae-won, apretando los puños—. Falta menos de una semana para que termine el mes de intercambio que acordamos.
Daniel se detuvo con su camisa fina en las manos y lo miró de reojo. —¿Y qué con eso? ¿Ya te dio miedo y te quieres regresar a llorar a Seúl?
—No. Todo lo contrario —respondió Jae-won, levantando la vista. Sus ojos tenían un brillo de desesperación, pero también de una nueva determinación—. Quiero pedirte que lo extendamos. Dos meses más. Por favor.
Daniel enarcó una ceja, intrigado. —¿Ah, sí? ¿Y por qué diablos querrías quedarte en este pueblo de mala muerte?
—Porque no quiero volver a ser una víctima —confesó Jae-won, con la voz temblando por la pura honestidad—. Toda mi vida he sido el débil, el saco de boxeo de tipos como Min-jun. Pero aquí... después de experimentar lo que se siente cuando te tienen respeto, no quiero volver a ser un perdedor. Esta es mi única oportunidad para convertirme en alguien más. Para dejar de ser patético.
Daniel lo estudió por unos segundos en silencio. Luego, una sonrisa ladeada y satisfecha apareció en su rostro. La idea le venía como anillo al dedo. Para él, Goseong siempre había sido un maldito agujero en medio de la nada, una prisión de tierra y aburrimiento de la que siempre soñó con escapar, lejos de las miradas juiciosas de su tía. En cambio, Seúl le ofrecía comodidades, buena comida y dinero de sobra.
—Dos meses más... —murmuró Daniel, empezando a abotonarse la camisa—. Tienes suerte de que este pueblo me parezca un basurero aburrido. No me molesta para nada quedarme en tu palacio de Gangnam otro rato; la vida de niño rico con dinero en la cartera no está nada mal. Trato hecho. Nos quedamos así dos meses más.
Jae-won soltó un suspiro de alivio que ni siquiera sabía que estaba reteniendo.
—Pero escucha bien —agregó Daniel, cambiando su tono a uno mucho más frío, retomando el control—. Ya que nos vamos a quedar así más tiempo, las reglas van a ser mías. En tres días, Do-yun te tiene que entregar doscientos mil wones. Es una multa personal que le puse en el baño por haberme robado. Si el muy imbécil no consigue el dinero o te sale con excusas, castígalo severamente frente a los demás.
Jae-won levantó la vista de golpe, sintiendo un balde de agua helada en el estómago. —¿Castigarlo? —preguntó, con la voz temblando ligeramente.
—Sí, castigarlo —repitió Daniel con fastidio—. Rómpela la nariz, patéalo en el suelo o rómpele los dedos, me da igual. Ya tú sabrás cómo. Dale un buen susto. Necesitas que te sigan teniendo miedo, o todo el teatro se va a caer en dos días.
«¿Romperle los dedos? ¡Ni siquiera sé cómo lanzar un puñetazo derecho!», gritó Jae-won en su mente, sintiendo que el pánico amenazaba con volver a asfixiarlo. Pero asintió de nuevo, incapaz de contradecir al monstruo que tenía enfrente.
—Y por último —dijo Daniel, mirándolo críticamente de arriba a abajo, evaluando su complexión delgada—. Ponte más atlético. Haz ejercicio en tu cuarto, corre por las mañanas, haz algo con tu vida. Sigues pareciendo un fideo. Y quédate encerrado en esta casa un par de días. Si te ven mañana en los pasillos con la cara limpia y sin un solo moretón después de la masacre de hoy, hasta el más idiota sabrá que no eres yo.